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La Leyenda Negra, el lobby iberoamericano y la diplomacia regia

"España no se pronuncia, por no proceder, sobre sucesos acaecidos hace siglos, que asume naturalmente en lo que corresponda pero que no valora por la insalvable diferencia de tiempos"

Por Ángel Manuel Ballesteros
03/04/2026 - 07:13
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Imagen cedida

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No hay que ser un Metternich para concluir en la inconveniencia de las discusiones históricas en política exterior. Y ello es tan evidente que podría constituir una ley si no matemática, desde luego que sí diplomática.

Hace siete años de la carta del anterior presidente del añorado México, reiterada simbólica y prácticamente ad verbatim por la actual presidenta, reclamando que el rey de España (y el Papa, “aunque con otro fundamento”) reconozca y pida perdón por los abusos cometidos durante la conquista, parte consustancial del ser imperial de España, que como los grandes países que transformaron la historia, lo hicieron con los procedimientos típicos de la época, ciertamente habituales en la dureza de las conquistas, en las gestas de pocos contra muchos, y no atenuados en sus excesos por la falta de cultura comparativa ya que de los pueblos a descubrir, a conquistar, en América y parcialmente en Africa, no constaba su existencia de manera cabal, y Asia tradicionalmente fue ajena, aunque no del todo, al circuito conceptual europeo.

De ahí, que entrar en polémicas tendría sentido en el campo académico y serían aconsejables desde un revisionismo positivo, constructivo, pero siempre con la salvedad de los tiempos diferentes, distantes, lo que de forma enfática aunque no enteramente satisfactoria se formuló con “la culpa fue de los tiempos, que no de España”. Amén de que los inocultables agravios cometidos en el siglo XVI, llevaron sin dilación a la modélica y precursora legislación correctora de la corona española, con la introducción del humanismo en el derecho de gentes, el excelso timbre de honor hispánico.

Después, - de esos antecesores españoles, en parte aventureros y hasta algún que otro expresidiario, varios de los cuales fungieron como tales hacia aquellos indígenas “que no eran hombres sino animales con el don de la palabra”, y habrá que esperar hasta 1537, para que el papa Paulo III, en la bula Sublimis Deus, los reconociera como seres humanos, tras ser acusados con justicia los colonos/encomenderos por el P. Las Casas y alumbrando así las pioneras Leyes de Indias- surgen en la res pública institucional los un tanto indebidamente postergados criollos, que se emancipan aprovechando la debilidad de la metrópoli y se muestran incapaces, tras más de dos centurias de independencia, de alcanzar los niveles de organización exigibles desde la óptica occidental, mientras que en el país, entonces y ahora, más culto, la para mí querida Argentina, así como Chile, prosiguieron exterminando a los nativos al sur como los estadounidenses al norte de América.

Pero aquí se está tratando el campo diplomático en clave instrumental, distinto del que con las dosis de heterodoxia que habría que precisar, facultó a holandeses e ingleses, en primer lugar, a endosarnos la leyenda negra, sobre todo en América frente al gran hecho hispánico del mestizaje, tal vez el único que permite humanizar las conquistas, ignorado por los británicos et alii. Como también procedería diferenciar el origen de la inquina holandesa, basada en buena parte en la extralimitación de unos tercios que tantas veces se tiñeron de excesos y en los que no todos de aquellos sobresalientes milites/mercenarios, “que todo lo sufren en cualquier asalto, sólo no sufren que les hablen alto” como acuñó Calderón de la Barca, eran españoles, con la de los ingleses, contra los que nos defendimos más veces que atacamos y que nos han terminado dejando en el desigual balance, el baldón de Gibraltar. En este punto, resulta imperativo, amén de didáctico, mi habitual recurso a Gondomar, el embajador más positivamente activo que hemos tenido ante la corte de San Jaime, “donde compartía botella con el rey Jacobo I”: “A Ynglaterra metralla, que pueda descalabrarles…” y eso que todavía no habían tomado el Peñón.

"La técnica diplomática parece clara: España no se pronuncia, por no proceder, sobre sucesos acaecidos hace cinco siglos, que asume naturalmente en lo que corresponda, pero que no valora por la insalvable diferencia de tiempos"

La grandiosa, en el doble sentido del término, obra hispánica, refulge por encima de los excesos consustanciales a las conquistas, a todas las conquistas, sobre la base dual, que por su pertinencia se vuelve a reiterar, de haber sublimado la incipiente normativa internacional al introducir el humanismo en el derecho de gentes, lo que constituye una imperecedera aportación española a la civilización, Y naturalmente, en el mestizaje, la profunda, y muy visible diferencia con los demás países conquistadores.

Tampoco va a procederse a la mil veces manida defensa de la Hispanidad frente a la Leyenda Negra, ni siquiera en la línea intermedia de la Leyenda Rosa, evaluando las sombras y las superiores luces, incuestionables desde el valorable ángulo supremo de la cultura y la evangelización y el catálogo inicial de derechos humanos, cuya ortodoxa ponderación requiere ubicarse dentro de los márgenes que posibilitan no desplazar el punto de conexión, sino a propugnar una técnica diplomática, que se quiere superadora. Y ello porque siendo no omisibles los abusos, las trasgresiones cometidas por los conquistadores, y resultando que los amerindios teóricos y prácticos, nunca, en horizontes contemplables, van a renunciar a su pública denuncia, con las atenuaciones que necesariamente la jalonen en su evolución histórica/vegetativa -ya en el Quinto Centenario, inmersos en la inevitable y recurrente polémica, proliferaron desde el hiper indigenismo, desde el comprensible indigenismo, las diatribas como era de prever, al celebrar el quinto centenario de la llegada de Cortés al gran imperio azteca- se impone salir de una dialéctica afuncional, instrumentando la adecuada técnica diplomática en términos directos, operativos.

La técnica diplomática parece clara: España no se pronuncia, por no proceder, sobre sucesos acaecidos hace cinco siglos, que asume naturalmente en lo que corresponda, pero que no valora por la insalvable diferencia de tiempos.

Resulta incuestionable que la tónica va a proseguir de manera similar desde determinados parámetros iberoamericanos, porque forma parte consustancial, atingente de manera inmediata a su acervo histórico-cultural. De ahí, que un elemental realismo abone aún más, la vacuidad de la controversia a efectos prácticos, refuerce en la impuesta dialéctica la doctrina abstencionista, que no pasiva, fomente la técnica diplomática que propugnamos. Y nos centremos en lo auténticamente importante, amén de factible, todavía pendiente, la consecución de un efectivo lobby iberoamericano de altas potencialidades en la diplomacia multilateral, que nos permita jugar a ellos y a nosotros, a todos, mancomunada, conjuntamente, a Iberoamérica, el papel que sin duda nos corresponde y al que estamos llamados por los factores de primer nivel que nos unen de manera ontológicamente indisoluble.

"Resulta incuestionable que la tónica va a proseguir de manera similar desde determinados parámetros iberoamericanos, porque forma parte consustancial, atingente de manera inmediata a su acervo histórico-cultural"

Y todo ello, con el simbolismo si se quiere, del bicornio puesto como San Martín o descubierto tal que Bolívar, en la evocación que hago a veces de los dos grandes próceres de la emancipación hispanoamericana, cuyas magníficas estatuas ecuestres están de esa manera (para ser absolutamente preciso, el caraqueño ni siquiera tiene bicornio) en el madrileño parque del Oeste, que contemplo casi a diario porque vivo cerca, en Ferraz, en los paseos con mis perros.

Por consiguiente y a pesar o justamente por su simpleza, por su limpieza sin artificios, ni exégesis rebuscadas ni facticias, por su naturalidad, por su pertinencia, en definitiva, ya es tiempo de que, para la mayor gloria de Hispanoamérica/de Iberoamérica, que es lo verdaderamente trascendente, Madrid, tal que ya he dejado escrito con anterioridad, instaure esa praxis procedimental como invariable, sistemática respuesta, y la eleve a doctrina internacional. Y a falta de mejores patrocinadores, la denomine.

Yo he lanzado a la palestra, al campo del honor internacional, dos “doctrinas”, que parecen tan impecables, como invocables o al menos como citables. “A pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España, a veces, da la impresión de encontrar más dificultades que otros países similares, no ya para gestionar debidamente sino hasta para localizar e incluso para identificar, el interés nacional”. Y “Hasta que España no resuelva o al menos encauce adecuadamente su en verdad harto complicado expediente de litigios territoriales, no volverá a ocupar en el olimpo de las naciones, el puesto que corresponde a la que fue primera potencia planetaria y cofundadora del derecho internacional al más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes”.

Y he escrito y conferenciado bastante sobre La diplomacia regia - quizá y sin quizá uno de los que más por estos pagos en mi calidad de primer espada en nuestros contenciosos y diferendos diplomáticos- instrumento excepcional y subsidiario antes que complementario de la acción de gobierno, que forma parte del arsenal diplomático del estado, con el que a título casi singular cuenta y ha ejercido España, en tiempos recientes ya desde Don Juan con Hassan II, y si se la califica para calibrar su incuestionable importancia de factor semi clave y no de clave, es sencillamente porque como es sabido, en política exterior la resolución no es propia sino que radica por definición en el plano bilateral o multilateral, depende de otros. Y semi clave asimismo ya que sólo procedería su aplicación en determinadas controversias.

“Hubo muchos abusos, pese a las leyes protectoras de la Reina Católica, que no siempre se cumplieron, y de algunos episodios del pasado no podemos sentirnos orgullosos con criterios de hoy; no obstante, todo lo anterior ha de ser conocido en su justo contexto y nos apreciaremos más”, ha comentado más o menos -copio de la prensa- de manera informal Felipe VI, en una exposición de arte indígena en el Museo Arqueológico de Madrid, ante el embajador de México, levantando una considerable polvoreda, eufemismo de polémica, con distintas y distantes exégesis y hasta sonoros y elocuentes epítetos.

Veamos en sinopsis la técnica de la diplomacia regia, cuyo basamento, va sin decir, ha de conciliar en primera instancia el interés nacional con la prudencia diplomática.

Uno, “se había comunicado previamente a la Moncloa”. Correcto, aunque vista la competencia en nuestra diplomacia contenciosa de Moncloa/Santa Cruz, que al parecer siguen sin que Metternich les visite (y respecto de los anteriores, recuérdese a aquel que iba a poner la bandera en el Peñón antes de cuatro meses) supone poco más que cumplimentar una cláusula de estilo.

"En el 2014, cuando la seguridad española sobrevoló el yate de Mohammed VI y para culminar el desaguisado, un general pretendió pedir disculpas a la monarquía alauita, el soberano marroquí llamó al rey de España en los términos previsibles. Diplomacia regia"

Dos, la comparativa, como ejemplos gráficos, el rey de Bélgica reconoció los abusos de la monarquía belga en El Congo, como el soberano del Reino Unido criticó la actuación colonial británica en el tráfico de esclavos.

Tres, otras circunstancias relevantes, lo que requiere un inciso clarificador que se focalizará en Marruecos por su amplitud en la cobertura de elementos, lo que tal vez faculte al lector/oyente a calibrar de manera debida la actuación del rey. Cuando la crisis Perejil, en julio del 2002, sostuve, amén del mejor, no el único pero sí el mejor derecho de España -dato que se reitera a efectos de cualquier eventual, aunque harto improbable según va la dinámica de nuestros contenciosos, disputa jurisdiccional sobre soberanía- que en lugar de acudir a mediaciones ajenas por efectivas que fueran como resultó la norteamericana, y a pesar de la crisis, circunstancial y por ende superable, en las relaciones oficiales, se debería de haber acudido resueltamente a la instancia regia, a la diplomacia de los tronos, ya consagrada por una tradición de décadas, en la que antes participó Don Juan con Hassan II, en unas reuniones cuyo entendimiento se acentuaba por el humo cómplice de dos empedernidos fumadores.

Felipe VI está, en condiciones de mantener la relación entre las monarquías en términos no tan cercanos, desde luego, tal que Juan Carlos I con Hassan II y después con Mohamed VI, pero en este caso menos espontáneas por la diferencia de edad, sí desde luego suficientes a fin de ejercer la diplomacia de las coronas. Aunque por alguna que otra razón, incluidas la personalidad y el carácter diferente de ambos, así como costumbres del alauita, y la no frecuencia en los contactos, la nota “fraternal” que se predicaba en los tiempos del hoy emérito, no parece jugar ciertamente demasiado, el nivel resulta operativo con una interlocución más que cómoda “pragmática”, como se la ha calificado en alguna ocasión en Marruecos.

En el 2014, cuando la seguridad española sobrevoló el yate de Mohammed VI y para culminar el desaguisado, un general pretendió pedir disculpas a la monarquía alauita, el soberano marroquí llamó al rey de España en los términos previsibles. Diplomacia regia. Y directa entre los interlocutores. Pero también pública, como en enero del 22, cuando Mohammed VI invitó a Felipe VI en uno de sus discursos a normalizar la situación, “anunciamos una etapa inédita en las relaciones, basada en la confianza, la transparencia, el respeto mutuo y a los compromisos adquiridos…” y nuestro rey respondió afirmativamente con idéntica cordialidad, a través de una alocución al Cuerpo Diplomático en Madrid: “Caminemos juntos y establezcamos unas bases más justas y sólidas para el siglo XXI…”. Fue lo que yo denominé “el despliegue público de la diplomacia regia”.

Asimismo, la diplomacia regia sería incluible en principio en los contactos secretos. Característica opinable ya que se prescinde de la opinión pública, aunque aceptable, ortodoxa, en cuanto sometida a la postre al control parlamentario, restringida a la comisión de secretos oficiales. Aunque difícil de conseguir. Narra Cambó, (uno de nuestros catalanes más cultos, “a veces sólo nos encontrábamos en el museo del Prado el marqués de Comillas y yo” y cuya repatriación a España desde Buenos Aires de parte de su magnífica colección de pinturas, provocó un incidente diplomático traducido en que la embajada del embajador político, abuelo de Aznat, fuera la más breve en la historia de las relaciones bilaterales) que le maravillaba el mantenimiento del secreto de los embajadores venecianos tras ser leídos sus informes ante un senado de trescientos miembros. Ejemplar, ciertamente.

Ya en el plano técnico, se precisa, a efectos de la asepsia del análisis, que el ámbito en los contenciosos de la diplomacia regia se circunscribe prima facie al vecino del sur. En efecto, las dos controversias con Portugal, con quien las relaciones tienen que ser, como con Iberoamérica, las mejores, deben solventarse a nivel de gobiernos, como corresponde. Tampoco se nos antoja factible la aplicabilidad de la diplomacia de los reyes en nuestro contencioso más histórico. Es cierto que Alfonso XIII y Eduardo VII hablaron de Gibraltar cuando el monarca español fue a buscar esposa a Inglaterra. Pero eso fue en 1905. Y ochenta años después, Juan Carlos I, con su expresividad típica, enfatizaría al embajador británico un flanco estratégico, que Parsons transmitió por nota confidencial al Foreing Office: “No está en el interés de España recuperar pronto Gibraltar, porque inmediatamente Marruecos reivindicaría Ceuta y Melilla”. Ahora bien, se impone matizar en el sentido de que el objetivo próximo que buscaba Juan Carlos era el apoyo británico, fundamental para nuestro ingreso en la CEE, como así fue al año siguiente.

"Estaba previsto que la primera cumbre tuviera lugar en Madrid, coincidiendo con el V centenario, pero México se opuso aduciendo precisamente la misma circunstancia, pero en sentido contrario"

Son precisamente las ciudades, contencioso que traemos aquí a título incidental, las que focalizarían en un horizonte contemplable la posibilidad de la diplomacia de los tronos, a través de periódicos y discretos contactos. La hipostenia de la posición y el animus españoles en Ceuta y Melilla prosigue agravándose ante las medidas “para asfixiarlas”, en la expresión de Ignacio Cembrero, tema recurrente, aunque nunca llevado al extremo actual, acentuando su manifiesta fragilidad. Por otra parte, “No habrá guerra con Marruecos” es una de mis tesis repetitiva y discutida, referida a Mohamed VI, cuyo carácter resuelto apreciábamos ya a sus doce años, cuando vino a los funerales de Franco y a la coronación de Juan Carlos I. Y no extensible a su sucesor por futurible y a quien no conocemos, a diferencia de Hassan II, el dosificador de los tempos con España, a quien nunca olvidaré, en sus palabras y lecturas, durante aquellos crepúsculos calmos y azules del añorado Rabat.

También Felipe VI en su citada alocución en Naciones Unidas tuvo el acierto de referirse al Sáhara, dada nuestra indeclinable responsabilidad histórica, donde el dislate sanchista, nunca explicitado a ningún nivel, constituye paradigma de burda diplomacia secreta.

Y cuatro y fundamental, la consecución total o parcial del objetivo, que radica en este caso en el éxito razonable de la XXX Cumbre Iberoamericana a celebrar en Madrid, en noviembre, lo que demanda la presencia de México. La presidenta Sheinbaum, que es una política capaz, ha aceptado la explicación de SMER como suficiente en principio, iniciando el desbloqueo, pasando de no invitarle a su toma de posesión a invitarle a una competición deportiva a celebrar den México: “El gesto y después la declaración puede que no sean todo lo que hemos pedido, pero es un reconocimiento de los excesos. Yo creo que hay que reconocerlo y seguir avanzando en el diálogo”, cito de la prensa. Cierto es que con posterioridad, la presidenta ha matizado que la invitación no es unipersonal sino colectiva, “a todos los países”.

En julio del 91 se inauguraron en la Guadalajara mexicana las cumbres iberoamericanas con el objetivo de recordar, reactivar y reactualizar la existencia de una comunidad vertebrada por el magnífico cuádruple eje de la historia, la lengua, la cultura y la religión. Estaba previsto que la primera cumbre tuviera lugar en Madrid, coincidiendo con el V centenario, pero México se opuso aduciendo precisamente la misma circunstancia, pero en sentido contrario, por lo que se llegó a una solución de compromiso. En este forzado resumen, la diplomacia española que con la inevitable improvisación derivada de la acumulación simultánea de objetivos, no había contemplado tan marcada posibilidad, todavía más acentuada dentro de la ofensiva general indigenista con motivo del V centenario -por lo que no podemos felicitar a sus ejecutores- no tuvo al parecer otro remedio que claudicar y tras “algún episodio esperpéntico pidiendo perdón por la singular hazaña hispánica”, se convino una salida factible, porque la retirada de un país tan calificado como el azteca, antes que una ausencia hubiera supuesto un bloqueo de muy difícil enmienda. Y México fue el anfitrión de la cumbre inicial que se anticipaba al 91 de manera tal que la del 92 en Madrid, aunque coincidiendo con el V centenario, sería considerada como una continuación.

Celébrese la Cumbre en noviembre sin adicionales dialécticas, e intente Madrid, tarea ciertamente difícil, atenuar el déficit que presenta nuestro papel en Iberoamérica, sometido a un progresivo declive, casi ineluctable, hiperbolizaríamos de seguir así las cosas, lo que es por supuesto corregible, en el relevante aunque poco operativo foro de los Centenarios, que en su iter hacia la intrascendencia, de seguir así las cosas, lo que es corregible, repetimos, hace recordar que a la pasada Cumbre, en Ecuador, sólo asistieron cinco jefes de Estado.

Y siempre a la búsqueda irrenunciable de un lobby iberoamericano, un aparato funcional ante entes supranacionales, cuyas potencialidades parecen inconmensurables, que permitiría a España volver a ocupar el puesto que corresponde en el concierto de las naciones, al tiempo de cooperar a vertebrar el mundo iberoamericano desde coordenadas adecuadas e impostergables, conformando un formidable espacio de acción común.

Y SMER tendrá a bien ponderar, si se aprovecha para proclamar, incluso en tono menor, rayano si así se estimara por prudencia diplomática, hasta con una declaración por muy sotto voce que fuera, la doctrina anteriormente apuntada, porque ya es tiempo de que Madrid instaure esa praxis y la eleve a doctrina internacional: España no se pronuncia, por no proceder, sobre sucesos acaecidos hace siglos, que asume naturalmente en lo que corresponda pero que no valora por la insalvable diferencia de tiempos.

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Comments 1

  1. El Barquero comentó:
    hace 1 mes

    Magnífico artículo! Ya va siendo hora de asfaltar el camino de la unidad Hispánica

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