Hoy siento que la energía fluye con facilidad. Encuentro a la primera lo que busco y experimento una gran paz interior. Todo me ha invitado a sentarme a escribir un rato. Llevo varios días madurando una serie de ideas en la cabeza y ya va siendo hora de plasmarlas por escrito. Una de estas ideas tiene mucho que ver con el carácter sagrado de la naturaleza. Leyendo algunas referencias sobre los morabitos he llegado a la conclusión de que la única manera efectiva de proteger la vida y la naturaleza es reclamando su condición sagrada.
Durante una parte importante de la historia de la humanidad, aquella que los clásicos llamaron la Edad Dorada, los seres humanos adoraban a los ríos, a algunas piedras, a las montañas, a los animales, a las aves, etc…Era un tipo de religiosidad que llamamos animista. Estos antepasados nuestros participaban de la naturaleza y no concebían la separación artificial que hoy día establecemos entre el hombre y el entorno natural. Esta inmersión en la naturaleza les permitía identificar y localizar aquellos puntos de especial energía cósmica. En estos lugares erigieron sus santuarios y primeros templos. Y en ellos se practicaban rituales y cultos a la Gran Diosa.
El principio femenino era el dominante en el mundo, pero, poco a poco, la razón se fue imponiendo entre los seres humanos. Esta razón ha enriquecido al intelecto del hombre y de la mujer, pero ha empobrecido su alma. Muchos ya no prestan atención a las estrellas y al cielo, a los árboles, a los pájaros, a los ríos y mares. Todo lo subjetivo ha sido despreciado como un lastre inservible y pesado para el llamado progreso. La economía, y no la religión, es lo que hoy día marca la vida humana.
Una de las más valiosas aportaciones que se desprende del estudio de los morabitos es que el medio más eficaz para la conservación de la naturaleza es mantener su carácter sagrado. Los creyentes no se atreven a maltratar la naturaleza que rodea a estos lugares mágicos y sagrados. Acuden a estos sitios cargados de energía para curar sus enfermedades físicas y psíquicas, así como para alimentar sus almas. Estas creencias se han mantenido durante siglos gracias a la transmisión oral y la tradición familiar, sobre todo en los ambientes rurales en los que el hombre sigue en contacto directo con la naturaleza y su poder.
Un aspecto interesante de los morabitos es que en estos lugares se rinde culto a personas santas y sabias que alcanzaron altas cotas de desarrollo espiritual, tanto es así que su energía sigue presente en estos sitios y no es fácil distinguir la energía de la naturaleza de la de estos santones. Puede que se trate, más bien, de una simbiosis en la que ambos tipos de energía se funden en una sola y hace de estos lugares espacios de poder espiritual. De hecho, podemos extraer una lección importante: la primacía de la persona a la hora de reconocer y valorar los lugares sagrados. Somos nosotros quienes hacemos a los lugares sagrados. Algunas personas tienen el don de identificar estos lugares de poder y en ellos ejercitan la meditación, el pensamiento y la imaginación, ayudados por la energía de estos lugares y gracias a su propio esfuerzo. La naturaleza se sirve de este tipo de personas, para hacer llegar a los seres humanos sus mensajes. Como dijo Thoreau, “el escritor es el escriba de la naturaleza, es el grano y la hierba y atmósfera que escriben”.
Como un leal y fiel escriba debemos estar atentos a lo que la naturaleza quiere decirnos. Cuando las Musas inspiran el pensamiento debemos expresar nuestra escritura. Inspiramos la atmósfera que nos rodea y expiramos las palabras que escribimos en nuestro diario. Éste es el sentido que encierra la filosofía oriental de respirar de manera consciente en el aquí y en el ahora, porque es aquí y ahora dónde y cuándo establecemos la comunicación con la divinidad. Los canales no siempre están abiertos, por este motivo cuando sentimos que se abren no podemos desaprovechar la oportunidad que se nos presenta de establecer nuestra particular relación con la Gran Diosa.
Estamos recibiendo señales de las fuerzas profundas de manera constante.
Unas veces es el canto de un pájaro, otras el vuelo de una mariposa, y otras unas frases que leemos en un libro o en un objeto que vemos a nuestro alrededor. Uno de estos mensajes me acaba de recordar la importancia de mantener una vida equilibrada entre nuestro mundo de afuera y nuestro mundo de adentro, entre el pensamiento y la acción, entre nuestro cuerpo y nuestra alma.
Una parte importante de nuestra misión vital es revitalizar el carácter sagrado de lugares como Ceuta y su condición de puerta a la eternidad.
“Aquel se liga a una alegría
hace esfumar el fluir de la vida;
aquel quien besa la joya cuando esta
cruza su camino vive en el amanecer
de la eternidad”, William Blake.
En este mundo acelerado y caótico en el que nos ha tocado vivir es más importante que nunca alzar el “vuelo mágico” para observar la tierra desde el espacio y contemplarla como un oasis de vida en el frío y oscuro universo. Desde la distancia cósmica no tiene ningún sentido las guerras y la destrucción de un planeta pleno de vida y belleza.






