Muchas son las campañas que se hacen sobre salud mental. De hecho, es uno de los asuntos que terminó colocándose de forma preferencial en la agenda política.
Hay campañas, inversión y todo ello es motivo de debate. Sobre el papel queda fantástico, pero en la práctica seguimos arrastrando un vacío tremendo que deja en el camino cuantiosas víctimas.
No hablo de lo más trágico que supone la pérdida de una vida, sino de la cantidad de familias destrozadas que no encuentran apoyo práctico para sobrellevar la convivencia con una persona cuya salud mental está quebrada.
Es lo más duro de llevar porque el sufrimiento del afectado termina siendo interiorizado por todos los familiares. Las campañas de prevención, cuidado y tratamiento que se llevan a cabo son insuficientes, parecen estar más ideadas para funcionar de cara a la galería que para tener una utilidad para afectado y entorno.
Si una familia es fuerte y permanece al lado del enfermo podrá salir adelante sorteando cuantiosos baches, pero qué hay de la cantidad de personas que necesitan ayuda, viven solas, terminan en la calle y no encuentran ni comprensión ni apoyo social suficiente.
La situación, lejos de mejorar, empeora. Hay demasiado marketing en todo esto, campañas de imagen que no son efectivas ante estados que causan muchísimo dolor.
Nunca hemos hablado tanto socialmente de la salud mental y nunca hemos estado tan solos a la hora de afrontar situaciones que nos tocan de cerca y que se convierten en dramas guardados en silencio por muchas familias.
El camino no está adecuadamente orientado, fallamos como sociedad ante situaciones de las que nadie puede escapar.
Hoy puedes estar conversando, escribiendo y analizando un problema como si fuera ajeno para, mañana mismo, estar sufriéndolo.
Es un paso el que nos separa, solo eso, aunque no nos demos cuenta.






