Si el multilateralismo es el ejercicio conjugado entre tres o más estados para afrontar cuestiones comunes bajo un marco de reglas e instituciones compartidas, actualmente y en contraste con la gestión unilateral o bilateral, explora alternativas colectivas fundamentadas en principios de igualdad y cooperación internacional en un escenario en el que redundan la polarización y los conflictos armados, unido a la crisis de confianza que retrata el retroceso a posiciones más nacionalistas que inquietan a todas luces la participación global.
Dicho esto, el multilateralismo es una expresión de empleo habitual, pero no es un vocablo que únicamente adquiera notabilidad en los pasillos o recintos de conferencias donde se desenvuelve la diplomacia. Allende a lo antes indicado, atañe de lleno y de diversos modos en el vivir diario de los individuos. Originariamente, ‘multilateral’ era una terminación geométrica que comportaba ‘de muchos lados’. Hoy, determina aspectos puntuales como la política y la diplomacia en la que intervienen actores con posturas, perspectivas o actitudes subjetivas u objetivas distintas.
Como quiera que sea, uno de los rasgos preferentes del orden mundial aflorado tras la consumación de la II Guerra Mundial (1939-1945) recayó en el multilateralismo, como un procedimiento para afianzar la cooperación y refrendar la paz. En tanto, el armazón institucional reproducido por Naciones Unidas y su repertorio de agencias sectoriales se acoplaban así, no sólo en un poder coercitivo que habilitaba el automatismo de la fuerza para emprender la paz, sino que velaba por toda una cadena de desafíos asistenciales y de coordinación de políticas integrales.
Pero en aras de promover ese complejo entramado de Naciones Unidas resultaron múltiples organizaciones de cooperación regional, entre las que se enfatiza la Unión Europea (UE), como una aspiración de institución supranacional que procuraba una integración económica y subsiguientemente, política de las naciones europeas.
En el resto de los sumarios territoriales se trataba de estructuras intergubernamentales de diálogo político e impulso de la reciprocidad económica. Y en ese negro sobre blanco, el declive acusado de un orden mundial cimentado en criterios, remolca tras de sí buena parte de este forjado institucional nutrido por los estados de occidente durante los últimos tiempos. Un esqueleto de exigua validez en la mayoría de las coyunturas, pero que por entonces, desempeñaba un acomodo de apoyo a los colectivos más vulnerables y países menos desarrollados.
Con estas connotaciones preliminares, el multilateralismo radica en la asistencia, aportación y concurso entre tres o más estados para lograr una meta compartida. Este compromiso puede producirse en el entorno de organizaciones internacionales dispuestas para esa finalidad, o directamente enfocada en negociaciones y abarcar a organizaciones internacionales y no gubernamentales. A decir verdad, cada vez se entrevé en las negociaciones el enfoque de la sociedad.
Lo antagónico al multilateralismo es el unilateralismo. Y la antítesis en política incurre en una nación que otea y procede por sus propios intereses y no cuenta con el resto de países. Muchos de sus dictámenes políticos son unilaterales, pero la mayoría de las administraciones siguen supeditadas a medidas dictadas internacionalmente. Tómese como patrón, los compases económicos efectuados en los países de la Unión definidos por deliberaciones conjuntas en el Parlamento Europeo. Y por otro lado, en un punto intermedio entre el multilateralismo y unilateralismo se encuentra la bilateralidad, conducente a las negociaciones y acuerdos derivados meramente en dos partes o dos estados.
Estos pactos concluyen principalmente para normalizar determinados temas jurídicos en razón del comercio exterior, tomando como guion acuerdos comerciales regionales o preferenciales. Estos últimos, fijan la correspondencia preferencial facilitada de un país a otro, habitualmente de uno más desarrollado a otro con menor nivel de vida, industrialización y tecnología, como el descarte o la disminución de aranceles.
Uno de los primeros arquetipos de multilateralismo es el Congreso de Viena (1814-1815), mediante reuniones diplomáticas entre las potencias vencedoras de Napoleón (Austria, Reino Unido, Rusia y Prusia) para reconfigurar el mapa de Europa y restaurar el absolutismo. No obstante, la organización más distintiva del multilateralismo presente es la Organización de Naciones Unidas (ONU), un mecanismo estructurado de encuentro y cooperación.
“El fulgor venido del autoritarismo, aislacionismo y unilateralismo o la sobrecarga soportada por las democracias a medias tintas, languidecen los cimientos de las instituciones internacionales”
Con todo, las organizaciones multilaterales no tienen por qué estar constituidas por el elenco de países del planeta. Las hay de representación regional como la UE y con designios más señalados como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de carácter militar, o la Organización Mundial del Comercio (OMC). Y como proceso complejo, el multilateralismo no escapa a las objeciones. La concurrencia de diversos países problematiza alcanzar consensos y evaluar alternativas (pros y contras). Al igual que conjetura prestar prioridades genéricas mirando a un objetivo común.
Conjuntamente, esa parsimonia ayuda a que algunos estados resuelvan operar aisladamente, mientras el resto intercambian puntos de vista, a menudo con opiniones opuestas y quebrando el consenso. En suma, el multilateralismo puede plasmar una impresión aparente de ineficacia por la que a pesar de ser un proceso dilatado y laborioso en el tiempo, no se alcanza un producto manifiesto. Con sus dificultades, el multilateralismo se ha convertido en una certeza y requerimiento en un mundo globalizado: si los envites son generales, las escapatorias deben serlo igualmente. Una de sus mayores capacidades es que proporciona legitimidad a los acuerdos.
De manera, que los estados definen su derecho a participar activamente, con lo que se prescinde que no dispongan de más capacidad de determinación que otros y se pone en valor las divergencias habidas de los países con menos protagonismo.
Ni que decir tiene que los acuerdos multilaterales son más dinámicos, pues atesoran la aprobación de un grupo vasto de actores. Véanse al respeto dos ejemplos de la consecución multilateral que justifica que las negociaciones obtienen un impacto efectivo en la vida de las personas: Acuerdo de París 2015, sobre el cambio climático y Agenda 2030, sobre el desarrollo sostenible.
Claro, que el multilateralismo sufre la contradicción de líderes que ponen sus cartas por el camino unilateral como Donald Trump (1946-79 años), pero igualmente es interpelado por otros actores. La UE que asume la cooperación como base, guía y marco ético, acentuó en 2019 su responsabilidad con el multilateralismo y los acuerdos internacionales. Meses después y convergiendo con la reunión anual de la Asamblea General de la ONU, Francia y Alemania exhibieron la Alianza por el Multilateralismo, iniciativa a la que se ensamblaron otras sesenta y cuatro naciones de los cinco continentes.
Con lo cual, el multilateralismo provee a la Comunidad Internacional de una herramienta para el diálogo. Y en un universo hiperconectado y con desafíos transnacionales que requieren esfuerzo y perseverancia para ser superado como la crisis climática, la recesión económica o el terrorismo internacional, es quimérico asumir que un país está en condiciones de salvaguardar sus intereses nacionales sin la cooperación.
No ha de soslayarse de esta exposición, que en el núcleo del multilateralismo se localiza la ONU. Pilar cardinal del sistema multilateral contemporáneo, valiendo como plataforma para el diálogo, la cooperación y el quehacer colectivo. En resumidas cuentas, el multilateralismo es capital para abordar materias globales como la seguridad, la paz, los derechos humanos, etc.
La cooperación multilateral hospeda raíces históricas que se encumbran a los primeros cimientos de las sociedades organizadas. Algunos investigadores lo reconocen una de las bases cardinales para el progreso de las civilizaciones, con pruebas de acuerdos que normalizaban interacciones políticas, comerciales y financieras entre varias formas en culturas antiguas.
El vislumbre real del multilateralismo comenzó a gestarse con los tratados de Westfalia (1648) que pusieron el punto y aparte a la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos y el período germano de la Guerra de los Treinta Años (1568-1648). Los Acuerdos de paz rubricados en las localidades de Münster y Osnabrück, son copiosamente distinguidos como el nacimiento del sistema internacional de Estados moderno.
Ya en el siglo XXI, el multilateralismo prosperó por medio de diversos cursos, trasluciendo el paulatino laberinto de las relaciones internacionales. Pero antes, en los comienzos del siglo XX, afloró explícitamente el multilateralismo cuando los países señalados por la hecatombe de la guerra, persiguieron sortear otros conflictos.
Así, la Sociedad de Naciones (SDN) tras la I Guerra Mundial o Gran Guerra (1914-1918), sería el primer conato indicador de institucionalizar esta cooperación. Si bien, no cosechó salvar la fulminación de la II Guerra Mundial, la SDN sentó las génesis para posteriores esfuerzos.
Transcurrido el tiempo, el engranaje multilateral se ensanchó, comprendiendo ramas especializadas, formaciones regionales y acuerdos internacionales, proyectando el carácter sumatorio de acometer los desafíos.
Amén, que el multilateralismo y el sistema multilateral son nociones interrelacionadas dentro del modus operandi de la cooperación internacional: el sistema multilateral es la implementación practica del multilateralismo, reproducido por instituciones como Naciones Unidas y sus representaciones.

En los últimos lapsos del tiempo, el multilateralismo ha conseguido importantes mejoras en la resolución de la equidad planetaria. Por medio de las Naciones Unidas como puente de paso para la cooperación y el diálogo, los estados han patrocinado conjuntamente propósitos impecables, negociando legislaciones, tratados y pactos internacionales e instaurando fines esperanzados por un avance compartido.
Primero, en lo que atañe al avance de los derechos humanos, la ONU ha librado una actuación vertebradora en la admisión de múltiples tratados y declaraciones sobre derechos humanos. De hecho, parte de esta recopilación organizada, sistemática y estructurada de normas jurídicas, códigos o leyes, se infundió en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) que tutelan los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, como la libertad de expresión y la libertad de cualquier manera de discriminación.
Segundo, el control de armas, desarme y no proliferación, son imprescindibles para evitar conflictos y obrar y conservar la paz. Desde su establecimiento, la ONU ha apoyado a los estados en la causa de simplificar y, a la postre, excluir armas, comprendidas las armas nucleares, biológicas y químicas, así como atajar la multiplicación de minas terrestres, armas pequeñas y armas ligeras. El Tratado de No Proliferación (TNP) convenido en el entorno de la ONU entre los años 1965 y 1968, respectivamente, encarna hasta la fecha el único compromiso formal dirigido al desarme por parte de los países con armas nucleares. Sobraría mencionar, que a día de hoy, el TNP es el acuerdo de limitación de armas y desarme más suscrito de la historia universal.
Tercero, el comercio multilateral y el desarrollo económico, se cimientan en la primicia de que cada estado pretende adjudicarse un intercambio ecuánime con el sistema comercial, en vez de con países específicos. La modalidad actual de comercio multilateral no solo promueve posibilidades económicas, sino que además ejercita una tarea indispensable en el sostenimiento de la paz.
Y cuarto, las operaciones humanitarias multilaterales auxilian a las víctimas a desastres naturales y emergencias producidas por el hombre. La cooperación multilateral en el terreno humanitario es multidisciplinario y abraza muchos estilos. O séase, desde el abastecimiento de apoyo material y técnico, hasta la ejecución de políticas, movilización de fondos, alimentos, asistencia logística y sanitaria.
En líneas generales, el multilateralismo ha de encarar realidades peliagudas que agravan la gobernanza global y traban las voluntades colectivas para encarar asuntos críticos. Para ser más preciso en lo fundamentado, los marcos bilaterales y multilaterales que en lo retrospectivo del tiempo limaron las asperezas para tratar las tiranteces y defender la estabilidad, se desploman. Simultáneamente, se agigantan los atropellos del derecho internacional y las fórmulas de derechos humanos. Tal es así, que la confianza mengua tanto entre los países como internamente en las regiones. En su totalidad, estos y otros componentes, recrudecen los conflictos a nivel mundial.
Otra cuestión difícil de eludir hace referencia al poder de veto que patentizan los cinco miembros permanentes que frecuentemente rechazan una propuesta o decisión. Lo que ineludiblemente mina el potencial de las Naciones Unidas para replicar eficientemente a los conflictos y crisis. A ello se une los impedimentos de recursos ante el chantaje por la penuria de fondos. Lo que coarta su capacidad para desenvolver competentemente los dilemas generales.
No es baladí, que el devenir del multilateralismo debe adecuarse a un horizonte bastante incierto, mientras se sostienen los preceptos de inclusión, igualdad y cooperación. Solo basta con no perder de vista la decadencia de un orden mundial establecido en mandatos que empujan tras de sí parte del andamiaje institucional dispuesto y avivado por los estados de occidente. Un ensamblaje de parco peso en varios de los asuntos, pero que obedece a una misión de asistencia a las naciones menos avanzadas y grupos humanos con mayor riesgo de exclusión social, pobreza o discriminación.
En efecto, como remarcan diversos analistas, comentan literalmente en sus trabajos de una ‘crisis del multilateralismo’, en un escenario en la que el conjunto de reglas, estructuras, responsabilidades y prácticas, asentado en la cooperación entre al menos tres estados y bajo formalismos e instituciones comunes, da la sensación de perder vigor, legalidad y validación en la interacción ante contrariedades compartidas.
En nuestros días, esta crisis se desenmascara especialmente a través de tres márgenes que rozan las líneas rojas: primero, la astenia en el que irrumpe la competencia entre las grandes potencias; segundo, el apogeo del nacionalismo y soberanismo; y tercero, la polarización y susceptibilidad.
La pugna geopolítica entre Estados Unidos, Rusia y China ha estancado órganos clave como el Consejo de Seguridad de la ONU, trabando la resolución de conflictos internacionales. Asimismo, una cantidad ascendente de gobiernos antepone sus intereses nacionales inmediatos sobre los pactos globales, entendiendo las máximas internacionales como una obstrucción en su soberanía. Obviamente, se constata una desmembración entre los fallos de los organismos y el contexto existente de los ciudadanos. Lo que enardece razonamientos anti-ONU o aprensivos sobre la globalización.
“Hoy por hoy, la voluntad de tejer el mundo por medio del diálogo, normas e instituciones comunes por medio del multilateralismo, se encuentra en crisis”
A tenor de lo dicho, organizaciones como la OMC o agencias de salud, contraponen cercos financieros o burocráticos que reducen su capacidad operativa. Y a diestro y siniestro, transitamos de una modalidad centralizada a un mundo multipolar donde emergen coaliciones alternativas o hechuras de minilateralismo que no siempre acatan el derecho internacional. La ausencia de coordinación es incontrastable en el manejo diferencial de crisis climáticas, migraciones masivas y la normativización de nuevas tecnologías. Y por si fuera poco, la distinción de la administración Trump por el diálogo bilateral de cara a los foros multilaterales, se ha convertido en la ruina o el remate a muchas de esas organizaciones.
A resultas de todo ello, Estados Unidos puede reconocerse una potencia revisionista. Sin embargo, frente a las instituciones del viejo orden aparecen otros ímpetus como los BRICS o el Foro de Shanghái, que no llegan a modularse como organizaciones adecuadamente, pero intuyen una variante al orden liberal y predisponen un diálogo y cooperación escalonado entre las potencias revisionistas.
En consecuencia, residimos en un mundo en constante agitación y en el que ha desaparecido la divisoria entre la paz y la guerra. Una aldea global de aguda competencia entre los grandes poderes, en el que se manipula como ingenio la información, el comercio, la energía o la migración.
A un tiempo, nos hallamos profundamente interconectados y plenos de vulnerabilidades compartidas. Todo ello, desafiando envites de carácter global, como el cambio climático, la salud pública o la gobernanza económica que precisan de coordinación y cooperación. Un confuso y apurado contexto con estilos y deliberaciones de perfil neoimperial, donde prosigue furtivo el aguijón electoral de dobleces nacionales e identitarios que agrietan el diseño multilateral sobre la que en los últimos años ha gravitado el orden global.
No hay duda, que el multilateralismo, la voluntad de tejer el mundo por medio del diálogo, normas e instituciones comunes, se encuentra en grave crisis. El trazado multilateral reinante, fruto del orden internacional post 1945 y de sus contrapesos, ha dejado de irradiar y constituir las conexiones inestables de poder, perdiendo con ello preeminencia y legitimidad.
De la misma forma, el fulgor venido del autoritarismo, aislacionismo y unilateralismo o la sobrecarga soportada por las democracias a medias tintas, languidecen los cimientos de las instituciones internacionales. Aunque la vía multilateral es la receta por excelencia para solventar los desafíos complejos, es necesario examinar los obstáculos de la estructura de soporte institucional y tratar su restauración y reconstrucción, con la intención de mejorar en eficiencia, pertenencia y orientación a posibles resultados.
Queda claro, que es inexcusable abrir este debate.
Fijémonos en la invasión de Ucrania que si cabe, lo ha hecho más apremiante, porque de lo contrario, corremos el riesgo de avistar el descalabro de las instituciones internacionales por su inoperatividad.
En esta encrucijada por momentos sin salida, el multilateralismo reside en el mismo corazón de los valores de la UE y forman una simbiosis beneficiosa, producto de la argumentación multilateral aplicada para el proceso final de la integración europea. Apuntalar una Unión como actor geopolítico realista y acreditado, nos permitiría preservar con mayor garantía un orden global establecido en reglas y normas. Así, autonomía estratégica y fundamento del multilateralismo, son dos caras de la misma moneda. Para ello, es de obligado cumplimiento las alianzas con socios que en algunas circunstancias, en función de sus miras y fines, podrían pasar de un extremo a otro para corroborar su conveniencia.
Con la amenaza subyacente de una nueva bipolaridad, afrontar los grandes retos y escudar los intereses y valores genuinos, un multilateralismo remozado puede armonizar la emergente multipolaridad y encauzarla a través de instituciones y normas que no lleven por bandera la fuerza. Hoy por hoy, el pronunciamiento intransigente en los lazos internacionales.
En otras palabras: concentrar el ejercicio multilateral en soluciones perceptibles para la ciudadanía, como la contracción de la desigualdad y la salvaguardia de los derechos humanos. Ahora, la cooperación internacional se transforma en un terreno crucial de estudio. Su legitimidad, cambio tangible, medible y específico y capacidad de acomodación, están sobre la mesa.
Por lo tanto, reflexionar sobre el multilateralismo, entraña examinar a sus actores, instrumentos y descriptivas de la cooperación.






