Aún recuerdo las palabras del médico de sanidad exterior de la ciudad cuando me entrevistó para recomendaciones médicas a tener en cuenta en mi viaje alrededor del globo:
- ¿Vas a India? Enfermarás, seguro.
-Dos meses después de esa entrevista probé en mis carnes la crudeza de esa aseveración.
Si alguna vez viajáis a Varanasi en tren desde cualquier ciudad del oeste aseguraos de tener plaza en primera o en segunda, si lo hacéis en tercera procurad llevar ropa de abrigo porque ese vagón no se abre hasta la llegada a destino y la hipotermia os rondará toda la noche y no os permitirá dormir.
Varanasi o Benarés, como la suelen llamar, es la ciudad del sagrado rio Ganges, todas sus calles confluyen en él y en sus ghats, lugares de cremación de cuerpos y vertido posterior en sus aguas de color indefinido. Lugar de peregrinación de cientos de miles de personas que viajan con la esperanza de que, al bañarse en aguas del Ganges, puedan acabar con el mal karma de vidas pasadas.
Me alojé en un hostel con gran sala común y doseles con largas y sinuosas telas que parecía sacado de las mil y una noches e invitaba a la meditación y a la práctica de yoga. Salí para dirigirme a Manikarnika, el ghat más conocido de la ciudad, la mañana llenaba de vida las calles, las prisas como común denominador, mi despiste y mi costumbre de buscar en los tejados lo que no hallo frente a mí hicieron el resto.
Atropellado por un tuk tuk. Revolcón por la carretera, magulladuras, algo de sangre, moratones y una bronca en hindi por parte del conductor que seguidamente huyó con su característico toque de claxon. Nada serio pero dio al traste con mis planes de pasar el día en el Ganges. Pasé el día curándome y paseando por las estrechísimas calles de los alrededores para tantear mis magulladas piernas. Todo, absolutamente todo pasa por alguna razón.
Al día siguiente me levanto en noche cerrada con el firme propósito de ver amanecer en aguas del Ganges. Al salir veo una oscura silueta en recepción preguntando si alguien le puede atender, hice de recepcionista improvisado y le invité a dejar su mochila en una esquina y a acostarse entre los almohadones que visten la gran sala, por la voz sé que es una chica, rehúsa la invitación y decide acompañarme a Manikarnika. Puedes radiografiar Varanasi perfectamente si sales de noche, cuando tus ojos se hacen a la oscuridad puedes descubrir sus formas sin peligro a que te atropellen y con la inestimable compañía del silencio. Después de casi una hora andando llegamos a las caóticas calles que jalonan el camino que lleva a los ghats. Puestos donde venden madera para las piras dan la entrada a Manikarnika. Brahmanes cerca de las piras, vendedores ambulantes, barqueros en las escalinatas que orillan en el rio sagrado. Irónicamente la vida comienza donde la muerte hace acto de presencia cada día. Deepa, así se llama la chica que me acompañó a oscuras por las calles de Varanasi, negocia el precio con un barquero para que nos cruce el rio Ganges hasta la otra orilla. Ver amanecer desde el Ganges es una de las experiencias más cautivadoras que he vivido, nada importa y todo adquiere sentido, la mejor forma de explicarlo es vivirlo, así que os sugiero encarecidamente que no dejéis esta vida sin hacer vuestro este recuerdo.
Después de hacer una ofrenda al Ganges nos dirigimos de vuelta a los ghats siendo testigos del vertido en el rio sagrado de cenizas de un fallecido.
Desayunamos en un puesto callejero y fuimos a Shri Kashi Vishwanath, un templo hindú de rica y rosada arquitectura rodeado de arboles que daban un respiro al calor matutino. El desayuno hizo su efecto y la profecía del buen doctor dio comienzo. Dos días en cama con fiebre, diarreas, vómitos y mareos. Deepa cuidó de mi hasta que mejoré, apenas tengo recuerdos de esos dos días, entre los delirios y sudores la recuerdo a ella hidratándome, poco más. Todo pasa por algo.
Al anochecer del segundo día de convalecencia me desperté con hambre. Decidí que al día siguiente me iría, quedé con Deepa en el ghat Assi donde se estaba celebrando la multitudinaria ceremonia del fuego. Sus místicos mantras y el movimiento rítmico de las antorchas me sumergieron en una especie de trance que solo el exceso de calor me hizo volver. Aquella noche nos despedimos, esos días forjaron entre nosotros una amistad que hoy en día aun perdura.
Varanasi es la frontera entre lo físico y lo etéreo, entre lo tangente y lo irreal, entre la vida y la muerte. Equidistante en cada olor, en las miradas, en cada recodo. Como a Caronte has de pagarle un precio por llegar a la otra orilla…de quien eres.
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