Hasta hace nada solo en comentarios tabernarios se podía escuchar cuestionar la españolidad de una parte de los ceutíes por su credo o religión. La irrupción de la ultraderecha en la Asamblea y el descubrimiento tras la crisis de mayo de que ese tipo de infamias le podía dar resultado electoral al otro lado del Estrecho a costa de enfrentar a los ceutíes hizo aflorar esa sospecha nada menos que en sede parlamentaria y en discursos públicos, haciendo ostentación de lo políticamente incorrecto.
En el Día de la Fiesta Nacional es más oportuno que nunca reprobar esa degradación del discurso público, que solamente ha tenido de bueno la conformación de un amplísimo espectro político y social unido de forma militante y activa alrededor de la defensa de un principio inquebrantable: todos los ceutíes son y se sienten españoles con independencia de cómo se llamen, a quién recen o cuál sea su lengua materna.
La casposa concepción de una ciudad uniforme que propugna la extrema derecha no tiene nada que ver con la realidad de una Ceuta que debe presumir precisamente de su diversidad y de su afán por cuidar su convivencia dentro del marco de la nación a la que pertenece. El presidente de la Ciudad representará hoy a Ceuta en los actos institucionales que se celebrarán en Madrid, en los que coincidirá con Felipe VI, que aún debe una visita a la ciudad después de la gira incompleta que realizó por (casi) todo el país después de los meses más duros de la pandemia. Pedro Sánchez, máximo responsable del poder ejecutivo central, también tiene que reforzar la presencia del Estado en este territorio (como en otros periféricos o, en la península, vaciándose) para garantizar la igualdad entre todos los españoles en el acceso a los servicios, como en derechos y obligaciones. Así se construye un gran país, desde la unidad y la solidaridad.






