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En estos días previos a enero

Por Ana Isabel Espinosa
15/11/2025 - 07:35
encendido-luces-navidad (2)
Imagen de archivo

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El bazar asiático es el mejor barómetro estacional, más que la aemet y sus predicciones de borrascas. Ya luce repleto de duendes y reyes magos en una amistosa camaradería que solo pretende el uso de ese metal -que ya no lo es- que inventaron los griegos. Los rojos, los verdes, los plateados y los dorados no esconden mas que la necesidad de que nos quieran, nos vean y nos escuchen.

La Navidad antes era en diciembre -e incluso a primeros de enero -cuando las fiestas se hicieron eco de europeidades y venían de fuera revistas de decoraciones y maquillajes que a los que abríamos ojos al mundo nos parecían ambrosía de dioses. Vienen a mi memoria dos en concreto que me hacen esbozar una sonrisa por la inocencia perdida, las infinitas ganas de vivir de entonces y la frescura que se ha mustiado por los abandonos forzosos. Una era de pasteles navideños, como no, y la otra de maquillaje para fiestas. No se pueden creer el túnel del tiempo que representa hablar con mi hija despuntando los 19, por lo mucho que ha cambiado todo. Ella no entiende, por ejemplo, que había que casarse solo quedarte preñada, cuando en el mundo actual las parejas y los hijos son volanderos. Es una artista del maquillaje, pero no solo ella sino cualquier cría que se precie que te da unas lecciones magistrales que flipas. A las de mi edad, y juraría que a las de la década anterior también, los primer, las bases y los iluminadores versus bronceadores nos quedan un poco desfasé. Que nos cuesta la leche, vamos. Si nos ponemos, nos ponemos, porque ya les digo yo que una mujer que sobrellevó un autobús lleno de pulpos en versión masculina, que no te atrevías a hablar porque te calzaban un señor guantazo, y aun así hablabas, poco nos puede asustar un cajón lleno de productos de los cuales no sabemos con seguridad el orden correcto de posicionarlos en una cara a la que le han salido bolsas, arrugas y flacideces. Eso es lo malo, la madurez consentidora de abandonos, renuncias y que hace que los dorados, los rojos, los plateados y su santa madre nos importe un bledo, casi tanto como las reuniones familiares que ya no santificamos, porque nos hace más un buen rato charlando que haciendo movimientos compulsivos en un catre y unas risas sanas que gloria bendita caída del cielo.

La vida ha cambiado, no tengo que jurárselo a ustedes que lo sabrán de sobra, excepto en mi habilidad para hacer pasteles navideños que es legendaria y que no se ha engrandecido ni un ápice desde que Maribel y yo nos pusimos manos a la obra en su casa pegada a la playa de las mujeres que tanto recuerda Amalia Quirós, para parir -luego de muchos esfuerzos- unos pisapapeles monísimos en forma de moñigos diminutos.

Estos días previos de enero eran nada en mi época infantil, porque ni siquiera recuerdo mucho barullo, ni decoración, sí en cambio los villancicos de Vilches exactamente iguales a los actuales, porque esos sí que se han trasladado de tal manera en el tiempo en una capsula inalterable que hasta dan cosilla.

Nunca ha sido una fiesta de mi preferencia, supongo que, por mi incredulidad, mi falta de apego social y la fobia a las multitudes. Pero eso de adelantarla a grandes pasos desde octubre en supermercados, bazares y trasfondo publicitario, me parece demencial porque ya solo somos consumidores a plazo fijo. Los de mi edad, a potingues, medicamentos y viajes, aprovechando que estamos en una etapa que se supone más ventajosa económicamente, porque los niños se han ido a hacer su vida(já) y nos queda todavía energía para gastar nuestros ahorros , pensando que nos merecemos esos trotes vacacionales de vernos Egipto en siete días y muchos cólicos estomacales.

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