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“Ventana y Montaña”: Una invitación a pensar sobre nuestra definición de conocimiento

En su diálogo Teeteto, decía Platón que, para que un juicio sobre el mundo sea auténtico conocimiento, ese juicio ha de ser una creencia verdadera justificada. Creencia, porque cuando uno dice saber algo, necesita un cierto compromiso con lo que asegura conocer; es decir, no puedo pretender saber algo y, no obstante, no creerlo (decir “sé que el fuego quema, pero no lo creo” no parece tener mucho sentido). Verdadera, porque si uno cree algo que es falso, tampoco se puede decir que uno sepa nada realmente (decir “sé que la tierra es plana” o “sé que el sol se pone por el este” tampoco parece tener mucho sentido).

Finalmente, justificada, porque si no dispongo de ninguna razón, prueba o argumento para creer lo que creo y para estar seguro de la verdad de esa creencia (o peor, si las razones que esbozo para defender mi creencia son espurias o ilegítimas), entonces tampoco puedo decir a ciencia cierta que sepa algo, ya que, al ser la suerte, y no la investigación o la constatación, el germen de mi creencia o de la verdad de la misma, mi juicio sobre el mundo es una mera coincidencia (verdadera, eso sí, pero solo arbitrariamente) que no responde a ninguna decisión realmente racional; de nuevo, decir “sé que el agua moja porque me lo han contado los ángeles” o “sé que Júpiter es un planeta porque sí” o “sé que Picasso pintó el ‘Guernica’ porque hoy es jueves” no parece tener mucho sentido.

Esto, que no es sino la definición clásica de conocimiento, se mantuvo en vigor durante siglos. Pero, en 1963, Edmund Gettier, un filósofo estadounidense, señaló, con mucho tino, que la definición platónica de conocimiento estaba coja. Posteriormente, Alvin Goldman recogió las intuiciones de Gettier y las plasmó en el siguiente ejemplo: si alguien pasea por un prado abierto y contempla, a lo lejos, la fachada de un granero, pero esta fachada resulta ser de “atrezzo”, como las que se usan en los sets de grabación de películas y series (sin saber esa persona, no obstante, que se trata de una fachada falsa), bien podría esa persona albergar la creencia de que en ese prado hay un granero, a la luz de las pruebas que le muestran sus ojos.

Pues bien, si, por una casualidad, en ese prado realmente existiera un granero (aunque éste no estuviera a la vista de esa persona, dada la orografía del propio prado) el juicio “en este prado hay un granero” sería una creencia (pues la persona está comprometida con dicho juicio), sería verdadera (ya que realmente hay un granero) y estaría justificada (ya que esa persona tiene razones, a saber, la información que le muestran sus ojos, para sostenerla); y, sin embargo, no nos parece que esa persona realmente sepa con legitimidad que en ese prado existe un granero. Se hace necesario, pues, que la justificación de la creencia sea verdaderamente relevante para sostener la misma y/o que esa justificación esté realmente conectada con la creencia que justifica.

Sin entrar en mayor discusión sobre la definición de conocimiento, advertimos que “Ventana y montaña”, una especie de tríptico en miniatura, pintado al óleo sobre pizarra por el artista multifacético Miguel Ángel Moreno Carretero, recoge (de forma consciente o no -para el caso, poco importa-) el ejemplo de Gettier-Goldman y, con él, la reflexión sobre si lo que contemplamos (en el propio tríptico, en el arte en general o en el mundo), nos capacita para decir que sabemos o conocemos algo con verdadera legitimidad. ¿Es nuestra mera impresión visual prueba suficiente para sostener la verdad de lo que creemos haber visto? ¿Es todo el

arte plástico, en tanto eminentemente visual, un trampantojo sobre lo real que, no obstante, nos advierte sobre la falibilidad de nuestra percepción sensible? ¿Son los cuadros, las estatuas, los dispositivos, los paneles, los jarrones, los grabados, los templos, los azulejos, etc. verdaderas “ventanas” que nos ofrecen un acceso privilegiado a la realidad o meras “montañas” que ocultan y alejan de nosotros el conocimiento y la verdad? ¿Es “Ventana y montaña” un simulacro sobre los límites del conocimiento humano que falsea doblemente lo real, como diría Platón, o precisamente por ello, una superación de los mismos, al presentárnoslos en su juego de mostración estética y hacernos conscientes de su falta de legitimidad? ¿Es “Ventana y montaña” una invitación a pensar, con Platón y con Gettier, sobre nuestra definición de conocimiento? ¿Y acaso nos importa lo más mínimo?

Víctor Teba de la Fuente es profesor de Filosofía del IES Virgen de la Caridad, de Loja

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