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Una deslealtad Más

Por Redacción
07/11/2014 - 09:31

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Hace 36 años ya. Fue un 6 de diciembre de 1978. Los españoles aprobábamos una nueva Constitución. y lo hacíamos por una amplísima mayoría en todas y cada una de las distintas regiones españolas. También fue así en Cataluña.

Previamente , en un ejercicio de generosidad y afirmación de la legitimidad histórica y de la continuidad democrática, se había restaurado la Generalitat y con ella la autonomía catalana. Y después, esas instituciones se enmarcaron en la nueva Constitución, la de la reconciliación, la que venia a ser “la de todos” (por una vez nos dábamos los españoles una Constitución para todos y no solamente para los partidarios de los que la redactaban). Y con esa nueva Carta Magna aspirábamos a resolver problemas históricos, pesadas cargas de la historia, asignaturas pendientes que durante siglos nos enfrentaron: las libertades publicas y los derechos civiles, el opresivo peso de la Iglesia, el militarismo golpista….y las identidades territoriales!!. Fue un gran pacto, memorable donde los haya, en el que, como en todo pacto, a los firmantes se les suponía intención de cumplirlo y lealtad a lo pactado. Lealtad. Una virtud que no por ser supuesta es menos importante.
Hace 36 años ya. Y ahora nos damos cuenta: Hace 36 años para algunos comenzó el camino que ellos cuidadosamente habían planificado. Los nacionalistas catalanes dejaron la lealtad constitucional para los discursos retóricos y se dedicaron en cuerpo y alma a su verdadero objetivo: el desmembramiento de España. Esos nacionalistas que votaron en masa la Constitución y con ella su principio más esencial, ese que establece que España es la patria única e indivisible de todos los españoles, comenzaron inmediatamente a trabajar para su ruptura. Se hicieron con el poder en la Generalidad y bajo el manto conciliador del supuesto “seny”, de la contribución a la gobernabilidad del Estado y de resultar necesarios en muchos casos para  conseguir mayorías parlamentarias, se emplearon a fondo en aquello que mejor saben hacer , en ser desleales. Comenzó un proceso de eliminación paulatina, programada y premeditada de todo lo que hacia reconocible a España en Cataluña: comenzó el adoctrinamiento en los colegios sublimando el aprendizaje de los elementos comunes en beneficio de la exaltación de los elementos diferenciadores, se eliminó en la practica la lengua castellana de las aulas en pro de “salvar” a una lengua catalana supuestamente amenazada, se tergiversó la historia (la propia y la ajena) manipulándola hasta hacerla irreconocible, inventándola de nuevo para construir sobre ese burdo invento sus ínfulas de nación milenaria, se elevaron a la categoría de sagrados sus símbolos nacionales: cánticos del himno por doquier, banderas que colman los paisajes urbanos, homenajes con antorchas a supuestos mártires de la patria irredenta….(pánico producen sus aquelarres patrióticos), se construyó una red clientela de medios de comunicación públicos que acompañaran la acción del poder difundiendo el mensaje separador (5 cadenas de tv, 3 emisoras de radio) y al resto de medios de comunicación, los privados, se los amansó convenientemente regando de subvenciones sus cuentas de resultados, se crearon instituciones cívico-sociales paralelas a las que se regó con millones de euros para que ampararan una supuesta voluntad popular ( esa “mayoría social” en la calle) y que supusieran una autentica quinta columna en manos del poder independentista, se instauró la doctrina del pensamiento único según la cual solo tienen voz los que apoyan el camino hacia la independencia y todo aquel que alce la voz contra ellos y su sueño mentiroso es calificado inmediatamente por esos medios de comunicación afines y por las asociaciones amaestradas como un franquista, un facha o un vestigio del pasado. Y dejaron transcurrir el tiempo y los años a la espera de que todos los elementos estuvieran maduros. Como las serpientes supieron esperar su momento, áquel en el que la víctima estuviera débil, enferma, con las defensas bajadas. Y ese momento llegó con la crisis. El peor momento de la historia económica de los últimos 50 años se aprovechó para propagar el mensaje de que el culpable de todo era España. España robaba a los catalanes. España se quedaba con sus impuestos. Los vagos andaluces y extremeños vivían mejor que los esforzados catalanes que estaban obligados a sufragar sus subsidios. Era el momento de la deslealtad máxima. el momento del órdago, del asalto del objetivo final, la ruptura.
Y todo esto sucedió con el consentimiento de todos. Reconozcamoslo. Unos y otros creímos una otra vez en la bondad de los nacionalistas, en su adhesión a los principios constitucionales, en que el problema estaba encarrilado…. Nos engañábamos. La deslealtad estaba prevista en su hoja de ruta hacia la independencia.
Y, reconociendo todo lo anterior, no es el  momento de los lamentos. Todos cometimos errores: pactando con ellos, transfiriendo cada vez más competencias, aceptando que la educación o la sanidad estuviera en sus manos, incrementando sus recursos económicos vía trasferencia de impuestos estatales, aceptando “todo lo que viniera del Parlamento de Cataluña(“ (como dijo el inefable ZP en uno de sus peores días como Presidente del Gobierno)….. No es el momento de mirar atrás con ira, sino de articular propuestas de solución, alternativas de convivencia. Tampoco es el momento de negar las evidencias: el independentismo tiene un amplio apoyo popular y el gobierno de la Generalitat es un gobierno legitimo amparado por las urnas.
Es el momento de la firmeza, es el momento de la ley, es el momento del estado de Derecho, es el momento de que la Constitución despliegue toda su fuerza. Y todo ello es lo que se está haciendo desde el Gobierno de la Nación. Los que acusaban a Rajoy de contemporizador o de no afrontar el problema con decisión vienen  ahora a reconocerle que el único camino para impedir una ilegalidad pasaba por instar el cumplimiento de las propias leyes. Y de exigir las responsabilidades y también el castigo de los que las incumplan. Después, cuando se asegure el respeto a la ley vendrán otros tiempos, los de dialogar sobre la relación entre Cataluña y el resto de España, los de hablar sobre competencias o recursos, sobre reformas constitucionales o de nuevos marcos legales. De nada de eso se puede tratar si no se reconoce el acatamiento a la Ley, si no se hace decaer definitivamente la idea de que sea posible romper algo que no es del presidente Más sino de todos los españoles: la unidad de España.

*Francisco Márquez -  Diputado en el Congreso por Ceuta

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