Hay canciones que saben atravesar épocas, las cante quien las cante, y como en este caso, sin que importe el idioma.
En 1952, un joven retraído de 24 años, originario de la pequeña y sureña localidad gala de Sète (cerca de Montpellier), empujado por un productor y una artista de la época, lanza al mercado su primer disco.
En ese primer trabajo, el inmortal Georges Brassens da a conocer una canción que dará nombre a ese trabajo: “la Mala Reputación”.
A Brassens, tímido compulsivo y modesto hasta niveles imposibles (algo que la popularidad no cambiará), la fama le llegó con ese primer disco que, desde ese momento, le transformó en una referencia de las letras. Las canciones de ese “LP” van del romanticismo amoroso del “Paraguas” y “los Cazadores de Mariposas” al “Gorila”, “la Hecatombe” y “la Mala Reputación”. Todos sus trabajos serían así, una combinación de delicias sentimentales con temas ácidos llenos de protesta.
En una Francia mojigata versión año 52, la guerra de Indochina anticipaba lo que iba a ocurrir con Vietnam y la segunda guerra mundial era todavía una herida sangrante. Aún quedaban dos años para que Argelia se transformase en un polvorín y otros 10 años más para que París se encontrase, un mes de mayo, sembrado de barricadas que cambiarían el curso de la historia.
Ese mismo 1952, el “Comité de Escucha de la Radiodifusión Francesa (la censura, para qué nos vamos a engañar) prohíbe la emisión (la televisión era muy minoritaria) de varios temas de esa primera obra del genial francés. Así, “El Gorila”, “La Hetacombe” y, obviamente, “La Mala Reputación” se escucharían mediante las ondas hertzianas francesas. Interesante hazaña para el país “des Lumières” y de la “Liberté-Égalité-Fraternité”.
¿Pero por qué ese tijeretazo a la libertad de expresión?
“El Gorila” es un ácida crítica a la pena de muerte, algo que no puede ser tolerado en una época en la que la guillotina no para de asesinar a activistas argelinos del FLN, entre otros. Y, para que no se nos quede nada en el tintero, recordaremos que, en esos años, fue ministro de Justicia (y ministro de Estado) el socialista François Mitterrand. Éste firmó, sin que le temblase el pulso, más de una condena a muerte. Sin embargo, en el año 1981, fue su gobierno quien abolió la pena capital. Choses de la vie…
Así, esa canción tenía, pues, razón con demasiada antelación sobre el curso del tiempo, como siempre suele pasar con anarquistas y francmasonas.

La segunda es “La Hecatombe”, un suceso en el que las mujeres de un pueblo la emprenden, un día de mercado, con la gendarmería. Sería la única canción en la que Brassens, emplease la palabra “anarquía” (concretamente “muerte a leyes, viva la anarquía”). ¿Por qué este apunte? Porque Brassens fue militante de la Federación Anarquista francesa al tiempo que escribió varios artículos en su órgano de expresión “le Monde Libertaire” (Mundo libertario).
El caso es que, hablar de insurgencia, con risas y mofas incluidas, contra la autoridad no era concebible, ni entonces, ni ahora.
"Hay canciones que saben atravesar épocas, las cante quien las cante, y como en este caso, sin que importe el idioma. En 1952, un joven retraído de 24 años, originario de la pequeña y sureña localidad gala de Sète, empujado por un productor y un artista, lanza al mercado su primer disco"
Obviamente, la tercera y más brutalmente reprimida fue la ya mencionada “Mala Reputación” que, muy posteriormente en España, fue interpretada por Paco Ibañez y Loquillo con la traducción que hizo en su momento Pierre Pascal. Otras muchas intérpretes, nacionales e internacionales, hicieron lo propio con una canción que, dicho sea de paso, debería ser declarada patrimonio de la Humanidad.
Censura pura y dura para el famoso “en mi pueblo sin pretensión tengo mala reputación” en el que Brassens reivindica querer vivir “fuera del rebaño”, no “levantarse al son de la música militar”, defender a los “roba gallinas” y nunca escoger “los caminos que nunca llevan a Roma”. Pero claro, “a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe”. Ni a la gente ni a las poderosas.
Querer pensar más allá de las biblias políticas de cualquier clase y color siempre ha sido sospechoso a ojos de quienes nos quieren ataditas en corto, en el año 1952 y ahora.
Y claro, en esas estamos.
En este inicio de tercer milenio la IA y los nano transmisores son moneda corriente, y la información nos fluye por todas partes. Sería, pues, lógico pensar que, ante tanto aluvión de facilidades para saber y conocer, todos los prejuicios deberían haberse visto ya desterrados de nuestras vidas.
Sin embargo, el etiquetado de “conformado y domesticado” sigue estando más que nunca de actualidad. De la misma forma, quienes se quieren salir del molde gozan de “mala reputación”, claro está.
Mala reputación, pues, para quien se atreve a tomar, a contracorriente, el sendero del librepensamiento mientras el “grueso de la tropa” no osan salirse de las autopistas bien pensantes. Amargura.
Mala reputación para quienes reivindican el pensamiento crítico en colegios, mundo laboral y vida personal frente a la inmensa mayoría que defiende los dogmas de fe de cualquier tipo. De pena.
Mala reputación para las que siguen eligiendo bomberos a bombarderos, libros a hogueras, abrazos a puñetazos, fraternidad a traición y Paz a enfentamiento mientras que la manada siempre se alinea con el poder porque ser dócil, decididamente, está muchísimo mejor visto. Lamentable.
Mala reputación para las que se atreven a decir que, con una ínfima parte de lo que nos gastamos en guerras, podríamos terminar con el hambre en el mundo cuando, lamentablemente, la mayoría silenciosa aplaude los genocidios, sólo porque están lejitos de casa, y porque “acabar con las guerras es una utopía”. Asco.
Mala reputación para quienes piden largas condenas hacia TODAS las corruptas mientras que el resto tolerante y servil cierra los ojos e incluso aplaude lo que sus amas les roban una y otra vez. Gilipollas.

Mala reputación por atreverse a denunciar el alza de los nacionalismos, todos repletos de veneno racista, aunque todos los seres humanos son, a ojo de todas las religiones, hijas de Dios. Las nacionalistas, por el contrario, se creen las enviadas de la Historia, hayan nacido dónde hayan nacido. Desolador.
Mala reputación por querer reivindicar la maravillosa magia que supone ser únicas frente a quienes se empeñan en endosarnos un uniforme mental, social…y físico, ya de paso. Deplorable.
Mala reputación para las que no quieren oír hablar de masas a las que se puede conducir (casi siempre al matadero, real o figurado) y optan por ser una unión de unidades pensantes que deciden por sí mismas. Las otras prefieren integrarse sin destacar en un amalgama fácilmente manipulable, sea cual sea el régimen. No aprendemos.
Mala reputación por opinar, alto y claro de que el fin no siempre justifica los medios mientras que todas las ciudadanas irreprochables se tragan eso de que los propios medios se transformen en un fin en sí mismos. Las mismas que no ven venir que las situaciones supuestamente transitorias se tornan definitivas a la corta más que a la larga. ¿Tan complicado es de ver?
Mala reputación para quienes se alzan contra los privilegios de las poderosas y defienden, les cueste lo que les cueste, el bienestar de todas mientras la población borreguil alaba a las amas y señoras y, venido al caso, ponen la mano para recoger los beneficios ganados con la sangre de otras. Trágico pero real.
Mala reputación para las que deciden pensar incomodando a poderosas y serviles, frente a la muchedumbre que prefiere no pensar, porque pensar en sí mismo implica siempre significarse y molestar. Un clásico de las de “yo es que no me meto en nada”.
Mala reputación para quienes lloran en las playas llenas de cadáveres de personas que han muerto buscando un mundo mejor, frente al magma de “buenas gentes” que directamente obvian el hecho y/o se permiten el lujo de vilipendiar tanto a muertas como a quienes quieren salvar sus vidas. Horror sin sentido.
Mala reputación para las que se atreven a denunciar arbitrariedad y privilegios de las de siempre mientras que el “pueblo responsable” lleva a cabo, con brío, una política de la avestruz digna de esclavas agradecidas. Es lo que hay.
Mala reputación para las que se atreven a amar y querer a quien les da la gana mientras que las demás, hipócritas y “bien pensantes”, no toleran algo que sea diferente a lo que ellas consideran como “lo correcto”. Incalificable.
Mala reputación por empeñarse, siempre, en formular varias veces el “por qué” basándose en que una propuesta sólo debería considerarse buena si lograse superar tres “por qué” de forma sucesiva. La generalidad, por su parte, agacha la cabeza sin nunca cuestionar nada. Faltaría más.
Mala reputación por evidenciar que la emergencia climática es un peligro, sobre todo para las poblaciones pobres, mientras que, al unísono el resto aplaude de facto, y por inacción, el suicida modelo neoliberal que está acabando con el planeta. A modo de guinda, escupen sobre quienes denuncian el crimen medioambiental argumentando, como Trump, que todo son exageraciones. Homo sapiens, dicen.
Mala reputación para las que se levantan, una y otra vez, contra las injusticias, estén donde estén, mientras que el grueso de la tropa prefiere estar como las vacas que ven pasar el tren. Un clásico.
Como siempre, usted sabrá lo que más le conviene, pero quizás haya llegado el momento de plantearse que la canción de Brassens es algo más que un tema musical.
Quizás también haya llegado el momento de que cada cual saque su brújula social y decida de qué parte quiere estar porque si, definitivamente, tener la mala reputación como la expuesta aquí sin duda alguna le atraerá problemas. Por el contrario, tener la buena reputación que aquí se detalla sólo puede provocarle un asco profundo si se mira ante un espejo… aunque, visto lo visto, parece que, últimamente, hay escasez de espejos sociales.
Comportarse a contracorriente antes de lo que toca suele conllevar el rechazo del personal. Brassens lo supo describir perfectamente en el final de su canción:
“No hace falta ser el Jeremías
Para saber cuál será la suerte mía,
En el pueblo se empieza a oír,
Muerte, muerte al villano vil,
Yo no pienso pues armar ningún lío
Con que no va a Roma el camino mío.
No a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos vendrán a verme ahorcar,
Salvo los ciegos, es natural”
Yo, por si aún le alberga alguna duda, me quedo con la mala reputación. Con la de Brassens también.
Nada más que añadir, Señoría.






