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Normalidad absoluta

Por Germinal Castillo
21/12/2025 - 04:25
Imágenes cedidas

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En muchas ocasiones las leyes nunca tienen como referencia el nombre que le corresponde en el BOE. Por ejemplo, leyes como la 1/1992 fue más conocida como la Ley Corcuera (posteriormente anulada por el Tribunal Constitucional), la 4/2015, más referenciada como Ley Mordaza o la 8/2013 que pasó a la historia como la Ley Wert.

Algo así parecido ocurrió en los Estados Unidos de Norteamérica con las leyes Jim Crow. Fueron así llamadas por el personaje que interpretaba Thomas Dartmouth Rice en un montaje teatral. En éste, el actor y guionista utilizaba el “blackface”, es decir, un hombre blanco que se maquillaba de negro.

El personaje, el aludido Jim Crow, era, pues, un negro típico de la época de la esclavitud que se pasaba el show cantado y saltando. Dicho de otra forma, Dartmouth ridiculizaba a los negros para mayor regocijo del público blanco.

La [lamentable] popularidad del personaje interpretado por el neoyorquino fue tan espectacular que, desde entonces, todas las personas afroamericanas pasaron a tener el apelativo de “Jim Crow”. Penoso.

Tanto es así que, como aludíamos al principio con algunos textos legales patrios, a las leyes estatales que se promulgaron para establecer la segregación racial en los Estados Unidos (sobre todo en el Sur) se les llamó las “Leyes Jim Crow”. Todo un plan.

Impulsadas por las demócratas (sí, sí, las demócratas), estas leyes se promulgaron durante el periodo conocido como de “Reconstrucción” tras el final de la guerra de Secesión (1876) y se prolongaron hasta el año 1965, cuatro años antes de que el ser humano pisara la Luna. Obviamente, lo de 1965 es más que teórico porque las discriminaciones, de hecho, continúan estando muy en vigor en el país de la Estatua de la Libertad.

De todas formas, triste será recordar que en ese año 1965 Argelia, ya independiente, había dejado de ser un departamento francés en África en el que los árabes votaban en colegios electorales diferentes del de los occidentales y, obviamente, con una ínfima representación parlamentaria. Entre otras muchas cosas, claro.

Volviendo a los EE.UU, las señaladas leyes “Jim Crow” propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas por mandato legal bajo el lema “separados pero iguales”, una suerte de “juntas, pero no revueltas” a la americana, faltaría más plus.

Si bien, como se indicaba antes, en el Sur la segregación se hacía de iure, (“amparado por la ley”, en lenguaje técnico), en el Norte se hacía de facto (“en la práctica”, en lenguaje técnico) sobre todo en los guetos urbanos. Esto tampoco nos es muy ajeno, que digamos.

En los establecimientos privados, evidentemente existía esa separación racista sin necesidad de leyes ni nada que se le pareciese. En bares, teatros, tiendas etcétera un cartel advertía que las afroamericanas tenía la entrada prohibida. Fuentes para blancas, escuelas para negras, autobuses para blancas, vagones de tren para negras por no hablar de la Educación, claro. Todo se hacía por separado.

El derecho al voto estaba limitado y, aún cuando y a pesar de los pesares, existía la posibilidad de la concentración del voto negro en un distrito determinado, ambos partidos (demócrata y republicano) se ponían de acuerdo para llevar a cabo nuevos diseños del censo dividiendo esa posibilidad de voto. Evidentemente, una negra no podía testificar contra una blanca, los matrimonios interraciales estaban directamente prohibidos, el Ku Klux Klan actuaba con impunidad y los crímenes contra las negras no eran perseguidos. Lo “normal”, vamos.

Es como si, aquí, separásemos las rubitas de las morenitas, y las del cabello oscuro no pudiesen mear en los limpios váteres de las rubitas. O que las morenitas tuviesen la décima parte de sus derechos y hasta, llegado el momento, verse “aparcadas” en centros especiales donde el trabajo les haría libres. Seguro que les suena.

Volvamos a tierras americanas. Allí, nadie se planteó nunca, como tampoco pasó aquí, que todo aquello fuese anormal. Lo lógico, lo aceptable, lo racional, lo coherente y lo justo es que todo siguiese igual, sin que nadie se saliese ni un milímetro del guión legal que dijeron era el que tenía que ser.

Unas disfrutando de los privilegios que, por derecho y color de piel, le correspondía, y las otras aceptando con resignación su destino porque así estaba escrito y así se había padecido generación tras generación. Todo era normal en los Estados Unidos como lo fue en las latitudes europeas.

Y en esas estamos.

Aceptamos con espantosa y horrible pasividad las cosas más aberrantes, y sólo porque no han hecho creer que eran “lo normal”. Y claro, como es “lo normal” ni nos inmutamos.

Esto, evidentemente plantea en sí algunas preguntas…

¿En qué momento hemos normalizado que haya seres humanos que mueran en aguas del Estrecho de Gibraltar buscando un mundo mejor sin que a nadie parezca importarle lo más mínimo?

¿En qué momento hemos normalizado que haya millones de personas se mueren de hambre mientras aquí tiramos la comida?

¿En qué momento hemos normalizado que la guerra sea el estado natural del ser humano, siendo la Paz ese momento de venta de ingenios de muerte entre matanza y matanza?

¿En qué momento hemos normalizado que existan mercaderes de armas que se lucran indecentemente y en toda impunidad, con el sufrimiento de las demás?

¿En qué momento hemos normalizado que las mujeres puedan ser el juguete de los hombres?

¿En qué momento hemos normalizado que la ley de las poderosas es la ley que puede y debe imperar?

¿En qué momento hemos normalizado que la emergencia climática no sea algo que los seres humanos, estamos provocando?

¿En qué momento hemos normalizado que la corrupción es algo endémico y que nada se puede contra ella o contra quienes corrompen una y otra vez en total impunidad?

¿En qué momento hemos normalizado que se tengan que recortar medios a la sanidad pública a mayor beneficio de las empresas privadas?

¿En qué momento hemos normalizado que la de la otra religión, o la que no tenga, es nuestra enemiga jurada y que, precisamente en aras a ello por ello se mate, se blasfeme, se maldiga y/o se aterrorice?

¿En qué momento hemos normalizado que el Dios de la otra es peor que el tuyo y, en aras a eso, se mate, blasfeme, maldiga y/o aterrorice?

¿En qué momento hemos normalizado que la ley del más fuerte siempre está en vigor?

¿En qué momento hemos normalizado que los mares se mueran por nuestras suicidas acciones sin que nadie quiera remediarlo?

¿En qué momento hemos normalizado que cerrar los ojos ante un genocidio es tan ético como decente?

¿En qué momento hemos normalizado la lapidación a dos seres del mismo sexo que se amen?

¿En qué momento hemos normalizado que en las reglas del juego que otras han escrito, a Ti siempre te toca perder?

¿En qué momento hemos normalizado que podemos extraer, sin vergüenza alguna, todas las riquezas de las entrañas de los países pobres y luego dejar que su población se pudra sin inmutarnos?

¿En qué momento hemos normalizado que a las poblaciones despojadas (aludidas en el párrafo anterior) les prohibamos entrar por nuestras fronteras bajo el vil pretexto de que no hay para todas?

¿En qué momento hemos normalizado que la fabricación de ingenios de muerte siempre está más adelantada que la investigación de los medios para la Vida?

¿En qué momento hemos normalizado que las personas mayores deben ser “aparcadas”, tras cumplir su época contributiva, como objetos molestos e inservibles?

¿En qué momento hemos normalizado que, en los conflictos armados, se masacren entre sí unas que no se conocen para el máximo provecho de otras que no se matan, pero sí se conocen?

¿En qué momento hemos normalizado que, como decía Orwell, cuanto más se aleja una sociedad de la verdad, más odia a quienes la dicen?

¿En qué momento hemos normalizado olvidar que, como decía Montesquieu, una injusticia cometida contra una sola es amenaza que se lleva a cabo contra todas?

¿En qué momento hemos normalizado que, como aseguraba Albert Camus, cuando enferma la democracia, el fascismo suele acudir, pero nunca para aliviar?

¿En qué momento hemos normalizado odiar a las feministas y justificar la violación?

¿En qué momento hemos normalizado que vivir sea ser esclava de algo o alguien, pero nunca ser libre?

¿En qué momento hemos normalizado que las empresas elaboren productos con una vida limitada, algo que también llamamos “obsolescencia programada” sin que parezca afectarnos?

¿En qué momento hemos normalizado que el dinero es “poderoso caballero” que todo lo puede mientras que dejamos hacer sin ni siquiera pestañear?

¿En qué momento hemos normalizado que las librepensadoras acaben siempre de espaldas al paredón aunque las demás les demos la razón, eso sí, cien años más tarde?

¿En qué momento hemos normalizado que las políticas que decían defendernos acaben en los Consejos de Administración defendiendo los intereses de las poderosas?

¿En qué momento hemos normalizado que los grandes bancos ganen miles de millones mientras la pobreza hace colas interminables para pedir algo de comida?

¿En qué momento hemos normalizado, también hablando de grandes bancos, que todo el dinero sucio viaje hasta o desde los paraísos fiscales hacia cuentas corrientes y molientes, pero sin que nadie advierta o pase nada?

¿En qué momento hemos normalizado que haya mujeres que tengan que vender su cuerpo, y que sean esas mujeres las culpables, y no quienes las compran?

¿En qué momento hemos normalizado que el Artículo I de la Declaración Universal de los Derechos Humanos sea pura utopía y no hagamos nada por cumplirlo? [Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros]

Usted, como siempre, sabrá qué es lo que más le conviene, pero es verdad es que un cierto concepto de la “normalidad” nos ha invadido, algo que sin dudar la filósofa Hannah Arendt también habría incluido en su definición de la “banalidad del mal”.

Así, aceptamos esas “normalidades” sin rechistar, sin cuestionar sin ni tan siquiera alzar las cejas. ¿Esclavitud? ¿Conformismo? ¿Cobardía? ¿Servilismo? ¿”Medaigualismo” mientras yo lo no vea cerca? Ya puestas, el apelativo se lo pone usted a su gusto.

Deshacerse del pesado caparazón de la anormal normalidad es muy complicado.

Quitarse las cadenas de los dogmas construidos ad hoc durante siglos es una tarea ingente.

Destruir los muros de la intransigencia para poder darnos cuenta de que todas somos personas, debería ser fácil, pero visto lo visto, no lo es.

Ahora, a usted le toca pensar si le cuadra esta normalidad absoluta que santifica el arriba y el abajo, la pobreza y la riqueza o el conjunto de todas las guerras (las santas, las quirúrgicas, las necesarias, las estratégicas etcétera).

Si cree que esta normalidad es anormal además de inmoral, tiempo tiene de elevar su voz.

Si, por lo contrario, piensa que esta normalidad se ajusta perfectamente a su modo de pensar, de dos cosas una: o está allá arriba en la cúspide social y no quiere que nada cambie porque maneja la vida de las demás o, siento decírselo, usted ya es una esclava con pedigrí.

Nada más que añadir, Señoría.

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