Ponen palabras en tu boca que nunca pronunciaste. Te adjudican hechos que nunca protagonizaste. El “te lo dije” no vale ni un pimiento. Así que ya me dirán qué hacemos.
No sé a ustedes, pero a mí que me den la razón cuando has pasado tres años putos sin que nadie te avale, no me vale una miseria.
Mi ordenador se para más que los autobuses que iban para Tarifa en los años 90, va acompasado conmigo que no consigo centrarme en nada y colapso a cada minuto. Si fuera Magefesa seguro que estaría echando vapor a chorros por la válvula de escape. Siempre le llame “pitorrillo” porque lo era… gracioso, chungón y cortito. También alegre, victorioso y con un sonido que te transportaba a paraísos de la gula con tu madre en delantal haciendo cosas en la cocina como de magia de la buena. Eso ya se ha borrado como las ofensas que -tras tres años- te dicen que olvides porque te has salido con la tuya. ¿Por qué entonces estoy tan cabreada? Quizás porque los que te dicen que te dan la razón lo que quieren es volver esa verdad a su favor y que les cunda.
Todo el mundo juega a ganar en este mundo no virtual de gente que va a la suya. Quién sino Trump para hacernos ver que solo hay que coger un sillón y vegetar lo suficiente para ver a los americanos y rusos- que se partían el alma en la guerra fría y con telones de acero- comerse la boca en realidad digital con Ucrania como espectadora obligada y sufrida.
Le debe pasar a los ucranianos lo que a mí cuando me dan la razón tras varapalos y congojas, cuando has mordido tus propias encías y has masticado tus lágrimas. Qué le importara a los que hayan muerto que se solucione un conflicto a costa de lo que sea, qué a aquellos que hicieron tales barbaridades que ni un Consejo de guerra sería capaz de subsanar. ¿Veremos a Indiana Jones haciéndose amigo de los nazis, o a Calavera Roja tomando martinis con el primer Capitán América?
No hay nada mejor que esperar para que el tiempo te dé la razón, solo que en ese intervalo nos consumimos como pasas, importándonos ya todo absolutamente nada. No sé si les gustan las películas de espías y políticos porque siempre terminan igual. Nadie es eterno en este planeta. Amarillo chillón como los Simpson sí, pero no eterno, afortunadamente. Con eso y unos años bisiestos a las espaldas todo nos dará absolutamente igual, incluso si llega el asteroide o antes la lían los cerebros privilegiados que gobiernan el mundo para exterminarnos a nosotros mismos.
No estoy hoy especialmente esperanzada, se habrán dado cuenta. No es para menos en un ciclo que se repite primavera tras primavera, elecciones tras elecciones. Los niños crecen y nos hacemos tiempo, las piernas duelen, los dientes se fugan de la boca, el corazón enlentece y nosotros aún seguimos pensando que los buenos ganaran y que todo va a ir a mejor , mientras nos disolvemos en la rutina y la vaciedad como el impoluto delantal de mi madre, su voz o la forma que tenía de decir las cosas . Los que no cumplimos más que edad, ni Carnavales, ni ferias, ni sueños, ni promesas, somos los huesos de los recuerdos, el caldo de puchero a las tres de la mañana y la hierbabuena que te cura la acidez de estómago. Somos el “ya te lo dije” que no reconoce nadie que no tenga algo que ganar a costa tuya.
Tenía poca esperanza en el género humano, pero con hijos ya me dirán que no sería sarcástico no confiar, aunque solo fiera por ellos, pero Trump me pone las pilas y me aligera el cuerpo que lo mismo volatiza un misil si no ceja en su empeño de meterse donde no le llaman para no se bien qué. No sé qué pensaran ustedes. ¿Se han levantado optimistas hoy?






