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Tristezas cotidianas

Hoy lo noté más triste que otras veces. En su rostro hablaba el silencio, la mirada ausente, sus ojos indefinidos buscaban nada, a nadie, ni a él mismo.

Lo vi de lejos, lo llamé por su nombre y no se dio cuenta de mi presencia. Sabía que algo le angustiaba, algo le había arrancado el ánimo y carcomido su sonrisa; tal vez una especie de larva había anidado en su corazón y lo iba paralizando.

Lo conocí ya hace un tiempo, en la sala de los a biblioteca municipal. También se dedicaba a la enseñanza aunque desempeñó antes múltiples trabajos teníamos una edad parecida aunque veníamos de mundos distintos.

Comenzar en la docencia es duro pues la imagen idílica y platónica choca con una realidad ingrata: alumnos disruptivos, controles burocráticos, situaciones de desamparo y sentir esa sensación de soledad que te parte en pedazos.

Pero hoy era distinto, no aguantaba una carga que iba aumentando paulatinamente, una angustia interior abrazada a sus entrañas.

-No sé si este trabajo es para mí, creo que ando perdido en un laberinto y, si sigo aquí, temo no salir nunca.

Nuestra conversación se convirtió en un monólogo, en un soliloquio en el que iba desgranando lo que todos hemos sentido alguna vez: Las luchas que se pierden en las aulas, los padres señalando la culpabilidad del docente, el tener que escuchar la misma cantinela que te hunde en las arenas movedizas cuando te sientes abandonado: no sabes dar clase, debes imponerte, tú eres el responsable, no sirves para esto, pierdes los papeles, siempre nos llegan quejas de ti...

Es entonces cuando un manotazo te derriba, cuando sientes que te estás quemando por dentro y que todo es negro, oscuro, deshabitado y confuso.

Quieres sobrevivir, intentas disimular tu herida, las lágrimas amargas retenidas... y así pasas las horas, los días, los cursos..

Desprotegidos, seguimos la ruta disimulando la ira con una mueca vestida de sonrisa. No podemos parar porque el sistema te dirá siempre lo mismo: la culpa es tuya.

Esta es la crónica de muchos docentes, la historia que se repite una y mil veces cuando tienes que hacer de todo menos enseñar, menos trasmitir conocimientos, menos darles los aperos necesarios para que puedan aprender en el pleno sentido de la palabra. Y es que no estamos unidos, no luchamos juntos, no hacemos equipo para que las aulas protejan a los que realmente quieren aprender. Eso es lo que la sociedad no quiere ver.

¡Sálvate como puedas! No pidas socorro, no te quejes, que no se note. Si eres descubierto ya no habrá una segunda oportunidad.

Cuando nos percatemos que lo importante no es el eslabón sino la cadena, cuando seamos conscientes que lo que le pase a uno nos pasa a todos, estaremos cada vez más lejos de lograr los objetivos de una educación de calidad para todos, de una enseñanza pública que forme a ciudadanos preparados para la vida.

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