Aquella funesta fecha del 6/VIII/1945, la patria celestial de Hiroshima parecía descomponerse en dos con un resplandor en ningún tiempo antes contemplado. Sin duda, aquello era la primera detonación de un arma nuclear. Setenta y dos horas después, Nagasaki, arrastró la misma desdicha. Otro relieve de fuego surgió en el cielo estampando con consternación el desenlace de una guerra catastrófica.
Transcurridos doce meses de aquella data, la aldea global se percataba de la magnitud innegable de aquella arma nuclear o atómica. Tras el bombardeo de alto poder radiactivo, el gobierno militar de ocupación de Estados Unidos conducido por el Comandante Supremo en el Frente del Pacífico, Douglas MacArthur (1880-1964), aplicó una censura rigurosa sobre cualquier pesquisa que deteriorase la hechura de los Aliados, fundamentalmente, las derivaciones de la radiación y la desolación civil.
"Hoy, tras ochenta años acontecidos, los clamores se elevan contra el olvido, porque por medio de sus argumentos nos encaran al poder letal del hervor nuclear"
Ciertamente, se frenaban cuántos testimonios, informes médicos y fotografías destaparan la barbaridad producida por las bombas. Sin embargo, paulatinamente iría cayendo sobre su propio peso y los pocos sobrevivientes irían salvando los obstáculos habidos por el hermetismo militar. Las estelas fueron súbitas: originó agitación, avivó la conciencia sobre las secuelas de la radiación, humanizó a las víctimas japonesas y ayudó al debate crítico sobre las armas nucleares. Hoy, tras ochenta años acontecidos para enfrentar aquella destrucción en la forma que se desencadenó, los alegatos permanecen como una exclamación universal contra la guerra. Todos los clamores y los que se unen, se elevan contra el olvido, porque por medio de sus argumentos nos encaran al poder letal del hervor nuclear.
Con estas connotaciones preliminares, durante tres jornadas funestas, Estados Unidos dejó caer dos bombas atómicas sobre Japón que acabaron con la vida de miles de personas. Lo cierto es que tras la conflagración, los bombardeos suscitaron la incógnita de por qué y cómo se ejecutaron. Tal vez, cabría preguntarse: ¿se habrían lanzado contra Alemania?, ¿por qué se designaron como objetivos localidades en las que fallecerían tantísimos civiles?, y por último, ¿posiblemente concurrían otras opciones para rematar la guerra con premura e impedir la invasión de la tercera isla más grande de Japón, Kyushu, por los aliados presumida para el 1/XI/1945?
Estas cuestiones que han quedado postergadas en el tiempo no reparan que con anterioridad a Hiroshima y Nagasaki, el uso de la bomba atómica a duras penas había planteado dificultades morales a los políticos. Es sabido por los analistas que el arma se plasmó en competencia con Alemania, e innegablemente habría sido empleada contra esta nación, si hubiera estado dispuesta antes. Y es que a lo largo y ancho de la hostilidad el plan se trasladó a Japón.
Durante la travesía de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945), los civiles de las ciudades ya habían sido blancos directos de acometidas. Dicho esto, el brumoso dietario de los bombardeos del Eje es bien señalado. Multitudes de no combatientes fueron premeditadamente agredidos en los últimos instantes de la guerra aérea estadounidense contra Alemania. Ese procedimiento se desplegó todavía más en 1945 con las bombas incendiarias precipitadas sobre las urbes japonesas. Tales bombardeos en masa se oponían con los requerimientos acordados antes de la guerra por el presidente Franklin D. Roosevelt (1882-1945), para que los países militantes esquivaran el bombardeo de las metrópolis y así evitar vidas catapultadas. Y en el año anteriormente mencionado, los dirigentes americanos no tenían voluntad de escapar de la utilización de la bomba atómica en Japón. Pero las certezas prueban que si hubieran continuado métodos superpuestos, éstas seguramente habrían podido prevenir la invasión sospechada y finiquitar la guerra.
Adentrándome en la exposición, en 1941, a instancias de científicos y expertos estadounidenses, Roosevelt emprendió el proyecto de la bomba atómica que en breve se denominó ‘Proyecto Manhattan’, en medio de lo que se creía una competición exasperada contra la Alemania de Adolf Hitler (1889-1945) por adquirir el arma.

Inicialmente, el presidente americano y sus principales funcionarios asumieron que la bomba atómica era un instrumento válido que se destinaría en principio contra la Alemania del Tercer Reich. Asimismo, determinaron que la aspiración había de quedar enmascarada a los ojos de la Unión Soviética, incluso después que se convirtiera en socio aliado, ya que la bomba conferiría a Washington una relativa ventaja sobre Moscú.
A mediados de 1944, la perspectiva de la guerra había variado drásticamente.
Me explico: Roosevelt y sus más cercanos estaban al corriente que el punto de mira previsible recaería sobre Japón, puesto que la lucha con Alemania se saldaría antes de que la bomba atómica estuviese dispuesta hacia la primavera de 1945. Es más, en un despacho confidencial de este mismo año, Roosevelt y el primer ministro británico, Winston Churchill (1874-1965), autorizaron el movimiento del objetivo de Alemania a Japón. Su transcripción apunta que al menos, en aquella coyuntura, tuvieron algunos dilemas con relación a la utilidad de la bomba, al revelar literalmente que “quizás, después de una atenta consideración, pudiera utilizarse contra los japoneses”.
Acto seguido, razonando en voz alta en presencia de un representante británico y de su consejero ingeniero y científico, Vannevar Bush (1890-1974), Roosevelt se cuestionó si la bomba atómica debería arrojarse sobre Japón, o realizarse un experimento en Estados Unidos, probablemente con observadores japoneses y de inmediato adoptarla como amenaza. Sus teorías se juzgaron poco trascendentes y contrapuestas a los principios del proyecto, que Bush las dejó de lado al elaborar un memorándum de la reunión. Únicamente refrescó las aclaraciones del presidente y entonces incorporó un breve enunciado a otro escrito.
Vistas junto al frenesí de que la bomba se esgrimiría contra el adversario, el peso de las fluctuaciones aleatorias de Roosevelt es justamente que fueran tan casuales, mencionadas sólo en dos ocasiones en poco más o menos, cuatro años. Todos los consejeros del presidente que sabían la existencia de la bomba dedujeron totalmente que se usaría.
Efectivamente, sus memorandos adoptaban repetidamente los conceptos “después de utilizarla” o “cuando se use” y de ningún modo, “si se usa”. Y hacia la mitad de 1944, se llegó a la resolución de que el objetivo sería Japón.
La conveniencia deducida de la bomba como arma de guerra se aprobó a últimos de 1944, cuando el General Leslie Richard Groves (1896-1970), director del ‘Proyecto Manhattan’ para el desarrollo y aplicación bélica de la bomba atómica, hizo que las Fuerzas Aéreas establecieran un grupo especial, denominado Grupo Integrado 509, para abordar el lanzamiento de bombas atómicas.
Tan clarividente resultaba ser el supuesto de que la bomba se aprovecharía contra Japón, que sólo el Subsecretario de Guerra, Robert Patterson (1891-1952), puso en paréntesis esta impresión después de la victoria en Europa. Éste se interpelaba si el descalabro de Alemania nacionalsocialista (8/V/1945) descompondría los designios de lanzar la bomba contra Japón.
Mientras tanto, el ‘Proyecto Manhattan’ que significó cerca de 2.000 millones de dólares, se conservó incógnito a la mayoría de los integrantes del gabinete y a casi la totalidad del Congreso. El Secretario de la Guerra, Henry L. Stimson (1867-1950) y el General George C. Marshall (1880-1959), Jefe del Estado Mayor del Ejército, destaparon el proyecto sólo a unos cuantos dirigentes. Estos consiguieron atribuir las concesiones indispensables al presupuesto del Departamento de Guerra sin el conocimiento y mucho menos, el reconocimiento de la amplia mayoría de los congresistas englobados los componentes del comité de asignaciones.
Un criterio de afinidad nacional en el que se habían puesto de acuerdo algunos individuos del Ejecutivo y del Legislativo, revolucionando el modus operandi acostumbrado de asignaciones.
En los preludios de 1944, cuando un congresista demócrata que dirigía una comisión de investigación pretendió explorar este elevado proyecto, fue definido por Stimson en su memorias como “un hombre fastidioso y poco digno de confianza. Habla con suavidad pero actúa con malicia”. Esa persona se refería al senador Harry S. Truman (1884-1972). Marshall le convenció de que no removiese el proyecto y así Truman únicamente conoció que se trataba de un arma hasta que el 12/IV/1945 ocupó la presidencia.
Posteriormente, James F. Byrnes (1882-1972), colaborador de Roosevelt, comenzó a temer que el ‘Proyecto Manhattan’ era una frivolidad. “Si resulta ser un fracaso -le previno a Roosevelt-, será objeto de investigación y críticas incesantes”. Las prejuicios de Byrnes de golpe fueron dominados por Stimpson y Marshall. Un oficio secreto del Departamento de Guerra extractaba con algún exceso el escenario: “Si el proyecto tiene éxito, no habrá ninguna investigación. Si no lo tiene, no se investigará ninguna otra cosa”.
Si Roosevelt hubiera experimentado estas imposiciones políticas, de suponer que le habrían reafirmado en su deseo de poner en juego el arma contra el contendiente. Pero, ¿cómo podría haber alegado si no un coste de aproximadamente 2.000 millones de dólares, apartando materiales exiguos de otras firmas bélicas que podían haber sido incluso más valiosas y saltándose al Congreso?
En un país aún no curtido para delegar en los científicos, el ‘Proyecto Manhattan’ podría asemejarse a un despilfarro extraordinario si su cuantía no se justificaba recurriendo a la bomba atómica. Truman, al recibir la propuesta y descansando en Marshall y Stimson, sería más frágil e indeciso a esas influencias políticas. Y como Roosevelt, el recién presidente imaginó que la bomba debía estilarse, Truman ninguna vez puso en peligro esa hipótesis.
Además, ciertos artificios administrativos puestos en marcha previamente de que ingresara en la Casa Blanca robustecieron su convicción. Y sus procuradores, muchos de ellos afines de la Administración Roosevelt, coincidían en su postura.
Groves, esperanzado por obstruir la inspección sobre el proyecto atómico, recibió el visto bueno de Marshall para pronunciarse sobre los objetivos de la nueva arma. Por otra parte, éste y sus adjuntos se mostraban de acuerdo que estaban vislumbrando un arma de alcance excepcional.
Según y cómo, semejante a las bombas normales transportadas por 2.500 bombarderos. E incluso llegaron a deducir que la bomba atómica debía ser textualmente “detonada muy por encima del suelo, confiando primordialmente en la onda de choque para causar destrucción, de modo que con una eficacia probable mínima, hubiera un máximo número de estructuras dañadas sin reparación posible”.
El 27/IV/1945, el Comité de objetivos constituido por Groves y hombres de las Fuerzas Aéreas como el General Lauris Norstad (1907-1988) y científicos, entre los que se encontraba el matemático, John Von Neumann (1903-1957), se reunieron por vez primera para gestionar el lanzamiento de la bomba y en qué punto diferenciado de Japón. Obviamente, sin correr el riesgo de ver malograda su capacidad expansiva, resolvieron arrojarla visualmente y no por radar, a pesar de las pésimas condiciones atmosféricas reinantes en Japón, cuando la bomba estuviera lista.
En sí, las miras pertinentes no eran muchas. La Fuerza Aérea, según descifraban los mensajes, “estaba bombardeando sistemáticamente las ciudades de Tokio, Yokohama, Nagoya, Osaka, Kioto, Kobe, Yawata y Nagasaki (…), con el propósito principal de no dejar piedra sobre piedra, primordialmente para asolar las grandes ciudades japonesas (…). Su procedimiento actual es bombardear Tokio hasta destruirlo”. A pesar de todo, en la génesis de 1945, la Segunda Guerra Mundial, principalmente en el Pacífico, se había inclinado en acometimiento absoluto.
Los bombardeos de Dresde (13-15/II/1945) conllevaron a forjar un precedente para que la Fuerza Aérea de Estados Unidos junto a la Real Fuerza Aérea Británica, sacrificara adrede números desmedidos de ciudadanos japoneses. La antigua cantinela moral en la protección de los no combatientes, se desmoronó durante aquella guerra atroz.
Para ser más preciso en lo afirmado, en Tokio, los días 9 y 10 de marzo, respectivamente, un embate norteamericano liquidó a unos 80.000 civiles. Los Boeing B-29 Superfortress arrojaron napalm en los sectores densamente habitados de la ciudad, causando incontrolables vendavales de fuego. Puede que fuera más sencillo efectuar esta nueva guerra al margen del Viejo Continente y contra Japón, porque sus lugareños parecían “subhumanos amarillos” a numerosos ciudadanos estadounidenses y a muchos de sus dirigentes.
En esta circunstancia moral, cuando la hecatombe en masa de los civiles de una nación rival parecía incluso cotizado, el Comité decidió destacar como objetivos de la bomba atómica “grandes áreas urbanas de no menos de tres millas de diámetro existentes en las zonas de mayor población”.
La reunión celebrada el 27/IV/1945 se concentró en cuatro ciudades especificas: primero, Hiroshima, que como “el mayor blanco no atacado aún y que no está en la lista de prioridades del Comando 21”, requería una observación notable; segundo, Yawata, relevante por su industria siderúrgica; y por último, Tokio y Yokohama que eran “una posibilidad, aunque ahora está todo bombardeado e incendiado y es prácticamente una ruina, con sólo los terrenos del palacio imperial en pie”. Y en paralelo a lo anterior, deliberaron que otras demarcaciones precisaban más atención, como la bahía de Tokio, Kokura, Nagoya, Kure, Yawata, Shimonoseki, Sasebo, etc.
Pero por encima de todo, la designación de blancos directos estribaría de cómo la bomba llevaría a término su macabra empresa. Es decir, las correlaciones de la onda expansiva, el calor y la radiación.
En el segundo de los encuentros (11.12/V/1945) se hizo hincapié en que el vasto material de la bomba era lo bastantemente destructor para unos mil millones de dosis letales y que desprendería una radiactividad demoledora. La bomba, acomodada para explosionar en el aire, depositaria “una gran parte del material activo inicial o de los productos radiactivos en la vecindad inmediata del blanco, pero la radiación tendría por supuesto, efectos sobre las personas expuestas en la zona del objetivo”.
A su vez, se admitió que no estaba claro lo que sobrevendría con la mayor parte de las sustancias que emiten radiaciones ionizantes. Acaso, podría mantenerse como un velo por encima de la zona del estallido durante horas, o si la bomba reventaba en tiempo de lluvia o de gran humedad y por ello originaba llovizna, “la mayor parte del material activo caería destruyendo el entorno del área del blanco”.
El Informe del físico teórico J. Robert Oppenheimer (1904-1967), director del Laboratorio de Los Álamos, no esclarecía si la correlación de población que fallecería por la radiación sería enorme o pequeña. A entender por lo que indican los parcos apuntes, ningún integrante del Comité de objetivos subrayó el tema. Es posible que dieron por hecho que la onda expansiva se llevaría por delante a la mayoría de las víctimas, antes de que la radiación ocasionara sus efectos mortales.
En vista de lo anterior, el Comité de objetivos extrajo cuatro blancos manifiestos: Kioto, Hiroshima, Yokohama y el depósito de Kokura, con el suplemento de que Niigata, localidad más distante de la base del Grupo 509 de la Fuerza Aérea en Tinian, debía mantenerse en reserva. Kioto, la antigua capital, con un conjunto poblacional próximo al millón, ahora era el objetivo más seductor. “Desde el punto de vista psicológico, indican las Actas del Comité, existe la ventaja de que Kioto es un centro intelectual en Japón y de esta forma su población será más capaz de apreciar la importancia de semejante arma”. La teoría inclinaba la balanza que quienes sobrevivieran en primerísima persona y contemplaran la crueldad, se les creería sin ningún tipo de objeción.
De envergadura, según reiteró el grupo, estribaba que la bomba se emplearía como arma de tragedia para causar “el mayor efecto psicológico contra Japón” e imbuir al mundo de su potencia, y especialmente a la URSS, de que Estados Unidos llevaba la batuta en el orden mundial.
De este modo, la muerte y el cataclismo no sólo amedrentarían a los japoneses supervivientes lo suficiente para empujarlos a la sumisión y con ello a la rendición, sino que igualmente intimidaría al resto de países, mayormente a la Unión Soviética. En síntesis: Estados Unidos apresuraría el término de la guerra y conjuntamente, promovería el universo de la posguerra.
En el tercer cruce de declaraciones (28/V/1945) se marcaron como objetivos Kioto, Hiroshima y Niigata, al igual que se fijó bombardear el centro neurálgico de cada ciudad. A la par, ajustaron que asestar la diana en los espacios industriales iba a ser erróneo, porque esas áreas son pequeñas en cuanto a su extensión y esparcidas en los alrededores de las metrópolis. De la misma manera, entendían que los lanzamientos eran imprecisos para que la bomba fracasase en un tercio de kilómetro y querían tener garantías de su eficacia potencial.
El Comité preconcebía que las tres ciudades objetivos habrían de prescindirse del cuadro de blancos de la Fuerza Aérea, reservándolas para la bomba atómica. Pero según se puso al corriente a los miembros, “con los bombardeos actuales y su ritmo previsto, se esperaba completar el bombardeo estratégico de Japón para comienzos de 1946. De manera, que la disponibilidad de futuros blancos para la bomba atómica será un problema”. O lo que es lo mismo: Japón estaba siendo devastado bajo los efectos arrolladores de las bombas.
Por ende, para confiar la política correcta a la bomba por parte del físico Arthur H. Compton (1892-1962), se diseñaron asuntos morales y políticos acerca de cómo había que hacer valer el arma atómica.
En concreto, expuso al pie de la letra: “La bomba introduce la cuestión de la matanza en masa por primera vez en la historia. Podrá ocasionar el envenenamiento radiactivo del área bombardeada. Esencialmente, la cuestión del empleo de la nueva arma arrastra implicaciones mucho más serias que la introducción del gas venenoso”.
De hecho, hubieron quiénes aseveraron que la bomba atómica no debía emplearse primero con vista a los civiles, sino más bien contra infraestructuras militares. A lo mejor, una base naval y más tarde en grandes centros industriales después de que los civiles estuviesen alertados de que abandonaran el lugar. Marshall no las tenía todas consigo por “el oprobio que produciría un mal empleo de la fuerza”.
En el fondo rondaba el desasosiego de valores arraigados en una anterior concepción de ver la guerra, que intentaba preservar a los no combatientes, pronto flaqueó ante un sentimiento de necesidad, el talante de destinar la bomba sobre individuos y la falta de carácter, o la incompetencia de ninguna autoridad en Washington para mediar con arrojo por la defensa de los principios inmemoriales.
En consecuencia, quedando en pausa la primera parte de esta disertación, Hiroshima y Nagasaki quedaron reducidas a cenizas y decenas de miles de personas perecieron en cuestión de segundos. Sin obviar, aquellas otras que sucumbieron tras padecer los efectos radioactivos a largo plazo.
"El peligro que comprende la inercia de armas nucleares es una realidad apocalíptica. Su guarismo se encuentra por encima al de hace ochenta años. Y por si fuera poco, son muchísimo más poderosas"
En nuestros días, los sujetos que subsistieron a los ataques, conocidos como hibakusha, prosiguen padeciendo las secuelas físicas y emocionales que originaron esas armas. Y más aún, reciben tratamiento por trastornos procedentes de la radiación, lo que pone en evidencia las resultantes persistentes de la guerra nuclear. El peligro que comprende la inercia meditada o fortuita de armas nucleares es una realidad apocalíptica. En pleno siglo XXI, el guarismo de armas nucleares se encuentra por encima al de hace ochenta años. Y por si fuera poco, son muchísimo más poderosas.
Y entretanto, todo automatismo viable de armas nucleares encarnaría una frustración de dimensiones calamitosas. Hoy por hoy, no existe declaración humanitaria alguna que pueda hacer frente al abatimiento exponencial que induciría una detonación nuclear en un territorio habitado o en sus contornos. Es sumamente inalcanzable que las armas nucleares puedan explotarse siguiendo cualesquiera de los principios y las líneas maestras del Derecho Internacional Humanitario.
Pero de lo que no cabe duda y como premisa cardinal de este relato, en lugar de dirigirnos hacia el desarme nuclear, resaltamos con congoja que cada vez se otorga más trascendencia y digamos que peso, a las armas nucleares en alternativas y enseñanzas militares, en tanto que una modernización y ensanchamiento en sus diversas escalas de arsenales atómicos.






