Es verano. En mi pueblo los 43 grados no son platos de gusto y más cuando los incendios esperan su oportunidad en los montes.
Los telediarios abren los noticieros con el mapa del tiempo, la ola de calor, las previsiones meteorológicas, consejos médicos, terrazas vacías, calles desiertas en horas punta y desastres forestales provocados por pirónamos, rayos en la tormentas de verano o cualquier colilla que enciende la mecha de la destrucción.
Volcanes en erupción, terremoto de magnitud 8,8 frente a las costas del sur de la península rusa de Kamchatka. Ahogados en el mar, huelga de socorristas, problemas en la red ferroviaria.
Este calor extremo o sensación térmica de calor sofocante, no solo tiene implicaciones físicas, sino también han demostrado que las épocas de calor extremo están asociadas con un aumento en la incidencia de problemas de salud mental, como la fatiga mental, la agresividad, la depresión, la ansiedad y, en casos extremos, el suicidio.
Todas las guerras, las corrupciones, el genocidio de Gaza, los aranceles, las amenazas de Trump pasan a un segundo plano. Los informativos aumentan la temperatura como si este asunto opacara lo que pasa en el mundo.
El infierno se pinta con llamas y con fuego eterno; los pecadores se quemarán toda la eternidad mientras que en el cielo gozarán de aire acondicionado, ventiladores de techo, cocacola, horchata, y los cubatas que a uno se le antojen.. Habrán piscinas naturales, aguas cristalinas, frondosas arboledas rodeadas de montañas nevadas.
Los paraísos y los infiernos están a pocos kilómetros de distancia, a un abrir y cerrar de ojos.
En mi cuarto de ocho metros cuadrados está mi edén, la tierra que me he prometido en esta época en la que Satanás hace nudismo en el averno.
El ventilador de techo, la brisa de las ventanas, una botella de agua fría, mi traje de calzoncillo, mis libros, mi música, la lectura de la prensa digital, mi cuaderno de épocas estivales, besar y abrazar a mi madre cuando entra a este jardín de felicidad, mis proyectos, ojear el Faro digital. Salir de mi caverna y hacer un gazpacho, un sarmorejo cordobés en homenaje a los que se derriten.
Adormilado oigo las olas del mar, las sirenas soplando al viento, la humedad del alba.
De repente las imágenes de la hambruna en gaza, el aniversario de la bomba atómica del que hoy se cumplen 80 años.. Mis lágrimas me recuerdan que los paraísos y los infiernos son como una muñeca Matrioska, una sobre la otra, como si el cielo y el infierno compartieran el mismo espacio.






