Resulta difícil ocultar el enfado y, sobre todo, la profunda decepción que producen determinados artículos publicados en los últimos días acerca de las quejas de algunos sobre las gratificaciones económicas percibidas por los militares destinados en Ceuta con motivo de la situación que vive la ciudad desde el pasado 30 de julio.
Quienes hemos vestido el uniforme sabemos que la profesión militar tiene unas características que la distinguen de muchas otras. Ser militar no consiste únicamente en cumplir un horario, desempeñar una tarea y esperar una nómina a final de mes. Significa asumir voluntariamente unas obligaciones extraordinarias. Significa disciplina, disponibilidad, sacrificio, compañerismo y servicio. Significa estar preparado para acudir allí donde España lo necesite y, llegado el caso extremo, asumir incluso el riesgo de entregar la propia vida en cumplimiento del deber.
No son palabras grandilocuentes. Es el compromiso que libremente asumimos cuando decidimos vestir el uniforme.
Por eso produce especial indignación comprobar cómo las quejas de tres o cuatro individuos pueden acabar proyectándose públicamente como si representasen el sentir de los militares destinados en Ceuta. No lo hacen. Se representan a sí mismos.
Y quienes desde dentro contemplamos esta situación, sentimos vergüenza al ver que unas reclamaciones particulares pueden dañar la imagen de miles de compañeros que están cumpliendo con su obligación sin convertir cada hora de servicio, cada esfuerzo o cada incomodidad en una reivindicación económica.
Naturalmente, todo militar tiene derechos y puede plantear por los cauces establecidos aquello que considere justo respecto de sus retribuciones o condiciones profesionales. Pero una cosa es ejercer legítimamente esos derechos y otra muy distinta permitir que unas quejas individuales sean presentadas ante la sociedad como expresión del sentir general de las unidades destinadas en Ceuta.
No lo son.
La realidad que vivimos muchos militares es muy diferente. Los militares de Ceuta estamos motivados y orgullosos del trabajo que estamos desarrollando. Lo hacemos porque es nuestra obligación, pero también porque Ceuta no es para nosotros un lugar extraño al que hemos sido enviados. Es nuestra ciudad. Formamos parte de ella, convivimos con sus ciudadanos, nuestras familias viven aquí y compartimos sus preocupaciones y sus dificultades.
Servir a Ceuta es servir a nuestros propios vecinos.
Nuestro mayor reconocimiento no aparece reflejado en una nómina. Está en regresar después de una jornada difícil con la conciencia tranquila y con la certeza de haber cumplido nuestro deber. Está en saber que nuestro esfuerzo ha contribuido, por pequeño que sea, a proteger la seguridad, la tranquilidad y el bienestar de la población ceutí.
Muchos querríamos hacer todavía más.
Querríamos asumir todas aquellas tareas que, dentro de la legalidad y de nuestras competencias, pudieran contribuir a que la situación recuperase la normalidad cuanto antes. Si no hacemos más no es necesariamente por falta de voluntad, iniciativa o disposición de los militares sobre el terreno, sino porque las Fuerzas Armadas actúan sometidas a la ley, a una cadena de mando y a las decisiones de las autoridades competentes.
También preocupa el deterioro de la imagen pública de las Fuerzas Armadas que algunos discursos están intentando provocar alrededor de esta crisis. Determinados colectivos y organizaciones han llegado a Ceuta no para ayudar y contribuir a recuperar la añorada normalidad cuanto antes, sino para todo lo contrario, para enquistar la situación, crear caos, enfrentamientos y hacer irrespirable el ambiente en la ciudad.
Detrás de cada uniforme hay una persona, hay familias, hay hombres y mujeres que se levantan cada mañana para cumplir las órdenes recibidas y prestar servicio a España. Y precisamente por eso resulta todavía más frustrante que el daño a nuestra imagen pueda proceder también de quienes llevan nuestro mismo uniforme.
A quienes únicamente parecen capaces de hablar de cuánto cobran, cuánto trabajan o cuánto consideran que deberían recibir por cumplir su cometido habría que recordarles qué profesión escogieron. Nadie está obligado a permanecer en las Fuerzas Armadas si ha dejado de compartir las exigencias inherentes a la vida militar. Existen cauces para reclamar aquello que legítimamente corresponda y también existen mecanismos para abandonar una profesión cuando uno considera que sus obligaciones ya no compensan sus sacrificios.
Que nadie confunda las quejas de unos pocos con la voz de los militares de Ceuta.
Somos muchos los que no necesitamos una gratificación extraordinaria para comprender por qué estamos aquí. Antes que cualquier gratificación está el deber. Antes que la comodidad personal está el compañero. Y antes que nuestros intereses particulares están Ceuta y España.
La inmensa mayoría de los militares que hoy sirven en esta ciudad continuará haciendo su trabajo con profesionalidad, disciplina y orgullo. No buscamos protagonismo ni pretendemos convertirnos en noticia. Queremos cumplir nuestra misión y contribuir a que nuestros vecinos puedan recuperar cuanto antes la normalidad. Eso es lo que significa servir.
Y quienes estamos dispuestos a asumir hasta las últimas consecuencias del compromiso que adquirimos al vestir el uniforme, no podemos permitir que unas pocas voces hagan creer a la sociedad española que nuestros soldados preguntan primero cuánto van a cobrar antes de decidir cuánto están dispuestos a dar.







Cierto, pero una cosa es dar la mano y otra que te tomen el pie o el pelo. Buenas parte de los políticos que deciden dar una gratificación lo hacen movidos por intereses sibilinos. Las funciones que llevan a cabo los militares en Ceuta son por falta de personal de las FFCC, les sale más barato dar una gratificación a un soldado de la plaza que traer a un guardia o un policía de la península y eso que cobran las mismas dietas que hace más de 20 años, esa "gratificación" es para que no les falte personal, no porque reconozcan o agradezcan ningun compromiso, trabajo, mérito o esfuerzo.
Cómo decía Friedrich Nietzsce en el Capitulo de la Guerra y el Pueblo Guerrero; " Veo Muchos Soldados Pero Pocos Guerreros".
Totalmente de acuerdo