La vuelta al colegio suele ser cada septiembre un ejercicio de adaptación para niños, adolescentes y familias. Recuperar horarios, madrugar, reencontrarse con compañeros, asumir obligaciones académicas y separarse durante unas horas de los padres requiere un periodo de ajuste.
Pero este año, en Ceuta, no volvemos exactamente de las vacaciones. Volvemos después de semanas marcadas por una situación extraordinaria que ha afectado a los servicios públicos, la convivencia y la vida cotidiana de muchas familias.
Y los niños no viven al margen de lo que sucede a su alrededor.
Aunque pensemos que no entienden determinadas situaciones, son excelentes observadores. Perciben las conversaciones de los adultos, las noticias, las imágenes que circulan por los teléfonos, los cambios en las rutinas y, sobre todo, aquello que deja de formar parte de su día a día.
Durante estas semanas, muchas familias han visto limitadas actividades tan habituales como ir a la playa, jugar en un parque, pasear o desplazarse con normalidad por la ciudad. Para un adulto puede ser un inconveniente temporal, pero para un niño la pérdida prolongada de sus espacios de juego, movimiento y relación tiene otra dimensión.
El juego, el ejercicio físico y el contacto con otros niños son fundamentales para el desarrollo emocional, cognitivo y social. Por ello, pueden aparecer irritabilidad, dificultades para dormir, mayor dependencia de los padres, miedo, problemas de concentración o cambios de conducta.
Esto no significa que todos los niños desarrollen un problema psicológico. Una reacción emocional ante una situación excepcional no equivale a un trastorno. Los niños tienen una gran capacidad de adaptación cuando cuentan con adultos que les proporcionan seguridad y estabilidad.
Cada edad necesita una respuesta diferente
En Infantil, los niños necesitan principalmente seguridad. No requieren explicaciones políticas o institucionales, sino mensajes sencillos: “Hay una situación especial en la ciudad y los adultos están trabajando para solucionarla. Tú estás cuidado”. Pueden aparecer más rabietas, llanto o dificultades para separarse de los padres. Recuperar las rutinas será fundamental.
En Primaria, es importante preguntar antes de explicar: “¿Qué has oído?”, “¿Qué piensas que está pasando?” o “¿Hay algo que te preocupe?”. Así podremos corregir posibles informaciones erróneas sin transmitirles más preocupación de la necesaria.
En Secundaria, la preocupación puede mezclarse con frustración por la pérdida de autonomía. Además, las redes sociales aumentan la exposición a imágenes y opiniones enfrentadas. Con los adolescentes debemos fomentar el pensamiento crítico, ayudarles a diferenciar hechos de opiniones y evitar que se conviertan en espectadores permanentes de una crisis.

Volver a las rutinas también es cuidar la salud mental
Recuperar horarios regulares de sueño, alimentación, estudio, juego y ocio proporciona previsibilidad y seguridad. El sueño es especialmente importante: dormir poco puede aumentar la irritabilidad, la impulsividad y las dificultades de concentración.
También debemos recuperar progresivamente el ejercicio físico y el juego al aire libre, siempre dentro de las circunstancias de seguridad existentes. Jugar también es una forma de salud mental.
Los padres pueden ayudar escuchando antes de tranquilizar, hablando con naturalidad sin trasladar sus propios miedos, limitando la sobreexposición a las noticias y observando cambios persistentes.
Debemos consultar cuando aparezcan dificultades intensas o mantenidas, como problemas de sueño, miedo excesivo, aislamiento, descenso significativo del rendimiento, somatizaciones, rechazo continuado al colegio o cambios llamativos en la conducta.
Los centros educativos también tendrán un papel esencial. El colegio debe ser, en la medida de lo posible, un espacio de estabilidad, aprendizaje y convivencia. Los docentes pueden facilitar la recuperación de rutinas y estar atentos a posibles cambios emocionales o conflictos entre alumnos.
Y, sobre todo, no debemos pedir a nuestros niños y adolescentes que sean adultos. No tienen que solucionar la situación de Ceuta ni cargar con las preocupaciones de los mayores.
Su responsabilidad debe seguir siendo crecer: aprender, jugar, hacer amigos, equivocarse y construir su futuro.
Ceuta está viviendo una situación excepcional. Precisamente por eso debemos proteger los espacios de normalidad de nuestros hijos.
Que vuelvan al colegio. Que vuelvan a jugar. Que vuelvan a relacionarse. Que vuelvan a sentirse niños.
Y los adultos hagamos nuestra parte para que puedan hacerlo.
Pedir ayuda profesional cuando sea necesario no significa que algo vaya mal ni que hayamos fracasado como padres. Psicólogos, neuropsicólogos, logopedas y otros profesionales especializados forman parte de la red de apoyo de niños y adolescentes.
Porque cuidar su salud mental también es cuidar el futuro de Ceuta.
Rocío Rengifo Chincoa
Neuropsicóloga infantojuvenil.






