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Taj Mahal

"El Taj Mahal es una de las Maravillas del Mundo, lo construyó el emperador mogol Shah Jahan para honrar la muerte de su esposa favorita, Mumtaz Mahal"

Tras un día de trayecto en tren desde Jaisalmer llego exhausto a la ciudad de Agra. Cansado, dolorido pero expectante por la emoción de poder ver el mausoleo más famoso del planeta: el Taj Mahal.

La ciudad no es gran cosa, me recordó al Castillejos de mi niñez; calles estrechas y enfangadas, casas construidas de forma que erosionan las carreteras, demasiado juntas para que exista un mínimo de seguridad vial pero milagrosamente los conductores, viandantes y animales que deambulan por sus calles lo hacen como en un ensayado y sincronizado baile, solo el turista anda fuera de lugar. Sugerencia, cualquier desplazamiento hacedlo en tuk tuk, estaréis más seguros, aunque no lo parezca.

Me dirijo al hostel ya de noche cerrada, logré encontrar de camino un puesto que vendía bolas de carne con alguna verdura que desconocía. El hostel tiene una azotea con mesas y sillas de metal, ‘para desayunar con vistas al Taj Mahal’ dijo el recepcionista. Sentado allí comiendo bolas de carne y verdura, en medio de la oscuridad, logré divisar dos minaretes y la gran cúpula del mausoleo. Me impresionó y solo había visto una pequeña parte.

El Taj Mahal es una de las Maravillas del Mundo, lo construyó el emperador mogol Shah Jahan para honrar la muerte de su esposa favorita, Mumtaz Mahal. Se dice que el mausoleo es una de las mayores muestras de amor. Es realmente precioso el monumento de mármol blanco y merece la pena el viaje para ir a verlo.

Para ver, relativamente cómodo y sin demasiada gente, el Taj Mahal no queda otra que quitarte horas de sueño, evitas multitudes y tienes un aliciente añadido, ver amanecer desde el gran mausoleo te da un punto de vista único, a medida que el astro rey va haciendo su aparición hasta que baña por completo con su luz al marmóreo monumento lo ves cambiar de tonalidades hasta que se muestra en todo su esplendor rodeado de sus sencillos jardines y rectangulares estanques que no hacen más que acentuar la belleza de lo que se erige en la altura.

La primera vez que aparece ante tus ojos, desde la gran puerta de la fortaleza que lo rodea, impresiona y a medida que te vas acercando la impresión da paso a la admiración que te sobrecoge por la majestuosidad de su belleza, la altura de los cuatro minaretes que lo escoltan. Deberéis descalzaros para pasear entre el frío mármol que cubre todo el suelo, pasead sin prisas y disfrutad de cada tonalidad cambiante que se derrama por sus detalladas paredes.

Tendréis la oportunidad de entrar en el mausoleo y ver la tumba de Mumtaz Mahal, está prohibido hacer fotografías en su interior. La tumba está laboriosamente tallada en el mismo mármol que ha sido construido el resto de la edificación y rodeando la tumba hay levantadas murallas labradas con exquisita ornamentación.

Antes de salir, cerca de uno de los minaretes del Taj Mahal, contemplé las estribaciones del rio Yamuna y medité unas palabras que dieran sentido a tanta belleza…

Todos llevamos un Taj Mahal dentro. Historias de amor que hacen merecedora una vida. Vamos esculpiendo el mármol con cada latido del corazón que dejó de pertenecernos, con cada pensamiento imaginamos cuan grandioso será.

Cada Alma lleva un homenaje al amor consigo, unos épicos que el tiempo no puede borrar, otros inconclusos que la vegetación del olvido comienza a invadir. Amores anónimos que son arrastrados por el tiempo al país de los sueños rotos. A veces se construyen maravillas tan hermosas que transcienden vidas y todo cobra tal sentido armónico que cada piedra está predestinada a ocupar su lugar correcto en el momento exacto.

Todos llevamos un Taj Mahal dentro. De mármol y besos, de argamasa y lágrimas con filigranas de insomnio. Sin miedo al desliz, el orfebre adorna las almas desde el precipicio de lo desconocido; y así, poco a poco, va tomando forma el homenaje a la persona amada.

El verdadero Taj Mahal nunca lo veremos, se lo llevó Shah Jahan consigo en su último suspiro.

Shah Jahan murió en 1666 en un cuarto del fuerte rojo donde fue recluido por su hijo Aurangzeb y desde donde, todos los días en la distancia, veía el Taj Mahal.

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