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Tres miradas sobre el Ramadán

La memoria de los primeros ayunos, el valor del hogar y la introspección espiritual marcan la forma en que tres ceutíes, desde realidades muy diferentes, entienden y celebran el Ramadán

El Ramadán se vive de muchas maneras, pero con un mismo fondo espiritual y humano. En Ceuta, una médica, un diputado de la Asamblea y un cocinero comparten cómo este mes sagrado sigue marcando su vida.

Para la oncóloga Hanan Ahmed, el Ramadán es una pausa interior en medio de la exigencia sanitaria, un tiempo para la introspección y una forma distinta de acompañar a los pacientes. Sus primeros recuerdos están ligados a la ilusión de los ayunos infantiles y al ambiente familiar del iftar, que hoy sigue siendo un pilar.

El diputado Mohamed Mustafa Ahmed lo vive como un tiempo de sanación y reflexión, con la memoria siempre presente de la mesa familiar de su infancia. Ahora, como padre, revive esas sensaciones con sus hijos y refuerza su compromiso social.

Desde la hostelería, Abselam Driss entiende el Ramadán como una enseñanza heredada y un recordatorio de la solidaridad. Trabajar durante el ayuno y compartir el mes en familia forman parte de una vivencia sencilla y profundamente arraigada.

Tres voces distintas, una misma esencia: el Ramadán como tiempo de memoria, fe y unión.

Testimonios

Mohamed Mustafa Secretario General de Ceuta Ya! y diputado de la Asamblea: “Cada Ramadán con mis hijos me devuelve a la mesa redonda de mi infancia”

Mohamed Mustafa, secretario general de Ceuta Ya! y diputado en la Asamblea, vive el Ramadán como un tiempo de sanación e introspección que no lo aparta de la vida pública, sino que refuerza su compromiso social.

Entre los recuerdos de la mesa redonda de su infancia y su papel actual como padre, reflexiona sobre la espiritualidad, la tradición familiar y la dimensión solidaria de un mes que -subraya- va mucho más allá del ayuno.

–¿Qué significa para ud, el mes de Ramadán a nivel personal y espiritual?

–Para mí, el Ramadán es una oportunidad de sanación, no solo física, sino sobre todo espiritual. Es un tiempo de introspección profunda, de análisis personal: cómo estoy haciendo las cosas, qué estoy aportando a mi tierra, a mi pueblo y, en general, al mundo.

Es un mes de recogimiento espiritual, pero eso no implica una retirada de la vida social. Al contrario: lejos de inhabilitarme, me potencia. Me ayuda a ver el mundo con más claridad y a intentar mejorarlo en la medida de mis posibilidades.

–¿Cómo cambia su rutina durante este mes?

–Principalmente adapto el descanso y las horas de sueño. Ahora, al coincidir con el invierno, es más llevadero porque hay más horas para dormir. Me levanto muy temprano para el sojor, aunque suelo comer muy poco: uno o dos dátiles y agua.

Ese momento lo aprovecho también para la lectura y la oración. En cuanto a la alimentación, intento que sea lo más saludable posible, priorizando alimentos proteicos y evitando caer en los tópicos de los dulces.

Los dátiles son fundamentales para romper el ayuno, junto con huevos duros y algo muy característico de Ceuta: la tortilla española. Es casi imprescindible en nuestra mesa del iftar y es algo muy nuestro.

–¿Cuáles son sus primeros recuerdos del Ramadán?

–Mis padres. Una mesa redonda. Mi padre llegando cansado del trabajo, mi madre preparando la mesa y nosotros, de pequeños, ayudando con ilusión. Recuerdo especialmente la chutaquía, que me evoca totalmente la infancia.

En su elaboración participaban mi abuela, mi madre y mis tías. Era un momento familiar muy importante, similar a lo que ocurría antiguamente con los dulces de Navidad. El olor a miel, a menta, a especias… todo eso se te queda grabado.

Y luego, cuando tienes unos ocho años y empiezas a ir a rezar por la noche con tu padre a la mezquita, sientes orgullo. Es como un paso hacia la adultez. Ese recuerdo es imborrable.

–Ahora que es padre, ¿lo vive de otra manera?

–Totalmente. Lo vivo desde el rol de padre. Cada instante que paso con mis hijos durante el Ramadán me recuerda a mi propio padre. Cuando voy con ellos a la mezquita sé perfectamente qué están sintiendo, porque yo pasé por eso.

Por eso priorizo estar más en casa, compartir tiempo con ellos. La política es muy sacrificada —no tenemos horarios—, pero durante el Ramadán intento, al menos, partir ese tiempo con mi familia y descansar un poco de la actividad pública.

–Si compara sus primeros Ramadán con los actuales, ¿qué ha cambiado y qué se mantiene?

–Quizá lo que más ha cambiado es la gastronomía. Antes se rompía el ayuno con lo básico: dátiles, huevos duros, alguna sopa o plato único al volver de la mezquita. Ahora hay una variedad enorme, tanto de dulces como de salados, que antes no existía.

Pero en lo esencial no ha cambiado nada. La espiritualidad sigue siendo la misma. Los niños siguen viviendo el primer día de ayuno con ilusión, compitiendo entre hermanos, aprendiendo poco a poco. Todo eso se mantiene intacto, y no es poco.

–¿Qué deseo pediría para este Ramadán?

–Libertad para todos los oprimidos del planeta. Para Palestina, Sudán, el Congo. Para las trabajadoras y trabajadores de los campos de plástico de Almería y Huelva, para las empleadas domésticas, para los obreros que trabajan en la calle.

Esa gente sí que tiene mérito.

–¿Crees que el resto de comunidades entiende bien qué es el Ramadán?

–A menudo se cree que el Ramadán es solo no comer ni beber, y no es así. Es un mes para salir siendo mejor persona.

Afortunadamente, en Ceuta hay más conocimiento y más rigor que en otros lugares. Aquí se entiende mejor que no se trata solo de ayuno, aunque todavía existen prejuicios y discursos de odio. Incluso eso tiene una lectura positiva: al menos saben que el Ramadán no es solo dejar de comer.

Hanan Ahmed Oncóloga en el HUCE y diputada en la Asamblea: “En Ramadán soy médica del cuerpo… y un poco del alma”

Para la oncóloga del Hospital Universitario de Ceuta (HUCe) y diputada en la Asamblea, Hanan Ahmed, el Ramadán es mucho más que un mes de ayuno. Es un tiempo de recogimiento, de revisión interior y de conexión profunda con la fe, que también influye en su forma de ejercer la medicina y de acompañar a sus pacientes.

Entre la exigencia del trabajo sanitario y la intensidad de la vida pública, este mes sagrado marca un antes y un después en su ritmo vital.

–¿Qué significa para usted el mes de Ramadán a nivel personal y espiritual?

–Para mí el Ramadán no se limita al ayuno físico, a dejar de comer o beber desde que amanece hasta que se pone el sol. Es algo mucho más profundo. Es una renovación interior, un momento para parar y mirarme por dentro. Durante este mes intento estar más en paz conmigo misma, más consciente de mis pensamientos, de mi carácter y de cómo afronto el trabajo y la vida diaria. Es una desconexión del ruido mundano para volver a conectar con lo espiritual.

–Con tu ritmo de trabajo, especialmente en el ámbito sanitario, ¿cómo cambia tu día a día durante el Ramadán?

–Los primeros días se notan bastante, sobre todo a nivel físico. El ayuno genera cansancio y te obliga a hacer un esfuerzo extra para mantener la concentración. En mi caso, además, noto mucho la falta de cafeína. Soy muy cafetera y el café de la mañana forma parte de mi rutina, así que los primeros días sin él cuestan. Pero es verdad que el cuerpo se adapta rápido y, pasado ese periodo, todo fluye mejor.

En el trabajo intento estar aún más atenta con mis pacientes. Requiere más esfuerzo, pero también te coloca en un estado de mayor conciencia y presencia.

–¿Influye el Ramadán en la relación con tus pacientes?

–Sí, especialmente con los pacientes musulmanes. En Ramadán no solo conectas con ellos como médica, sino también desde una comprensión espiritual. Entiendes mejor sus inquietudes, sus dudas y sus deseos de ayunar, incluso cuando están enfermos. Mi labor entonces es acompañarlos desde ambos planos: el médico y el espiritual, ayudándoles a tomar decisiones que no perjudiquen su salud, pero respetando su fe.

–Has definido esos días como un momento en el que eres “médica del cuerpo y del alma”. ¿Te sientes así?

–Sí, completamente. Durante el resto del año estudio, trabajo y vivo a un ritmo muy intenso. El Ramadán es un mes distinto, un mes de conexión espiritual. Me alejo del ruido exterior y me acerco más a lo esencial. Y con los pacientes ocurre lo mismo: los escuchas de otra manera, desde un lugar más empático y más profundo.

–En una sociedad tan acelerada, ¿el Ramadán ayuda a parar?

–Esa necesidad de parar existe, sin duda. En la vida profesional es muy difícil, porque trabajo con personas que tienen necesidades constantes y soy responsable de su salud. Ahí no puedes frenar. Pero en la vida personal sí es un punto de inflexión. Intentas ir a otro ritmo, valoras más tu tiempo, refuerzas tu relación con Dios, lees más el Corán y trabajas el perdón, tanto hacia ti misma como hacia los demás. Es un auténtico entrenamiento espiritual.

–¿Cuáles son tus primeros recuerdos del Ramadán, cuando empezaste a ayunar?

–Los recuerdo con mucha ilusión. Era como dar un paso hacia la madurez, sentirte mayor. Empezabas “coqueteando” con el ayuno, a veces medio día, a veces el día completo, intentando aguantar hasta la puesta de sol para poder romper el ayuno con tus padres. Había un orgullo muy bonito al conseguirlo.

En casa se vivía un ambiente muy especial. Es difícil de explicar, pero se nota en todo: en las relaciones familiares, en la convivencia, incluso en la calle. Hay un sosiego distinto.

–¿Ha cambiado tu forma de vivir el Ramadán con los años?

–Ha cambiado la forma, pero no el fondo. De adulta entran en juego el trabajo, las responsabilidades y la organización del día a día. Ya no lo vives como cuando eras niña, pero la ilusión sigue estando ahí. Te adaptas, te organizas de otra manera, pero mantienes el espíritu.

–El iftar, el momento de romper el ayuno, ¿qué lugar ocupa en tu vida?

–Es un momento muy importante y siempre familiar. En casa con mis padres y hermanos, con otros familiares, o compartiéndolo con amigos y vecinos. Para mí el Ramadán y el iftar son familia. He pasado muchas de estas fechas sola por trabajo, pero el Ramadán siempre tiene ese componente de unión y de hogar.

–¿Crees que las nuevas generaciones viven el Ramadán de forma distinta?

–Vivimos en una sociedad cambiante y hay elementos nuevos como la tecnología o las redes sociales. Pero la vivencia espiritual no cambia. De hecho, estas herramientas también aportan cosas positivas: hoy tenemos traducciones del Corán, explicaciones accesibles sobre el significado del Ramadán, las oraciones y los deberes religiosos. Es información que antes nos transmitían nuestros padres o abuelos. Bien utilizada, es una ayuda.

–¿Hay un momento especialmente significativo dentro del Ramadán?

–Todo el mes es especial, pero los últimos diez días tienen una intensidad distinta. Es cuando se refuerza la fe, las súplicas y el deseo de hacer el bien. En ese periodo se encuentra la Noche del Destino, Laylat al-Qadr, un momento de gran carga espiritual.

–Para terminar, ¿qué deseo pides para este Ramadán?

–Salud y fuerza, por encima de todo. Y tener la conciencia tranquila de hacerlo lo mejor posible. Perdonarme a mí misma, mejorar mi relación con Dios y seguir creciendo, tanto en mi vida personal como profesional.

Abselam Driss, cocinero en El Pescaito Frito: “Que a nadie le falte un plato de comida caliente en este Ramadán”

A pesar de trabajar cada día entre fogones, rodeado de comida y en pleno ritmo de la restauración, Abselam Driss, cocinero en El Pescaito Frito, asegura que el Ramadán no le resulta complicado. Para él, este mes sagrado es una bendición que vive con naturalidad, disciplina y profunda espiritualidad.

Con la llegada del mes sagrado del Ramadán, millones de musulmanes en todo el mundo inician un tiempo de ayuno, reflexión y espiritualidad. Para conocer cómo se vive desde dentro esta tradición, hablamos con Abselam Driss, cocinero en El Pescaito Frito, que comparte su experiencia personal, sus recuerdos de infancia y su forma de vivir hoy este mes tan especial.

–¿Qué significa para ti el mes de Ramadán a nivel personal y espiritual?

–El mes de Ramadán es algo que viene desde pequeño, que nos inculcan nuestros padres. Espiritualmente te sanea el cuerpo.

–¿Qué más representa el Ramadán para ti?

–Durante todo el mes de Ramadán se hace para que la gente sepa que hay mucha gente pobre por el mundo, para que sepa lo que es esa necesidad, esa hambre.

–¿Cómo cambia tu día a día con la llegada de este mes?

–Este mes es una bendición de Dios. Gracias a Dios hay que pasarlo bien con la familia, trabajando, para que el día pase más rápido. A mí me gusta trabajar en Ramadán, no me gusta descansar, porque el día se hace más lento.

–¿El cuerpo se va acostumbrando al ayuno?

–Sí, el cuerpo se acostumbra. Los primeros dos días te duele la cabeza, te sientes fatigado, pero ya el tercer día todo bien, gracias a Dios.

–¿De qué manera influye el Ramadán en tu trabajo diario?

–No me influye en nada. Al contrario, con el Ramadán he trabajado más, gracias a Dios. El primer día cuesta, pero ya el segundo y el tercero el cuerpo se adapta. El cuerpo es sabio, es inteligente.

–¿Hay alguna costumbre del Ramadán que te gustaría que conocieran personas de otras comunidades?

–La verdad es que aquí en Ceuta se conoce bastante, no sabría qué decirte.

–¿Cuáles son tus primeros recuerdos del ayuno cuando eras niño?

–Tendría unos diez años. Hacía un día sí y un día no. Antes nuestras madres no te obligaban: “Hijo mío, haz lo que puedas”. A lo mejor en un mes hacías veinte días.

–¿Hay algún día especialmente importante durante el Ramadán?

–Sí, el día 26 de cada Ramadán. Es un día donde se abren todas las puertas de Dios. El que ha hecho bien, Dios lo compadece.

–¿Qué emociones te despierta este mes a nivel familiar?

–Es un mes en el que se echa de menos a la familia, a la que no está o vive fuera. Cuando tus hijos están trabajando fuera y no pasan contigo el Ramadán, se echa de menos, igual que pasa con la Navidad.

–¿Qué emociones recuerdas de aquellos primeros Ramadanes de la infancia?

–Ilusión y competencia con los amigos del barrio. Nos preguntábamos si habíamos hecho el Ramadán y enseñábamos la lengua para ver si estaba blanca o roja. Son recuerdos muy bonitos.

–¿Ha cambiado tu forma de vivir el Ramadán ahora que eres padre?

–Sí, claro. Ahora lo vivo con mis niñas, todos reunidos en casa. Te dejan todo preparado en la mesa y todo va bien, gracias a Dios.

–Si comparas tu infancia con la de tus hijos, ¿qué ha cambiado y qué se mantiene?

–Los móviles han cambiado mucho a la generación de hoy. Antes el Ramadán se vivía más, ahora la gente está más distraída y no tiene la mente donde tiene que estar durante este mes.

–¿Qué deseo tienes para este Ramadán?

–Que a nadie le falte un plato de comida caliente, bendiciones para todo el mundo y que Dios esté en todas las casas.

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