La sublevación en la ciudad de Jaca que finalizó con el fusilamiento de los Capitanes Galán y García Hernández, supuso un sentimiento republicano imparable que impulsó el triunfo electoral de abril de 1931 desembocando en el fin de la monarquía de Alfonso XIII.
En enero de 1930, Alfonso XIII encargaba al General Berenguer la formación de un gobierno con la intención de restaurar la normalidad constitucional en la que republicanos y monárquicos marginados exigían una revisión de las leyes dictadas por Primo de Rivera (dimitido) y la restitución de los cargos cesados.
El General Emilio Mola, Director General de Seguridad, tenía conocimiento de un movimiento subversivo que se estaba gestando en la localidad de Jaca (Huesca) encabezado por el Capitán Fermín Galán Rodríguez, destinado en el Regimiento de Infantería Galicia núm. 19, al cual le remitía una carta.
Mí distinguido Capitán y amigo:
Sin otros títulos para dirigirme a usted que el de compañero y el de la amistad que me ofreció en agradecimiento por mi intervención en el violento incidente de Cudia Mahafora, le escribo. Sabe el Gobierno y sé yo sus actividades revolucionarias y sus propósitos de sublevarse con tropas de esa guarnición: el asunto es grave y puede acarrearle daños irreparables.
El actual Gobierno no ha asaltado el poder, y a ninguno de sus miembros puede echársele en cara haber tomado parte en movimientos de rebelión: tienen, pues, las manos libres para dejar que se aplique el Código de Justicia Militar inflexiblemente, sin remordimiento de haber sido ellos tratados con menor rigor.
Eso, por un lado; por otro, recuerde que nosotros no nos debemos ni a una ni a otra forma de gobierno, sino a la Patria, y que los hombres y armas que la Nación nos ha confiado no debemos emplearlos más que en su defensa.
Le ruego medite sobre lo que le digo, y, al resolver, no se deje guiar por un apasionamiento pasajero, sino por lo que le dicte su conciencia. Si hace algún viaje a Madrid, le agradecería tuviera la bondad de verme. No es el precio a la defensa que de usted hice ante el general Serrano, ni menos una orden; es simplemente el deseo de su buen amigo que le aprecia de veras y le abraza.
Emilio Mola.
Anteriormente el diecisiete de agosto, diversas fuerzas políticas habían firmado el Pacto de San Sebastián con el objetivo de derrocar la monarquía de Alfonso XIII y proclamar la II República llegándose a acuerdos que se centraron en tres pilares, en un cambio de régimen, proclamar la República y poner fin a la monarquía; en la cuestión de Cataluña, acordándose que el futuro Estado republicano reconocería la autonomía de Cataluña, permitiendo que esta redactara su propio Estatuto de Autonomía, y más tarde sometido a la aprobación de las Cortes Constituyentes y creación de un Comité Revolucionario presidido por Niceto Alcalá-Zamora, encargado de dirigir la estrategia para el cambio de régimen, creándose el Gobierno Provisional de la República.
Este compromiso desembocó en diciembre del mismo año en un levantamiento militar encabezado por el Capitán Fermín Galán Rodríguez (líder del movimiento), Capitán Ángel García Hernández, jefe de la compañía de ametralladoras del Regimiento de Infantería Galicia núm. 19, Capitán Salvador Sediles Moreno, disponible en la 1ª Región Militar, Capitán Miguel Gallo Martínez, disponible en la 2ª Región Militar y Capitán de Artillería Luis Salinas de la Rosa, disponible forzoso y los Tenientes Manuel Muñiz Izquierdo del Regimiento de Infantería Galicia núm. 19, Miguel Fernández Gámez del Batallón de Montaña núm. 8 y Arturo Gisbert Blay del Regimiento de Infantería Galicia núm. 19; todos ellos pertenecientes a la organización clandestina Unión Militar Republicana, cuadros de mandos que estaban dispuestos a arriesgar su carrera para cambiar el sistema político del país.
Contaban con el apoyo de un Comité Revolucionario local jacetano integrado por Antonio Beltrán Casaña, “el Esquinazau”, considerado el cabecilla de la trama, Alfonso Rodríguez de Drua, “el Relojero” y Julián Borderas Pallaruelo, “el Sastre”, (estos dos últimos vinculados a la Agrupación Socialista) que servían de puente entre los militares de la UMR y los grupos de paisanos republicanos de la zona.
A las cinco de la madrugada del día doce de diciembre de 1930, Galán, García Hernández y Gallo sublevan al Regimiento de Infantería Galicia núm. 19 sito en el Cuartel de la Victoria; mientras que Salinas, Mendoza y Marín se dirigen a la Ciudadela a sublevar al Batallón de Montaña La Palma núm. 8, y a la batería de Artillería perteneciente al Regimiento de Artillería a pie núm. 5.
Hacia las seis de la mañana se había completado el levantamiento, dando comienzo a la conocida “Sublevación de Jaca”.
A las once de la mañana Fermín Galán proclama la República en el Ayuntamiento de Jaca "en nombre del Gobierno Provisional Revolucionario", publicando un bando que manda fijar en las calles de Jaca:
“Como Delegado del Comité Revolucionario Nacional, a todos los habitantes de esta Ciudad y Demarcación hago saber:
Artículo único: Aquel que se oponga de palabra o por escrito, que conspire o haga armas contra la República naciente será fusilado sin formación de causa”.
Dado en Jaca a 12 de Diciembre de 1930. Fermín Galán.
Los sublevados forman dos columnas dirigiéndose hacia Huesca, en donde esperan a algunos de los oficiales allí destinados, uniéndose las fuerzas de esa guarnición.
El Gobierno, alertado de lo que sucede por una funcionaria de la oficina de Telégrafos de Jaca (Anita Companys), reacciona con rapidez y, a través del Capitán General de la Región militar, trata de cortar el avance de los sublevados hasta Huesca, disponiendo el despliegue de tropas.
Bajo el mando superior del General Ángel Dolla Lahoz, se organizaron dos columnas principales que convergieron en las Lomas de Cillas (a unos 3 km de Huesca) para detener el avance de los rebeldes, la Columna de Huesca, formada principalmente por el Regimiento de Infantería Valladolid núm. 74 de guarnición en Huesca, una sección de ametralladoras y una batería de artillería.
Galán confiaba en que este Regimiento se uniría a su causa al llegar a las puertas de la ciudad, pero la unidad se mantuvo leal al Gobierno y formó la línea de defensa principal.
Y la Columna de Zaragoza, fuerza de refuerzo que sumaba unos 1.500 hombres que incluía el 5º Regimiento de Artillería y el Escuadrón de Caballería Castillejos, entraron en Jaca para restablecer el orden.
Se produjo una retirada en completo desorden y en varias direcciones, persiguiendo a los sublevados que fueron algunos hechos prisioneros y recogiendo material de guerra y otros efectos abandonados.
Ante la situación que se presentaba, los capitanes García Hernández y Salinas según órdenes recibidas por el jefe de la Columna sublevada, se entregaron ante un Comandante que los llevo en presencia del General Dolla, el cual ordenó la detención y entrega al Gobernador Militar de Huesca, General Joaquín Gay Borrás.
La Guardia Civil y Carabineros, se enfrentaron a los sublevados en momentos clave, como el tiroteo en Anzánigo, donde resultó herido de muerte el gobernador militar de Huesca, el General Manuel de las Heras Jiménez, quien intentaba detener la columna de Galán.
Galán, permanece en medio del fuego cruzado, hasta que unos oficiales lo suben en uno de los coches emprendiendo la huida y tras unos kilómetros recorridos, ordena parar el vehículo en las proximidades de Biscarrués, dirigiéndose a pie en compañía de otros dos oficiales entregándose al alcalde del pueblo, como única autoridad presente con la intención de salvar la vida de García Hernández y Salinas. Avisada la Guardia Civil, una dotación del Cuerpo se hace cargo de los tres prisioneros, conduciéndolos hasta el Gobierno Militar de Huesca.
El Capitán General de la V Región, General Jorge Fernández de Heredia y Adalid, siguiendo órdenes de Madrid ordenaba al Gobernador militar de Huesca, que se iniciara inmediatamente un juicio sumarísimo en el Cuartel Pedro I.
En la mañana del día 13, a las 10 horas comenzaban los interrogatorios de los detenidos. El Capitán García Hernández aduce que el objetivo del levantamiento era el cambio de gobierno. A la una de la madrugada del día 14 se realiza las diligencias del procesamiento a Galán.
Previo dictamen del Auditor de División José Cabezas Piquer, fue elevado para su vista y fallo.
A las cinco de la mañana del día catorce se formó el tribunal juzgándose la Causa 327/1930, contra los acusados, Fermín Galán Rodríguez y Ángel García Hernández junto a otros encausados por el delito de rebelión militar, tipificados en los artículos 237 y 238 del Código de Justicia Militar de 1890.
El tribunal militar dictó pena de muerte para Galán y García Hernández. Otros implicados, como los Capitanes Sediles, Salinas o Montero, fueron condenados a reclusión perpetua.
La sentencia la comunicó el Capitán General de la Quinta Región Militar al propio Dámaso Berenguer, a las 11.30 horas, que se encontraba reunido con su Gobierno en Madrid:
"Fallamos que debemos condenar y condenamos a los Capitanes de Infantería Don Fermín Galán Rodríguez y Don Ángel García Hernández a la pena de muerte, con las accesorias de degradación y pérdida de todos sus derechos, como autores de un delito de rebelión militar previsto en el número primero del artículo doscientos treinta y siete..."
Dado que eran oficiales, no fueron recluidos en celdas comunes, sino que se les permitió pasar sus últimas horas en el dormitorio de un oficial del cuartel donde estuvieron acompañados por el capitán Vallés, quien había ejercido como su abogado defensor durante el juicio y con quien mantenían una relación de respeto y camaradería.
Se asignaron dos sacerdotes (capellanes castrenses) para prestarles auxilio espiritual, mientras que García Hernández, de profundas convicciones católicas, se confesó y comulgó, Galán, laico y republicano, rechazó los sacramentos, aunque trató al sacerdote con absoluta cortesía, pidiéndole incluso un abrazo "como hombre" pero no como clérigo.
Posteriormente fueron subidos a un camión, siendo trasladados al polvorín de Fornillos, donde a las tres de la tarde formaron dos piquetes, compuestos cada uno por un Sargento, un cabo y ocho soldados, al mando del Capitán Eugenio de la Fuente Arce de la Zona Palma núm. 48 y Alférez José Pérez Lafuente perteneciente al Regimiento de Infantería Valladolid núm. 74 respectivamente.
El acta de ejecución fue redactada y firmada por el Secretario de la Causa, quien certificó el cumplimiento del fallo del Consejo de Guerra Sumarísimo, procediéndose a la lectura íntegra de la sentencia ante los reos, despojándose de insignias y mando, Galán solicitó y se le permitió morir con su uniforme (aceptando una capa del Capitán Vallés para el frío).
Colocados frente al paredón, se negaron a que les vendaran los ojos, siendo las últimas palabras de Fermín Galán ¡Viva la República!”». Tras la muerte real de ambos, fue firmado el certificado de defunción: "Reconocidos los cadáveres de los ejecutados, se certifica su muerte real producida por heridas de arma de fuego en centros vitales". Ambos oficiales están enterrados en el cementerio civil de Huesca.
El objetivo primordial de la sublevación de Jaca fue la instauración de la Segunda República mediante la fuerza de las armas. Con el Pacto de San Sebastián, los capitanes Galán y García Hernández pretendían derribar el gobierno de Berenguer, proclamando un gobierno provisional que devolviera la soberanía al pueblo español a través de unas Cortes Constituyentes. Se adelantaron tres días a la fecha pactada, el quince de diciembre, para iniciar el levantamiento pero al actuar de forma aislada el día doce, el Gobierno tuvo tiempo de reaccionar, enviar tropas y sofocar la sublevación.
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