La rivalidad entre africanistas y junteros fue un pleito profesional con motivo de los ascensos; fue una división profunda que alteró la estabilidad política de España, condicionó la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, y terminó siendo un factor determinante en el estallido y desenlace de la Guerra Civil.
Históricamente, sus antecedentes se sitúan durante la Guerra de la Independencia con la invasión napoleónica, surgiendo de forma espontánea las Juntas Locales y Provinciales para organizar la defensa frente a los franceses ante el vacío de poder existente en España. Estas derivaron en la Junta Suprema Central, órgano que asumió los poderes ejecutivo y legislativo en España entre 1808 y 1810 durante la ocupación napoleónica y la Guerra de la Independencia. Estaba formada por 35 miembros, representantes de las juntas provinciales. Su primer presidente fue el político José Moñino y Redondo, Conde de Floridablanca. Debido al avance de las tropas de Napoleón, la Junta tuvo que trasladarse varias veces, Aranjuez y Madrid, mas tarde a Sevilla y finalmente a Cádiz donde finalmente se disolvió en 1812.
La Junta inició un proceso de reforma política fundamental, actuando en nombre de Fernando VII a quien consideraba el rey legítimo cautivo en Francia. La Junta decidió convocar unas Cortes Generales, lo que sentaría las bases para la futura Constitución de 1812. El treinta de enero de 1810, la Junta se disolvía cediendo el poder a un Consejo de Regencia de España e Indias.
Un sector del Ejército reivindicaba el escalafón cerrado por tradición, de esa forma se evitaba el favoritismo. Por el contrario, otro sector defendía la escala abierta y los ascensos por méritos, como un medio de premiar a los más capaces o más entregados. Esta discusión, cuyos orígenes se encuentran en las primeras campañas africanas, se agravó cuando las Juntas de Defensa, creadas en principio para exigir mejoras laborales y salariales, adoptaron la reivindicación de la supresión de los ascensos por méritos. De esta forma nació la división entre junteros y africanistas.
Los Africanistas, se consideraban la verdadera élite del ejército, curtida en el combate real y en condiciones extremas. Eran partidarios de un ejército de acción. Defendían los ascensos por "méritos de guerra". Esto les permitía ascender con gran rapidez. Solían ser autoritarios, nacionalistas e implicados en la Campaña de Marruecos, destacando figuras como Franco, Millán-Astray, Sanjurjo, Varela y Mola.
Los Junteros eran los oficiales destinados en la Península, organizados en torno a las Juntas de Defensa creadas en 1917. Representaban a la oficialidad "burocrática" o metropolitana. Se sentían agraviados por el favoritismo que el Rey Alfonso XIII mostraba hacia los africanistas. Defendían a ultranza el "escalafón cerrado" (ascenso por estricta antigüedad), considerando que los méritos de guerra en África eran a menudo arbitrarios o fruto del amiguismo. Eran vistos como más legalistas o menos proclives a la aventura colonial. Pedían mejores pedían mejores sueldos y condiciones de vida, pero acabaron siendo una fuerza política que desafió al gobierno civil. Oficiales de Infantería y Caballería empezaron a crear estas "Juntas" en los años 1916-17 en secreto.
Por el Manifiesto emitido el uno de junio de 1917, los junteros lanzaron un ultimátum al Gobierno, pedían respeto, mejores sueldos y que se aceptaran sus juntas como interlocutores legales. Ante el temor de una rebelión armada total, el Gobierno de Eduardo Dato cedió reconociendo legalmente a las Juntas de Defensa. El Ejército ya no obedecía ciegamente al Gobierno, sino que se había convertido en un actor político con voz propia. Cuando el Gobierno intentó disolverlas y arrestar a sus líderes, el movimiento explotó.
El desorden de 1917 convenció a muchos militares de que el sistema parlamentario no funcionaba, gestándose así el golpe de Primo de Rivera en 1923.
La derrota ante las cabilas de Abd el-Krim que finalizo con el desastre de Annual en julio de 1921, abrió una herida profunda en el Ejercito, los Junteros culpaban de la situación a la incompetencia de los jefes africanistas y temeridad de algunos de sus miembros en acciones que terminaban en fracasos, mientras los Africanistas, culpaban a los políticos de no enviar recursos y a los militares peninsulares por su falta de compromiso con la Campaña.
Oficiales como Franco, Mola y Varela aprendieron en el Rif una forma de hacer la guerra basada en el mando directo, el fracaso de los políticos civiles para gestionar la guerra hizo que los militares se convencieran de que ellos debían dirigir el país. La guerra desgastó la figura de Alfonso XIII, quien se implicó demasiado en las decisiones militares. La Campaña del Rif fue una escuela de guerra que transformó un Ejército anticuado en una fuerza de choque político y militar que marcaría el siglo XX en España.
"La división entre africanistas y junteros no fue solo una disputa interna del Ejército español, sino una fractura de profundas consecuencias políticas que marcó el rumbo de España en el primer tercio del siglo XX. Entre rivalidades profesionales, crisis militares y tensiones ideológicas, esta pugna contribuyó a erosionar el sistema político, condicionó las decisiones de gobiernos y dictaduras, y acabó desempeñando un papel clave en el estallido de la Guerra Civil"
Durante el periodo de la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), Primo de Rivera mantenía una postura a dos bandas, simpatizaba con los junteros y era abandonista, quería abandonar el Protectorado dando así fin a la Campaña evitando bajas y fracasos pero tras el éxito del Desembarco de Alhucemas en septiembre de 1925 se apoyó totalmente en los militares africanistas y como consecuencia de ello, se derivo en la sublevación del Cuerpo de Artillería (fuertemente juntero) dividiendo aún más al Ejercito.
En julio de 1923, durante una visita de altos cargos militares y representantes del Gobierno al campamento de Ben Tieb, los oficiales africanistas protagonizaron una protesta colectiva de extrema gravedad.
Millán-Astray, pronunció un discurso incendiario contra el Gobierno y a favor de los ascensos por méritos produciéndose un acto de indisciplina colectiva, los oficiales africanistas amenazaron con dimitir en bloque si no se respetaban sus méritos de guerra y si se insistía en la política de repliegue.
La tensión fue tal que el general Luis Aizpuru y Mondejar, a la sazón Ministro de la Guerra, tuvo que intervenir siendo Millán-Astray arrestado y destituido temporalmente de su jefatura legionaria, lo que lo convirtió en un héroe a ojos de sus subordinados.
Este acto de rebeldía, supuso la unión de los Africanistas frente al Gobierno de la Nación, manteniéndose disciplinados bajo la Dictadura de Primo de Rivera y los primeros años de la República, hasta que sintieron que sus reformas les atacaban directamente.
Ben Tieb fue el un ensayo general de la capacidad de los militares de África para desafiar al poder civil demostrando que el Ejército de África tenía voluntad propia y no aceptaría órdenes que menoscabaran su prestigio o sus carreras.
Con la llegada de la Segunda República (1931-1936), la reforma del Ejército impulsada por Manuel Azaña fue percibida por gran parte del estamento militar como un ataque frontal. Esta política favoreció la antigua concepción «juntera», materializándose en medidas drásticas como el cierre de la Academia General Militar de Zaragoza, junto a la revisión y anulación de numerosos ascensos por méritos de guerra obtenidos en las campañas de África, lo que generó un profundo resentimiento entre los «africanistas», quienes comenzaron a mostrarse receptivos a la conspiración contra el nuevo régimen.
Aunque los políticos republicanos pretendían profesionalizar las fuerzas armadas y alejarlas de las disputas partidistas, terminaron utilizando al Ejército como un ariete para derribar a la Monarquía y la Dictadura, sumergiéndolo de lleno en la intriga política.
La ejecución de la reforma de Azaña resultó contraproducente; en lugar de pacificar la institución, ahondó las divisiones internas al apoyarse en el sector “juntero” frente a sus rivales. Azaña no fue capaz de empezar la reforma desde cero ignorando las rencillas previas. En lugar de perdonar o ignorar lo que los militares habían hecho antes de 1931, inició procesos por responsabilidades pasadas, lo que mantuvo vivos los conflictos del pasado, sembrando la inquietud en las guarniciones.
Asimismo, la práctica de una justicia partidista que favorecía a los militares de convicciones republicanas enfrentó a compañeros de armas y debilitó la cohesión interna. A esto se sumó un error estratégico reincidente, el uso del Ejército en la represión de los conflictos obreros convirtiéndolo nuevamente en un instrumento de política interior.
El resultado fue una politización extrema; muchos militares asumieron ideologías radicales, llegando incluso a actuar como instructores de milicias de partidos y sindicatos. En este clima de polarización, mientras una parte del Ejército se sentía amenazada por el Estado, la otra se sentía llamada a la revolución, fracturando definitivamente la institución antes del estallido civil.
Al producirse el levantamiento de 1936, la división interna del estamento militar resultó decisiva para el desarrollo de la contienda, evidenció dos formas opuestas de integrar la milicia en la política bélica.
El Ejército de África, como una fuerza verdaderamente preparada para la guerra moderna, inclinando la balanza a favor del bando sublevado tras su traslado a la Península. Bajo el mando del general Franco, esta fuerza impuso una unidad de mando absoluta. La sociedad civil y las fuerzas políticas cedieron todo el protagonismo a los militares, estableciendo una disciplina y unidad sin fisuras.
A diferencia, el Ejército gubernamental ocupó un segundo plano frente al empuje de los milicianos de los partidos revolucionarios y sindicatos. Esto provocó la incapacidad de forjar una unidad de mando semejante a la del adversario, lo que supuso una de las debilidades estructurales de la República.
La fragmentación entre los militares profesionales, muchos de ellos de perfil juntero, y las milicias populares generó una relación tensa y una falta de cohesión que, a la postre, lastraría su capacidad operativa y conduciría a la derrota.
No se puede establecer una figura que identifique al «juntero» como masón y republicano, ni al «africanista» como religioso y monárquico. Durante el periodo republicano, el desencanto fue constante, militares monárquicos que se reconciliaron con la Corona y republicanos que se sintieron traicionados por el nuevo régimen. Al llegar 1936, muchos militares de tradición republicana optaron por la sublevación frente al gobierno del Frente Popular, mientras otros profesionales se mantuvieron leales a la legalidad vigente.
La evolución del Ejército de Tierra español desde el fin de la Guerra Civil hasta la actualidad es la historia de una transformación radical, para convertirse en una institución democrática, profesionalizada y plenamente integrada en las estructuras de seguridad internacionales como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea (E.U.).
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