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El síndrome Putin

Por Ana Isabel Espinosa
09/04/2022 - 05:17
Russian invasion of Ukraine

EFE/EPA/ROMAN PILIPEY


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Una madurita me pregunta en el parquin privado de la Residencia de mi madre, por qué no hay sitio para el coche de ella. Es una antigua reclamación que he hecho millones de veces a la Dirección, pero que tantas otras ha quedado en dique seco porque ni la comunicación-ni la empatía- son lo suyo. Normalmente los familiares de los residentes deberíamos tener un sitio libre los días concertados para las visitas que suelen ser semanales desde el covid. Pero claro, está ocupado por quién llega primero a modo de “quién puede, puede y quién no, que se joda” porque ni hay barreras, ni limitaciones de aforo de ningún tipo.

Pues bien, esta señora ha aparcado donde le ha dado la gana, aduciendo que es más importante ver a su madre que buscar sitio para aparcar cómo hacemos los demás sí no hay nada libre en el parquin. Esto es el síndrome Putin... “hago lo que quiero porque me viene en gana y los demás están de más”. Lo vemos en adolescentes malcriados, en descerebrados verborreicos, políticos de cualquier signo y gente de corta empatía.

No es Ucrania más qué posibilidades estratégicas, recursos y limitación de americanismos para un imperialista palpable. No es un coche aparcado más que una forma de ver a tu madre sin tener que llevarte media hora buscando donde meterlo, en una zona superpoblada.

La vida hay veces que se te hace arena en la garganta, porque estos cometas sin hilo se te entrecruzan asfixiándote como Homer Simpson a Bart.

Esta guerra no será la única y no porque gane o pierda Putin sino por los ucranianos, leones feroces con su tierra, su libertad y su cultura. No lo será porque ese éxodo al modo de las grandes- y vergonzosas- peregrinaciones que se sucedían durante la Segunda Guerra mundial por el avance de los nazis o su estratégica política de cambiar pueblos enteros de localización para asentar a simpatizantes a su régimen, va a ser -a poco que les dejen respirar- un retorno empoderado por el propio carácter de los ucranianos. Eso, sí les llegan a ganar, que lo dudo. El síndrome de Putin acaba con una bofetada de realidad, con tanques rusos destripador en mitad de cualquier parte, con una defensa absoluta o con un coche multado por aparcar dónde a una señora le sale del alma. Es dantesco ver los documentales sobre la Segunda Guerra mundial basados, no ya solo en los trágicos sucesos consecuencia de las batallas en sí, sino también en los desplazamientos, los desarraigos o los caprichos de un hombre que se creyó salvador de su patria para hundirla en la más absoluta miseria, llevándose con su visión apocalíptica todo lo que tocó en su camino. Cada una de las muertes pesan, porque se nos encallarán en la Economía y serán germen de futuras guerras, de pasos adecuados o no, pero con movimientos de masas como sucede ahora con los ucranianos, marchando hacia ninguna parte porque su suelo nacional ha sido profanado. No se rendirán fácilmente, porque las humillaciones se pagan y ninguna guerra de independencia – eso lo sabemos bien los que hemos sido potencias colonialistas- acaba bien para los que nacieron fuera de ella. Potencias más grandes han caído por pequeños territorios que en su día les parecieron importantes de conquistar y que tras el fuego, las guerrillas, la desolación y la derrota tuvieron que dejar por hastío, fracaso o destrozo moral. Sé que pasara lo mismo aquí, pero no sé cuándo mientras las bombas siguen cayendo y las personas perdiéndolo todo, hasta la vida.

Las Potencias europeas que se creían alejadas del todo, Europeos del Norte amantes de la buena vida y observadores obligados de los sureños tan de segunda fila, ven ahora sus fronteras peligrar porque el lobo de Caperucita sopla y sopla para comerse todo lo que pueda, porque es un lobo que presume de fortaleza pero esta famélico con los gerifaltes de su país persiguiéndole para darle caza.

No hay nada como un coche aparcado en ninguna parte o un dictador de tres al cuarto para ponerte las ideas en su sitio, luego de haberte tocado (bien tocadas) las narices.

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