La marcha que protagonizaron el pasado jueves más de 2.000 vecinos de Ceuta, encabezados por la familia del joven Munir, asesinado a tiros hace dos semanas, debería de ser un punto de inflexión en la política de seguridad ciudadana que se sigue en la ciudad. Yo les acompañé en los últimos tramos y estuve con ellos en la Plaza de los Reyes, hasta su finalización.
No me fue posible, por razones profesionales, hacerlo desde la casa del joven, como hubiera sido mi deseo. Vaya por delante mi solidaridad con esta familia, y con los vecinos de esa barriada, que sufren a diario las consecuencias de las acciones armadas de una delincuencia envalentonada, y de las políticas equivocadas, diseñadas por personas insensatas e insensibles al sufrimiento de los más débiles.
Vivimos en una sociedad enferma, que no ve más allá del interés particular de cada uno. Esto es algo constatado y denunciado. Es en lo que nos ha convertido este sistema atroz. Los defensores a ultranza de esta forma de vida, asumen como un “mal menor”, los efectos colaterales que se producen en términos de desigualdad. Primero entre zonas del mundo. Después entre países, regiones y ciudades. Y dentro de estas, entre sus zonas y/o personas. Por esto, no es extraño que en el país más desarrollado del mundo, los Estados Unidos de América, sea donde más desigualdad e infelicidad hay. Y que dentro del mismo, en alguna de sus ciudades más prósperas, como New York, haya barriadas, o zonas de estas barriadas, en las que el índice de mortalidad es superior al de algunos países pobres del continente africano.
Ceuta es una pequeña ciudad española en el norte de África. Hasta hace muy poco hemos sido objetivo número uno de la UE. Hemos recibido dinero procedente de los fondos de solidaridad a raudales. El 90% de nuestra producción económica corresponde al sector servicios. Y dentro de este, más de la mitad lo compone el sector público. Esto implica que gran parte de su población disfruta de una estabilidad laboral envidiable. De hecho, en términos comparativos, Ceuta ha sido una de las ciudades que mejor ha sorteado la crisis financiera que sufrimos, siempre hablando en términos macroeconómicos. Todo lo anterior, si hubiera estado acompañado por una política de gasto público inteligente, habría sido suficiente para situarnos en los más altos puestos de estabilidad y desarrollo humano. Pero no. Lo que tenemos son unas cifras de desempleo insoportables. Unas tasas de abandono escolar inasumibles. Una falta de dotación de centros escolares alarmante. Y ahora, también, una inseguridad ciudadana muy peligrosa, porque se produce en una sociedad totalmente dividida.
Frente a ello, las explicaciones oficiales a estos fenómenos producen vergüenza. Las altas cifras de parados se achacan a la inclusión fraudulenta en las listas de los planes de empleo de personas que sólo buscan beneficiarse posteriormente de las prestaciones sociales. El gasto farmacéutico y el deterioro de la asistencia sanitaria lo atribuyen al colapso producido por los marroquíes que vienen a utilizar las urgencias, conducidos por las mafias locales. De la inseguridad ciudadana culpan a la falta de colaboración con la Policía de los vecinos de algunas barriadas. La realidad es otra. Los programas públicos que se ponen en marcha para ayudar a esas barriadas, apenas sirven más que para justificar los empleos de las personas que se contratan. No están diseñados para que, de verdad, sean útiles para los vecinos más desfavorecidos y en riesgo inminente de exclusión social. No hay participación vecinal, ni en su creación, ni en su desarrollo. Como he dicho en otras ocasiones, hay estudios que indican claramente por dónde hay que caminar. Los propios vecinos que ayer se manifestaban lo expresaban con nitidez en sus pancartas. A las mafias del narcotráfico hay que combatirlas policialmente. La situación social necesita planes y programas que eviten la marginación social y el paro. Es la mejor forma de prevenir la delincuencia.
Pero en Ceuta, además de los errores políticos, lo que es verdaderamente letal es la peligrosa polarización existente en la población. Ayer, mientras retumbaba en mis oídos el desesperado grito de miles de personas honradas pidiendo justicia y ayuda, se me helaba el corazón al contemplar las miradas de odio que nos dirigían algunos espectadores, al vernos a algunos, supuestamente de su religión, mezclados con ellos. Ellos y nosotros. Nosotros y ellos. Esta es la inadmisible dualidad que, de no corregirse pronto, acabará con nuestro proyecto de futuro en común. No sé si el Presidente Vivas contó esto a los participantes en el ‘Forum Europa’. Quizás hubiera sido lo más sensato.





