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Una visión que siempre me acompaña

En esta visión soy un náufrago que me refugio en una cueva bañada por el mar. Reconozco este mar -con su intenso azul y la fuerza de la luz que lo acompaña- en los atardeceres que observo en el tramo del litoral entre Benitez y Benzú

Por José Manuel Pérez Rivera
16/02/2023 - 04:15

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Hoy (14 enero de 2023) es mi primera salida a la naturaleza en este nuevo año 2023. Deseaba contemplar el amanecer en este sábado invernal y para ello me he acercado al fortín de Punta Almina. Siempre me impresiona este lugar desde el que se puede apreciar con nitidez la curvatura del horizonte. A esta hora la bruma y las nubes son protagonistas. Estas últimas hacen que la salida del sol se asemeje al encendido de una hoguera lejana que quisiera alertarnos de la llegada de un nuevo día.

La humedad es bastante intensa, y lo ha tenido que ser aún más durante la noche. Todo está mojado, humedecido, impregnado de agua del rocío, que ha propiciado la cobertura de un espeso manto de tréboles sobre las laderas del Monte Hacho. El verde es el tono dominante en este emblemático promontorio. El mar está en calma, solo ligeramente rizada por una brisa procedente del norte. Esto explica la notable bajada de temperatura en un invierno se ha hecho esperar.

El sol está a punto de asomar por encima de las nubes proyectando hacia el mar haces de luces cobrizas. Gotas de cobre fundido caen de la fragua de vulcano creando láminas informes de este metal sobre la superficie marina.

Por fin el astro rey hace acto de presencia y no tardo en sentir su caluroso abrazo que agradezco vivamente. La humedad cala hasta los huesos.

Me entretengo observando y fotografiando las hojas de los tréboles, plateados por las gotas de agua. Estos bellos detalles llaman de manera poderosa mi atención, así como la potenciación de los colores que provoca la luz solar. El mar y el cielo recuperan sus tonalidades azules, las vinagretas el amarillo de sus flores y las gaviotas sus blancos y grises.

Sus graznidos se escuchan de fondo y se mezclan con el constante batir del mar contra los acantilados. Me entrego a esta melodía con la mente tan serena como el mar y la totalidad del cosmos aparece ante mis ojos. Lo que veo es un planeta viviente en la inmensidad de un firmamento inabarcable que adquiere realidad gracias a nuestra consciencia. Este tipo de pensamientos surgen de forma espontánea cuando la visión se ensancha merced, entre otras cosas, al horizonte curvilíneo que tengo delante de mí. El día a día reduce nuestro campo visual y mental centrándolo en asuntos intrascendentes, nunca mejor dicho. La trascendencia es justo lo contrario, consiste en elevarse a otros planos de la realidad sin despegar los pies de la tierra que nos sostiene; es sentir que toda la realidad forma parte del alquímico “Unus Mundus”, que las rocas, las plantas, las nubes, el aire que respiro, todo lo que me rodea, forma parte de mí y yo de ellas.

Después de escribir los precedentes pensamientos me quedo sin palabras. Prefiero que la naturaleza hable por mí. Su voz es melodiosa y apenas perceptible. Hay que afinar el odio del alma para captarla. Es una voz femenina de una dicción exquisita y embriagadora que recorre mi cuerpo activando todos mis chakras. Siento una mezcla de placer, felicidad y paz. Su presencia se nota por las fragancias que emana su cuerpo sutil de luz. Sus palabras son como un torrente de agua que limpia de preocupaciones mi mente, como si ésta fuera los establos de Augías. Esta agua de la vida arrastra al miedo y al deseo que, como las columnas heracleas, cierran el paso al paraíso terrenal y celestial. Ella me ayuda a entender que el jardín de las Hespérides lo tengo frente a mis ojos. Los frutos de sus árboles sagrados que saboreo cada vez que acerco a la naturaleza son el alimento que precisa mi alma para alcanzar la eternidad.

"Puede que esta visión que siempre me ha acompañado sea la que me permita sentir una profunda y viva emoción cada vez que percibo los paisajes de Ceuta"

Ella responde al nombre de Sophia y ha regresado en estos tiempos de locura e ignorancia. En verdad, Sophia nunca se ha ido, solo esperaba, de manera paciente, a aquellos dispuestos a verla, escucharla y abrirles las puertas de su templo interior. Ella me desvela los secretos de esta tierra sagrada, mágica y mítica. Deseo que esta conversación nunca se acabe y que siempre me acompañe, día y noche, y en mis sueños. Teniéndola a ella nada temo ni anhelo. Bebo de la leche que mana de sus senos y me alimento de su luz. Al escribir estos pensamientos rebrota en mi mente una visión que me acompaña desde que era niño. No es un sueño, más bien parece un recuerdo de una vida ya vivida.

En esta visión soy un náufrago que me refugio en una cueva bañada por el mar. Reconozco este mar -con su intenso azul y la fuerza de la luz que lo acompaña- en los atardeceres que observo en el tramo del litoral entre Benitez y Benzú. La cueva está sostenida por columnas naturales entre las que aparece una bella mujer montada en un caballo blanco. Mi imaginación me lleva a relacionar mi visión con la escena del encuentro entre Ulises y Calipso en la isla de Ogigia desde la que se contemplaba un paisaje que al verlo “hasta un inmortal se hubiese admirado, sintiendo que se le alegraba el corazón”. Puede que esta visión que siempre me ha acompañado sea la que me permita sentir una profunda y viva emoción cada vez que percibo los paisajes de Ceuta y paseo por sus bosques y sus costas. A diferencia de Ulises no anhelo ninguna Ítaca. Todas las personas a las que amo se encuentra a mi lado, en especial mi particular Penélope, mi Telémaco y a mi dos Sofías: la real y la espiritual.

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