El tiempo en el que transcurren nuestras vidas nos proporciona la posibilidad de recrearnos en el doble sentido de esta palabra: de crecer y de disfrutar, de trabajar y de descansar. A cualquier edad, sobre todo, a la nuestra, las dos tareas, a primera vista contradictorias, son imprescindibles para sobrevivir. Todos tenemos obligación y derecho a intervenir para mejorar nuestro mundo y todos tenemos necesidad y deseos de reposar para mirar serenamente hacia atrás y hacia adelante. La pausa y la desconexión –el olvido del reloj- nos ayudan a recargar las pilas y hacen que los demás seres se liberen de nuestras vehementes prisas. Los momentos de descanso y las ocasiones de divertirnos nos ayudan a respirar hondo y a oxigenar nuestro espíritu: a reflexionar sobre nuestros cambios, a meditar sobre el imparable correr de nuestros días y a contemplar el espectáculo sorprendente de la naturaleza, los mensajes imponentes del mar, del cielo o de la montaña.
También durante el curso, necesitamos descansos y diversiones para cobrar aliento y para seguir la marcha hacia nosotros mismos y hacia los demás. Para transformar las actividades en experiencias y para escuchar la música que fluye bajo el murmullo de las palabras.
La soledad silenciosa, cuando es voluntaria no es el vacío, no es la ausencia, la oscuridad ni el olvido, sino un recinto en el que viven, gozan, lloran y mueren esperanzas, ilusiones, recuerdos y temores; es un ámbito sagrado en el que resuenan voces nítidas que nos explican el sentido profundo de nuestras ansias íntimas. Es el encuentro con la intimidad que necesitamos para leer y para releer nuestras vidas; para interpretar los episodios que nos inquietan y las palabras que iluminan las cuestiones de palpitantes de la actualidad.
En nuestras sociedades, el trabajo, el descanso y la diversión son bienes necesarios para la vida y para la felicidad de cada uno, de cada familia y de cada sociedad y, por eso, su reparto debe ser igualitario. Todos y cada uno de nosotros los necesitamos y, por eso, tenemos derecho a exigir la posibilidad de su disfrute sin ninguna desigualdad.






