La tradición milenaria de los salazones y secaderos de pescado llegó a las costas de Ceuta hace 3.000 años y, desde entonces, esta elaboración artesanal ha ido pasando de padres a hijos, de generación en generación hasta nuestros días.
Se trata de un oficio que durante años ha sido el principal sustento económico de muchas familias que se dedican a ello. La elaboración de salazones es una actividad habitual en nuestra ciudad, "de toda la vida y seguirá por muchos años más". Sin embargo, esta temporada ha sido "muy floja", en palabras de los propios artesanos.
Las famosas 'volaeras' situadas en la explanada de la playa del Chorrillo regresan, como cada año, y permanecen seis meses al pie del cañón, día a día, de mañana a noche. Como cuenta a El Faro uno de los trabajadores del oficio, Rafael, "este es un trabajo muy duro. Trabajamos sin parar durante meses y meses para poder ganar lo suficiente para el resto del año. Pero este año la cosa ha estado regular y se ha vendido muy poco". Para Rafael, que lleva cinco años dedicándose a este oficio tras retirarse de su anterior empleo, la falta de volaores se ha hecho notar en las ventas y las ganancias económicas.
"Este año la temporada está prácticamente perdida por el tiempo que ha hecho, que es algo que nunca se ha visto en Ceuta". Y no es el único que se ha visto afectado, ya que tanto su volaera como las demás han notado la falta de lo que era su producto estrella. Pero no se rinden, sino que luchan y se esfuerzan más que nunca. "Esto no la gallina de huevos de oro, da lo que se puede y no podemos hacer más", explica Rafael, que apuesta por el bonito, lomo, anchoas y merva como su principal oferta, destacando el primero. Su preparación artesanal del bonito en tarros con aceite de oliva ha sido todo un éxito y gusta a todo aquel que lo prueba. "En los meses de verano he vendido alrededor de cien, así que la acogida ha sido muy buena", comentó Rafael.
Hay otros que, como Rafael, también presentan novedades al público que atrae e incrementa las ventas. De esta manera Óscar González, propietario de La Pesquera, ha llevado una tradición familiar a su puesto de venta con tarros de bonito y queso manchego. Esto se ha convertido en su producto estrella, por un precio de seis euros y, según cuenta, "no dura nada, se venden mucho".
Podría decirse que el sector de los salazones se ha visto obligado a renovarse o morir y, los apasionados del oficio, aquellos que viven por y para el mar, han optado por lo primero. Esta temporada acabará siendo floja, a mediados de septiembre, pero la lucha y el trabajo duro que han realizado queda constante en ellos.
Como productos típicos de la ciudad, los volaores, las agujetas imperiales y las huevas de atún, entre otros, viajan hasta la península por caballas que extienden su patrimonio más allá del estrecho. Es el caso de Maruchi y Manolo, que como contaron a El Faro viajarán a Málaga en los próximos días y ya tienen sus compras realizadas. "Siempre nos llevamos nuestros productos, productos caballa, para nuestros familiares de Málaga y Madrid. Esto no se ve por ahí, es origen de Ceuta y esperamos que dure muchísimos años más".
La temporada de venta está próxima a acabarse y, aunque las ganancias no han sido las deseadas y esperadas, la mayoría de los establecimientos están satisfechos con los ceutíes. Sin embargo, desean que el año que viene el levante característico de la ciudad permita que los volaores vuelvan a reflotar este oficio como lo que era antes.
Además, algo que queda patente cada año, por muy duro que sea el oficio, cuando se hace lo que uno disfruta y siente como suyo, todo esfuerzo obtiene su recompensa. Por el momento, aprovechar las últimas compras y esperar al verano que viene.
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