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Últimos tiempos

Por Septem Nostra
15/08/2026 - 07:50
Imagen de archivo

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Muchas son las voces que, usando la palabra y el pensamiento, están alertando de la enorme decadencia en la que vivimos los seres humanos del siglo XXI. Y si bien la mayor parte se refieren a los países económicamente más desarrollados, los males que exportamos y promovemos terminan llegando hasta la puerta de nuestras casas.

De esta forma, la última y más devastadora invasión de Ceuta es un signo de los últimos tiempos. Una ola de locura colectiva recorre nuestro planeta y se dan situaciones cada vez más absurdas. No estoy eliminando la posibilidad de manipulaciones políticas, pero creo sinceramente que se utiliza la palabrería hueca para ocultar la constante improvisación de aquellos que tienen el deber de proteger las fronteras a los dos lados.

Un tropel de personas sin pensamiento complejo ni formación apropiada, que se van comunicando a través de las redes, incentivadas por verdaderos terroristas digitales, y que terminan irrumpiendo a mansalva en un país extranjero, vulnerando sus fronteras.

La sinrazón de estos funestos tiempos no excluye a nadie de la amenaza de la estupidez, y se comprueba una y otra vez la ineficacia del entramado administrativo-burocrático para dar respuestas inteligentes y adelantarse a los problemas antes de que ocurran.

Está todo tan desquiciado que ya nadie está a salvo de padecer cualquier tipo de situación angustiosa. No se pueden buscar villanos a quienes culpar porque todos lo son, y lo somos en cierta medida. Nuestro estilo de vida y apariencias de felicidad son mentiras aparentes que vamos inoculando en el tejido de otros seres humanos materialmente desfavorecidos, hasta que terminan convencidos de que pueden llegar a tener tantos bienes materiales como los que disfrutamos en la Jauja europea.

De lo que no se habla es de la profunda crispación social y la infelicidad crónica en la que viven muchos europeos, debido a su maravilloso estilo de vida consumista y ateo. Los consumos de ansiolíticos y antidepresivos son los caramelos diarios del mundo opulento.

Y es precisamente el materialismo el que ha vaciado de contenido espiritual a nuestra sociedad europea y la tiene gravemente enferma. Somos pacientes terminales de un cáncer que no se combate con vacunas o quimioterapias. Pero la apariencia de maravillosa felicidad se transmite, e incluso las representaciones teatrales de superioridad moral que gastan los grandes dirigentes del Estado europeo.

Para no extenderme más en estos pormenores generales, que no llevan a ningún sitio concreto, me voy a centrar en comentar algunos aspectos del estado de la cuestión, al hilo de la peligrosa y humillante situación en la que nos encontramos. En el artículo anterior, «Invasión», hicimos algunas modestas reflexiones que nos parecían útiles.

Ahora intentaremos aportar algo de luz sobre otros aspectos de este difícil asunto. No estamos pontificando, solo intentamos aportar algo de buen sentido para despertar algunas conciencias. Vamos a basarnos en el libro de las Revelaciones para componer un discurso sobre todo lo acontecido en Ceuta.

Al fin y al cabo, este libro, sobre todo, es un discurso de esperanza y renovación que envía nuestro Señor al mundo. Antes de continuar, damos gracias a Dios y a su providencia porque no haya estado nuestra amiga Cristina en la máxima responsabilidad de la Delegación del Gobierno en estos aciagos momentos.

Un golpe de este calibre podría haberla enfermado seriamente. En una ciudad como Ceuta se incumplen leyes con frecuencia. Nosotros conocemos especialmente las ambientales y aquellas que afectan al patrimonio histórico y al urbanismo. Justamente, cuando se incumplen leyes mirando para otro lado, se producen males en cascada y una sociedad deja de respetarse a sí misma.

Estos incumplimientos afectan tanto a la Delegación del Gobierno como al Ayuntamiento (Ciudad Autónoma). Justo cuando menos se lo espera, aparece el hecho más abominable y se produce el caos absoluto. Algunos males de la Ceuta de hoy son: la complacencia, el triunfalismo electoral, la cobardía, el abandono, el fariseísmo, la mundanidad, el desánimo y la inmoralidad.

Obviamente, son males de la misma España y de Europa en su conjunto, y de muchos otros lugares del mundo. Cuando estos venenos se extienden, provocan situaciones inverosímiles como las que padecemos ahora en Ceuta. Si las personas no cesan de adular al cargo político repetidamente, entonces obtienen personas que se llegan a creer realmente imprescindibles.

Se llenan de ellos mismos, y cualquier cosa que emprenden les parece perfecta y apropiada, y la mejor decisión para su ciudad. Es decir, se generan conformistas complacidos. Y lo peor, se termina convenciendo de que nadie puede sustituirlos. Obviamente, aquí no hay un solo responsable, sino que son ambos poderes, autonómico y estatal, y el resto de la propia Asamblea de Ceuta, unida con todos nosotros con nuestros votos o desidia, los que estamos perpetuando los problemas.

Ahora bien, cuando esta etapa política pase a la historia, habrá, al menos, dos enemigos silenciosos enquistados en nuestra marinera ciudad: uno es el enorme gasto del capítulo uno del Ayuntamiento, unido al sector de personas desarraigadas de Ceuta que solo busca el plus de residencia económico; el otro es la ciudad paralela, los barrios sin ordenar, donde las leyes urbanísticas no se cumplen.

La construcción de viviendas sociales en estos mismos barrios sería de gran utilidad para ir alojando dignamente y ordenando aquello que esté desordenado. Ambos son cánceres a extirpar: unos porque fomentan desánimo y mal ambiente; otros porque producen bolsas de delincuencia y una marea creciente de aprovechados sin legalizar, ocultos en ese desorden.

A estos dos enemigos habría que añadir la falta de legalidad y de pundonor por no acometer el blindaje de la frontera sur de Europa. La falta de previsión en los comportamientos de la sociedad marroquí en su conjunto y sus ciclos migratorios es una gran falla, sobre todo si comenta el ministro que tiene una excelente colaboración.

Desde el vecino país hasta le han echado en cara que somos nosotros los que tenemos que proteger nuestras fronteras, y eso es cierto. ¿Por qué no se ha recrecido ya el espigón de la costa para proteger a los mismos que buscan, con ese aparente desespero veraniego, entrar en Ceuta? ¿Cuáles son los motivos por los que no se lleva a cabo tan sencillo procedimiento de ingeniería civil para salvaguardar la integridad de Ceuta? Esto sería un acto de pura humanidad, tanto para desmotivar y proteger a los que intentan cruzar ilegalmente como a los propios ciudadanos españoles y europeos que vivimos en esta ciudad.

Los daños colaterales de la invasión sufrida son muchos. Ya habíamos advertido de la crisis ambiental. Hoy, la directora del decano de la prensa ceutí muestra el desastre de la especie de molusco protegido, el «lince marino», que nunca ha estado salvaguardado y ahora es cazado sin piedad en un litoral abandonado a su suerte y sin ordenar.

Los riesgos sanitarios se han divulgado bastante ya, y también lo comentamos en el primer artículo mentado. Hay otro que es el radicalismo ideológico de los que se quieren tomar la justicia por su propia mano. Este es un germen peligroso que ya ha calado en grupos de jóvenes ceutíes, parecidos a las mentalidades fanáticas de muchos desnortados que han cruzado la frontera ilegalmente.

Esta última hecatombe fronteriza debe ser ocasión para reconstruirse, renovarse y renacer en el buen sentido y el amor verdadero por la ciudad y por todos los que vivimos en ella, y por nuestros vecinos. Dios no nos abandona, sino que muestra la situación a sus hijos para que aprendan y pongan remedios a lo que es humanamente remediable.

El libro del Apocalipsis, bien descodificado, es un maravilloso instrumento de esperanza y renacimiento, donde los cuatro jinetes simbolizan las calamidades que asolan a la humanidad a lo largo de su peregrinar histórico. Y las cartas a las iglesias de Asia Menor, un mensaje de lo que se está haciendo mal y cómo se puede remediar con ayuda del Cielo.

Los jueces son nuestra última esperanza. Son ellos los que, con sus resoluciones y sentencias, indican el camino. El Supremo, que tanto han criticado algunos, corrigió al Gobierno de España para que blindara sus fronteras y no practicara las devoluciones en caliente.

En estos momentos no hay lugar para los políticos destructivos, pero sí para el acto heroico y decidido en la salvaguarda de nuestra querida Ceuta. Necesitamos políticos decididos y valientes, capaces de hacer cumplir las leyes sin mirar para otro lado.

Personas que guíen a este pueblo a presionar pacíficamente al Estado central en la construcción del espigón en el mar, que, si bien sabemos que no contendrá los flujos de personas, sí evitará el trágico y bochornoso espectáculo vivido a finales del fatídico mes de julio.

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