Hoy en día sabemos cada vez más de la caza de ballenas en el Estrecho de Gibraltar en el pasado. Hace unos días Darío Bernal Casasola, miembro destacado del IEC, donó una obra al Instituto de Estudios Ceutíes de la que es el editor científico de la misma titulada, Arqueología de la pesca en el Estrecho de Gibraltar (Universidad de Cádiz, 2009), además de escribir un capítulo en ella denominado “Roma y la pesca de ballenas. Evidencias en el Fretum Gaditanum”, dándonos una valiosa información sobre la práctica de esta actividad en aquellos tiempos pretéritos por esta zona marítima.
En nuestra humilde opinión, los objetivos propuestos por el profesor Bernal los cumple con entera satisfacción. Para tal fin pone sobre el tapete una serie de señales evidentes relacionadas con la caza de ballenas en aquellas fechas pertenecientes a la historia antigua y consecuentemente nos explica el aprovechamiento de los recursos que tal práctica conllevó en aguas del Océano Atlántico y en el Estrecho de Gibraltar. Estas evidencias son arqueológicas y arqueozoológicas, abarcando la época romana. De tal manera que la práctica de la caza de grandes cetáceos por parte de los pescadores romanos, la podemos considerar como el precedente de las estaciones balleneras constatadas en los siglos XIX y XX, como hemos podido apreciar anteriormente.
Nos habla de testimonios literarios, como el de Opiano, un autor griego de Cilicia, que escribe un poema didáctico titulado Haliútica o De la Pesca, aproximadamente entre 177 y el 180 d.C. En esta obra se nos da referencias claras de la caza de la ballena con los métodos tradicionales en las aguas occidentales del Mar Ibérico:”pesca colectiva, maroma con anzuelo múltiple y carnada, uso de odres/calabazas secas como flotadores, amarre del cabo a la costa y remate del animal “cuerpo a cuerpo” con todo tipo de utensilios- arpones, tridentes, hoces y hachas. También se deduce del texto que se procedía a una pesca de ballenas aprovechando el varamiento de las mismas en la costa, circunstancias que se aprovechaban para atacar a dichos animales en las playas, cerca de la orilla”.
A modo de ejemplo, sobre las artes de pesca utilizadas, escribe que “para estos monstruos se emplea una maroma hecha con muchas hebras unidas y bien retorcidas, tan gruesas como el cable de una nave, ni muy grande ni muy pequeña, y de longitud adecuada a la presa. El anzuelo, bien forjado, está provisto de aguzadas puntas que se proyectan alternadamente a ambos lados, bastante fuerte para levantar una roca y taladrar un peñasco, y con espantosa curva, tan grande como la abertura de la bestia puede abarcar. Una torneada cadena se engancha al extremo del oscuro anzuelo, una vigorosa cadena de bruñido bronce capaz de soportar la terrible violencia de sus dientes y las lanzas de su boca. En medio de la cadena hay colocadas ruedecillas apretadas unas con otras, para frenar sus salvajes contorsiones y para que no rompa en seguida el hierro al desangrarse y retorcerse entre mortales dolores, sino que le permita rodar y girar en su loca carrera”.
Y es que los cazadores de ballenas en la antigüedad y hasta que Sven Foyn inventara el arpón explosivo, relegando a los museos marítimos aquellas armas que los acompañaban “como si fuesen a la guerra, muchos fuertes arpones, y macizos tridentes, y hoces, y hachas de pesadas hoja, y otras armas que forja el ruidoso yunque”.
La obra de Opiano es prolija en la descripción de la caza de ballenas, nos dice entre otras curiosidades las carnadas utilizadas para incitar a los balénidos a tragar el regalo envenenado a fin de capturarles. Así que el menú consistía “para el fatal banquete poner sobre el anzuelo una porción de negro hígado de toro, o un hombro de toro adecuado a las mandíbulas de la convidada”.
La operación de acoso y derribo se desarrolla impasible y con una determinación indeleble. Una serie de técnicas son utilizadas para facilitar el apresamiento de la ballena por parte de los pescadores que “arrojan dentro del agua grandes odres inflados con aliento humano atado a la cuerda; ella, atormentada por los dolores, no presta atención a las pieles, sino que las hunde ligeramente, aunque ofrecen resistencia y ansían vivamente la superficie del espumante mar. Pero, cuando llega al fondo con fatigado corazón, se detiene, angustiada, y arroja abundante espuma”.
En el momento que la ballena sale de nuevo a la superficie en busca de aire fresco para sus pulmones, comienzan a hacer una carnicería atroz los cazadores armados hasta los dientes que están esperando ese momento crucial. De manera que, “entonces uno blande en sus manos el tridente de largas puntas, otro la aguzada lanza, otros llevan la bien curvada hoz, otro esgrime el hacha de dos filos. Hay trabajo para todos; las manos de todos ellos están armadas con poderosas hachas de hierro y de cerca golpean e hieren a la bestia, abatiéndolas a golpes”.
Una vez cobrada la pieza “entonces la atan, y alevemente la remolcan a tierra, (…) y los pescadores, elevando el alto peán (canto coral griego en honor de Apolo, con frecuencia de carácter guerrero) la victoria, mientras bogan presurosos resuenan sobre el mar, cantando su canción de vivo ritmo para acelerar los remos”.
En relación al epígrafe de las primeras evidencias arqueozoológicas en Hispania, nos comunica el profesor Bernal que entre otros “un tercer yacimiento que ha aportado novedades al respecto es la fábrica de salazones de Septem Frates, en la orilla africana del Estrecho. Una reciente intervención arqueológica realizada a finales del año 2006 en la Plaza de África nº 3, ha permitido documentar una secuencia estratigráfica que se sitúa entre época medio imperial y la actualidad. A pesar de encontrarse dicha intervención aún inédita, a excepción del informe y el trabajo citado, podemos avanzar que los restos de época preislámica se relacionan con la gran factoría salazonera localizada en esta zona del casco urbano de Ceuta, entre el siglo II y el VI d.C., como han verificado los abundantes restos de recursos marinos procesados en estos niveles, el hallazgo de instrumental pesquero, y la cercanía de dichas estructuras a algunos saladeros como los de calle Gómez Marcelo o el propio paseo de las Palmeras”.
Hay que destacar en el transcurso de estas excavaciones que se han detectado “algunos restos óseos relacionables con cetáceos contextualizados estatigráficamente”. Uno sería “un fragmento superior a los 15 centímetros de longitud de la cara articular de una costilla, la cual presentaba muestra evidentes de termoalteración en su cara interna”. Otros serían “cinco restos de masa ósea interna de notables dimensiones, muy esponjosa, en algunos casos de dimensiones superiores a los 10 centímetros de longitud y sin resto alguno de la parte externa del hueso”, “su relación con vértebras o costillas de cetáceos es muy probable”.
El trabajo del profesor Bernal Casasola nos llevan a unas conclusiones claras y concretas que,”han servido para sentar las bases de la importancia de la pesca y explotación de cetáceos por parte de Roma, una temática de Historia Económica prácticamente olvidada por la investigación reciente. Con un origen “historiográfico” en el Medievo, en parte debido a la conocida marinería vasca y del Atlántico Norte, sabemos ahora que es importante retrotraer sus orígenes al menos hasta el Alto Imperio romano”, y en concreto en Ceuta.





