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La máquina del Juicio Final

Por Germinal Castillo
09/11/2025 - 04:20
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Imágenes cedidas

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El año 1964 estaba bien encajado en los “30 años gloriosos” del francés De Gaulle y se estaba muy lejos de sospechar que, 4 años más tarde, una revolución rojinegra empaparía los adoquines de París.

Vietnam aún no era una pesadilla y Franco conmemoraba sus 25 años de paz de cementerios. En ese apacible año de las olimpiadas en Tokio, aún quedaba muy cerca la crisis de los misiles de Cuba del ’62 y el miedo a la guerra nuclear era una constante.

En suelo estadounidense la psicosis atómica se había desatado y la construcción de abrigos nucleares, en todos los puntos del país, era una fiebre sin remedio.

Los aires del mundo entero se veían surcados por bombarderos B-52 de la USAF que, con sus armas nucleares a cuestas, patrullaban las 24 horas, siempre situados a poca distancia de sus posibles objetivos soviéticos. La guerra fría tiraba siempre a caliente y no pocos incidentes y accidentes se derivaron de aquellas patrullas. Palomares, en Almería, fue uno de ellos que, por cierto, nunca se resolvió del todo.

Curiosamente, en ese pseudo plácido ’64, fue ese miedo colectivo al conflicto atómico el que impulsó al genial realizador norteamericano, Stanley Kubrick, a escribir, producir y realizar la película Dr. Strangelove: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb que, en España, se estrenó en 1966 con el título “Teléfono rojo volamos hacia Moscú”.

En esa cinta, con un tono satírico, ácido, pero nada fantasioso, el director de “Senderos de Gloria” cuenta como podría iniciarse, de la manera más inesperada, la tan temida guerra nuclear total. Y es que, casi siempre, la base de cualquier catástrofe es la estupidez humana. Como decía Albert Camus “la estupidez insiste siempre”. Axioma.

Con su negrísimo humor, Kubrick narra como un general que comanda un ala de bombarderos B-52 estratégicos se vuelve loco y, convencido que los rusos están envenenando el agua con fluor, ordena un ataque nuclear contra la URSS. El denominado “Plan R de Robert”.

Esta acción sólo sería viable si, previamente, hubiese existido un ataque de los soviéticos sobre Washington y que, ya sin líderes políticos vivos, no quedase nadie que pudiese decidir nada. Evidentemente, la película deja claro que nada de eso ha ocurrido, si bien el paranóico general opina que el ataque de sus bombarderos es la mejor opción para la salvaguarda de los EE.UU.

Seguro que os suena la canción.

Con la potestad que le ha sido conferida, el de las estrellas decide, pues, por su cuenta, lanzar el ataque a la URSS con varios bombarderos. Obviamente, codifica la orden para que nadie pueda detener la ofensiva, a menos de enviar la clave correcta de contraorden. Obviamente, esa posibilidad resulta imposible. Embrollo sobre embrollo.

Esta situación provoca que, en la sala de crisis del pentágono, el presidente de los EE.UU, interpretado magistralmente por Peter Sellers (que también da vida a otros dos personajes) se indigne cuando se entera de que existe la posibilidad que alguien, sin la expresa autorización presidencial, pueda provoca una guerra nuclear.

Por cierto, y para la anécdota señalar que la mencionada sala de crisis era del todo inventada y que, a su llegada al Despacho Oval, Ronald Reagan quiso visitarla pero, para su mayor decepción, no se pareció en nada a lo mostrado en la película. Sorpresas te da la vida.

Volviendo a la película, tras el asombro del presidente de que se lanzase un ataque nuclear sin su conocimiento, todos los generales allí presentes le recuerdan, no sin cierta sorna, que fue precisamente él quién firmó esa autorización de que otro pudiese actuar libremente si así lo creía oportuno.

¿Y por qué aquel presidente había firmado esa orden ejecutiva suicida? Respuesta fácil: para dejar sin argumentos a un político rival que le había acusado de carecer de credibilidad en lo que a disuasión nuclear se refería.

Y, cuando el inquilino de la Casa Blanca de Kubrick insiste en que se debía haber pensado en crear salvaguardas para evitar esa locura, el general Bick Turgidson (que retrata perfectamente al hiperbelicista general Curtis Lemay) asegura con vehemencia que “no va a arrojar todo un plan a la basura sólo por un pequeño error”. Una réplica digna de este H2SO4 que refleja perfectamente el ambientillo castrense estadounidense de aquella época. Sencillamente genial.

¿Entonces, el largometraje de Kubrick es una ocurrencia surrealista, supuestamente cómica, que tira a charlotada? Pues, para terror de todas: no, en absoluto.

El semanal New Yorker, en un artículo titulado “Casi todo en Dr. Strangelove era verdad”, contó que el presidente Eisenhower hizo uso de una Delegación de Autoridad Presidencial hacia a algunos oficiales para que pudieran iniciar una guerra nuclear “si se daban las circunstancias adecuadas”. Una barra libre atómica en toda regla.

Con la Administración Kennedy, las cosas cambiaron drásticamente. Se instalaron dispositivos codificados que impedían el funcionamiento del arma nuclear sin la autorización de la Casa Blanca, cosa que no gustó nada en el seno del Establichment del Pentágono, y más aún al antes aludido Curtis Lemay. ¿De aquellos polvos el atentado en Dallas? May be.

¿Pero, y las soviéticas en toda esta historia? Pues, como podrán suponer, tres cuartos de los mismo. Dictadura y terror post estalinista contra el pueblo, militares controlándolo todo y supremacía de la policía política…hasta hoy. En ambos bandos seguimos casi con las mismas situaciones. La historia quizás no se repita punto por punto, pero rima.

En la película, los “rusos” han puesto en marcha, en un lugar secreto, una infernal “Máquina del Juicio Final” que, de forma automática, y sin posibilidad de control humano, replicaría a cualquier ataque de forma inmediata. Una vez detectada la agresión, dispararía miles de misiles nucleares a otros tantos objetivos europeos y americanos sin posibilidad de marcha atrás.

¿Fantasía? Más bien realidad

¿Utopía? Más bien distopía.

¿Imposible? Lamentablemente, no.

El caso es que esa fue la primera advertencia de Kubrick en torno a la Inteligencia Artificial, algo que repetiría en “2001, una Odisea del espacio”.

Y este es el justo momento en el que, entre risas y mofas, caemos en la cuenta de que una “simple” máquina tiene la capacidad de pensar, actuar y decidir por nosotras, de decirnos qué debemos pensar y hacer, de cómo actuar y decidir por encima de nosotras. Ese todo está, por supuesto, enmarcado en un “bien para nosotras”. Faltaría más.

Entonces, cuando caemos en esa cuenta, las risas se acaban para dejar su sitio al miedo en estado puro.

Es el preciso instante en el que nos percatamos -o deberíamos hacerlo- que las máquinas las fabrica y programa alguien, y que ese alguien está para ganar mucho dinero y alcanzar poder a nuestra costa, claro. Esto último siempre es obvio, aunque parece que nunca logramos vislumbrarlo con claridad.

Y, claro, en esas estamos...

Como si de las arenas movedizas del Mont Saint Michel se tratasen, nos vemos sumergidas (¿aprisionadas?) en una neotela de araña de un nuevo totalitarismo, esta vez digital. Evidentemente, y como siempre, nos dirigimos encantadas hacia ese nuevo matadero sin salirnos de la fila. Faltaría más.

Nadie parece caer en la cuenta que la Inteligencia Artificial (IA) nos está conduciendo directamente, con paso firme y sin demora, hacia un mundo en el que pensar será (aún más) un lujo innecesario. Aunque el invento no es nuevo (en la década de los ’50 ya existía una forma rudimentaria de IA), con la versión actualizada nos están cocinando un prêt-à-porter filosófico y emocional que tiene todos los visos de ser un nuevo Texto Sagrado del que nadie parece querer escapar.

¿Otro H2SO4, pues, agorero que todo lo pinta color grillete? ¿Exageraciones sin fundamento? ¿Más elucubraciones apocalípticas vacías? Veamos…

La IA nos procura una ilusión de tranquilidad emocional a prueba de dudas porque, en microsegundos, nos da acceso a millones de documentos a la par que ofrece soluciones ad hoc. ¿Quién da más por un simple clic?

Creemos, a “neuronas juntillas”, lo que nos han inculcado y, de la misma forma que estamos convencidas que unas elecciones lo pueden cambiar todo, pensamos que, con la IA, vamos a tenerlo absolutamente todo bajo control.

De pena. No aprendemos.

Además, lo que creemos gratuito tiene dos costes brutales en los que no solemos, o no queremos, caer.

El primero es el impacto medioambiental. Empecemos por el consumo eléctrico que resulta insultante por la cantidad empleada por la IA, llegando incluso a unos niveles escandalosos.

En efecto, el consumo energético que exige la IA es brutal, casi inconcebible. Los datos son tajantes:

-Según el Instituto de la Ingeniería de España (estudio 2024) y el PNUMA (Programa para el Medio ambiente de la ONU), una simple consulta a la IA consume muchísima más energía que una consulta en Google. Concretamente 10 veces más.

-En Estados Unidos, la energía empleada en los centros de datos ha pasado de 2688 megavatios en 2022 a 5341 en 2023, y ello coincidiendo con el auge de la IA.

En la actualidad, estos centros de datos consumen ya más del 2% de la electricidad mundial.

-Según cálculos oficiales, en 2030, estos mismos centros de datos se tragarán el 9,1% de la electricidad norteamericana.

-Ejemplo concreto: en Irlanda, para el próximo año 2026, el consumo de los aludidos centros de datos ya va a suponer más del 35% del consumo del país. Ahí es nada.

-Más datos que asustan. Desde el año 2012 hasta hoy, el número de centros de tratamiento de datos existente ha explotado: ya son más de 8 millones.

-Una última precisión. Google ha previsto, para 2030, la puesta en marcha de tres centrales nucleares propias con un solo propósito: alimentar sus sistemas de IA. Para visualizar bien el tema, debe tenerse en cuenta que cada uno de los reactores de Google podría suministrar energía a un millón de hogares.

Como ya lo estarían adivinando, Apple, Meta y los demás también están en la línea de construir centrales nucleares propias con el mismo fin.

Tanto es así que el propio Elon Musk ya ha sentenciado que “el cuello de botella para el desarrollo de la IA no es la computación, ni los chips, sino la electricidad”. Contundente.

Obviamente, como ya habrá entendido, todo esto produce una cantidad ingente de gases de efecto invernadero.

Según un informe de la Universidad de Massachusetts (2019), entrenar a la IA puede llegar a emitir hasta 282 kg de CO2, lo que equivale al impacto ecológico de cinco coches durante TODA su vida útil. Sólo entrenarla.

El caso es que, visto lo visto, no sería erróneo pensar que, para llegar a esto, mejor no haber bajado del árbol… en el supuesto que, de alguna u otra manera, no sigamos morando aún entre lianas. En fin…

Pero, si todo lo narrado le parece poco, tenemos el pesar de decirle que hay más. Mucho más.

Vamos con el segundo coste antes anunciado.

Mientras todas las agencias gubernamentales de Medio Ambiente de todos los países, junto a Naciones Unidas, nos martillean -con absoluta razón- que el agua es un bien escaso y que debemos el inexcusable deber de cuidarla, los guarismos del consumo de H2O de la IA nos desdibujan un escenario impresionante, dantesco y suicida.

¿Más “agorerismo” ilustrado? Sigamos viendo…

Verdad es que un ordenador, en sí, no consume agua, pero los centros de datos que albergan la IA, sí. Y mucha. ¿Para qué? Para enfriar los servidores. Así de simple.

Al respecto, las universidades de Arlington y Riverside han hecho público un estudio en el que arrojan un dato espantoso: para cada 10 respuestas, CHAT GPT necesita medio litro de agua. Imagen la magnitud del consumo de un solo día. Brutal.

La ONU ya ha advertido de que, en el planeta, la infraestructura relacionada con la IA muy pronto consumirá seis veces más agua que Dinamarca, un país de 6 millones de habitantes.

Esto representa, a día de hoy, un problema irresoluble para la “Humanidad de las alcantarillas”. Una cuarta parte de la población de la Tierra, esa que vive en las catacumbas del privilegiado Norte, carece, en la actualidad, de acceso al agua potable y al saneamiento.

Obviamente, y como ya habrán deducido, las aludidas no son precisamente las que viven en los países de la “Milla de Oro”, son de muchísimos pisos más abajo. Y después de esto continuaremos extrañándonos que quieran dejar la miseria para venir donde se come a diario. Y ello a pesar de los pesares y de que muchas de esas personas se dejen la vida en el intento.

Pero, y siempre con el impacto ambiental a cuestas, hay que subrayar el hecho de que los antes señalados centros de datos tienen otro tipo de alto coste ecológico para el planeta. Los productos electrónicos que albergan estas “fábricas de bites” dependen, para su elaboración, de una cantidad asombrosa de molienda. Así, fabricar un ordenador de 2 kilos requiere mover y tratar nada menos que 800 kilos de materia prima. Eso sin contar con que los microchips que alimentan la IA se confeccionan con elementos que solo se encuentran en la ya famosas tierras raras, las mismas que a menudo se extraen de formas destructivas para el medio ambiente, tal como se indica en otro informe de la ONU.

Por si fuera poco, otra de las derivadas es la producción, en estos mismos centros de datos, de residuos eléctricos y electrónicos que, a menudo, contienen sustancias peligrosas como el mercurio y el plomo.

Casi nada.

Y si a estas alturas, por algún casual, usted aún piensa que no es para tanto porque el uso de la IA es minoritario, quizás las afirmaciones del vicepresidente de Apple le convenzan de lo contario. Según Eddy Cue, las búsquedas en Google desde Safari (el navegador de la manzana) han sufrido un desplome nunca visto en 22 años…a mayor beneficio de la IA, claro.

Dicho de otro modo, ya no buscamos en Google porque, directamente, utilizamos Gémini, Copilot o Chat GPT.

Está claro que la utilización de la IA tiene una posición más que dominante en nuestra sociedad.

En cuanto a la otra consecuencia desastrosa, debe subrayarse que la IA puede llegar a conllevar un pensamiento dirigido en torno a temas concretos hacia tal o cual punto, según quién esté ese día de guardagujas. Dicho de otra forma, el desenlace de esta falta de objetividad será letal de necesidad para nosotras si dejamos que las de siempre reinen sobre la IA sin ningún tipo de regulación.

Si hoy la IA nos sirve para montar imágenes ingeniosas, hablar con un supuesto médico, confesarse ante un psicólogo virtual o pedir los secretos de los huevos fritos de Lucio, no es menos verdad que mañana esa misma IA nos podría indicar a quien votar o a quien odiar. Sin controles efectivos estamos replicando la película de Kubrick. Tal cual.

Lo terrible de todo esto es que, visto lo visto, aceptaremos sin rechistar la opinión social y/o política que nos dicte la IA, de la misma forma que tampoco cuestionamos nada cuando la IA nos diagnostica una gripe, nos elabora un informe o nos desarrolla una teoría sobre tal o cual problema.

A pesar de que nos creamos el nuevo catecismo según la IA, no podemos dejar de obviar el hecho que la IA no es perfecta, lejos de ahí. Según los especialistas, la IA es, por naturaleza, imperfecta. ¿Por qué? Porque harían faltan cálculos infinitos para poder llegar a soluciones perfectas. Primer mito desmontado.

Para apoyar lo dicho, tres datos curiosos que verifican lo afirmado. La revista Forbes, nada sospechosa de ser izquierdosa, daba varios ejemplos de disfunciones de la IA:

-McDonald’s cerró uno de sus programas de distribución basado en la IA cuando los clientes reportaron el cobro de 20 comidas Mc Nuggets en un solo pedido o que recibían helado con kétchup porque así lo había programado la IA.

-Google redujo una de sus funciones de IA cuando esta sugirió utilizar pegamento para evitar que el queso se deslizase de la pizza, así como comerse una piedra al día como ejemplo de dieta saludable. Impresionante.

-Y, para finalizar (aunque hay muchos más fallos registrados), la guinda es la sanción que recibieron los abogados del prestigioso bufete estadounidense Morgan & Morgan por presentar, en un juicio, un informe con múltiples citas de casos falsos… todo generado por la IA.

Sin embargo, el problema reside en que no tenemos conciencia de esa imperfección y nos empeñamos en imaginar que la IA es perfecta. Ergo, para nosotras, es perfecta.

Ninguna de nosotras se da cuenta de que, cuando nos empeñamos a querer creer que algo, o alguien, es un ente superior, en ese preciso instante se esfuma lo racional y empieza el imperio de los dogmas e, invariablemente, ello conlleva una forma de esclavitud emocional o real.

¿Esto significa entonces que la IA debe ser desterrada por extremadamente contaminante o por sus fallos clamorosos?

En absoluto. De la misma manera que no quemamos los trenes cuando arrollan accidentalmente a alguien, no tiramos los cuchillos de cocina cuando alguien hace daño con uno de ellos, no prohibimos las cuerdas porque con ellas también se puede ahorcar o no renegamos de Nobel a pesar de que la dinamita también se utiliza para matar, no se puede condenar a la IA sin más.

La IA es una herramienta muy válida que puede, y que debería ser utilizada para mejorar las condiciones de vida de la Humanidad, y no para todo lo contrario.

Ponerlas a trabajar para erradicar enfermedades, para construir máquinas más eficientes, para diseñar un urbanismo que no esté basado en las desigualdades sociales, para acabar con el hambre y un largo etcétera que busque la emancipación del ser humano, sería un magnífico empleo de la IA.

Evidentemente, este no es precisamente el plan diseñado por quienes invierten en la IA para sacar indecentes beneficios. Lo de siempre

¿Y entonces, cuál es la solución?

La revista Forbes nos da la clave: el pensamiento crítico es la única solución. Pensar y ponerlo todo en duda, siempre, como haría cualquier librepensadora que quisiera aportar 3, 5 o 7 piedras al edificio de la mejora del género humano, sin distinción de nacionalidad, condición social, sexo, credo o color de piel.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero quizás, llegadas a este punto, debamos recordar al escritor, pensador y filósofo británico, Aldous Huxley (1894-1963) cuando dijo que “las personas llegarán a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen su capacidad de pensar”. Y quizás estemos más cerca de ello de lo que pensamos.

La máquina del juicio final ya ha empezado a funcionar y, o emplea su inteligencia, capacidad y arrestos para imponer un crítico pensamiento frente a la sutil pero implacable dictadura que se nos viene encima, o nos transformaremos en esas vacas felices de engordar antes de ser llevadas al matadero, algo para lo que, dicho sea de paso, no queda mucho.

Eso sí, si prefiere que decidan por usted, para usted y a pesar de usted, adorando la IA usted se está encaminanda por el correcto camino para verificar lo expuesto por Huxley.

Si, por lo contrario, elige el sendero del librepensar, de apartarse de los caminos que llevan a Roma y de creer que la sociedad debe tener la Libertad como base, la Igualdad como medio y la Fraternidad como fin, entonces, y sólo entonces es posible que quizás no esté todo perdido.

Una vez más, todo depende de usted.

Nada más que añadir, Señoría.

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