Si van paseando por cualquier Red social serán dragones o estarán encerrados en una mazmorra. Como los nuevos padres, a los que los hijos llevan con una correa atados por el cuello. "Por favor, peque, no" es una frase acomodaticia y recurrente para que el vástago menor de cuatro años no haga ni caso y sepa que- de nuevo- va a salirse con la suya, siendo el amo del laberinto. Ahora es así, como en otras épocas era lo normal que los hijos fuéramos propiedad de los padres, usados y deslucidos como insignias familiares. No me quejo, ni antes era tan malo, ni ahora es tan bueno. Pero en redes, sí. En las redes, ustedes se camuflan y pueden ser lo que les dé la real gana, armados con piedras virtuales en forma de comentarios destructivos, que no sé cómo pueden obviarlos y seguir tan panchos los influencers a quienes van dirigidos.
Para mí es complicado de entender, aunque me digan que hay dinero de por medio. Hay cosas muy bestiales, rancias y casposas en grado máximo y no hablo ya de meterse con el físico, la estética, la ética o las ideas, sino de no dejar títere (nunca mejor empleado un subjuntivo) sin cabeza. Parece que la destrucción masiva ha encontrado una víctima propiciatoria y la impotencia, la frustración, la envidia y la estulticia se han ido de fiesta juntas como esas influencers de tres al cuarto , que repiten rituales que han hecho otras tantas- antes ellas- para intentar hacerse virales como si en ello les fuera la vida.
No se dan cuenta que los barrotes de la mazmorra les obligan a publicar cosas nuevas para que sus seguidores no les abandonen, redondeando el círculo de lo absurdo y mordiendo la cola a la pescadilla. En este panorama donde lo absurdo se alía a la perfección con lo estúpido, el último en unirse ha sido “el manitas” -serio y malhumorado- que me hace arreglos aleatorios en casa, al que descubrí en un meneo a los que tanta paz mental le debo, pasando a velocidad de impactrueno, influencers como si fueran estampitas. No me lo podía creer, pero allí estaba, con la cara de Redford de los 50, cuando protagonizó "tal como éramos", sonriente y echándole chispas los ojos mientras se reía de una trastada que le hacía su hija frente a la cámara. Nunca digas jamás, ni creas que lo has visto todo porque la vida gusta de sorprenderte y jorobarte a partes iguales.
No me siento dragón excepto en el aliento cuando me cabrean en un atasco, pero tampoco creo estar en una mazmorra a pesar de convivir con post adolescentes que es peor que el Apocalipsis zombie en todo su esplendor.
En esto de los hijos coincidiremos que nunca se acaba de aprender lo suficiente a no dormir, a no esperar, a no creer y a no levantar cabeza.
“El peque, por favor, no" nunca ha ido conmigo, más bien las maniobras orquestales del Sargento de hierro, pero qué me van a pedir si aprendí a respetar a mis mayores (en términos generales), tanto y de tal manera, que aún me asombra cuando los chicos de ahora llaman a sus profesores por su nombre y de “tú” como si fueran colegas.
No está mal relajarse en atajos virtuales, pero sí echar la mala baba a picotazos rabiosos contra esos que se exhiben a saber por qué, pero que recogen pedazos y los vuelven a juntar para regocijo de quien les critica, consiguiendo tener más seguidores y también más dinero en sus cuentas personales a costa de una simple mazmorra virtual en la que están encerrados sin saberlo, creerán que por su propia voluntad, pero más bien a modo casposo y ridículo de “El circo de los horrores”.






