Perteneciente a la Ley 7/2006, de 24 de octubre, sobre potestades administrativas en materia de determinadas actividades de ocio en los espacios abiertos de los municipios de Andalucía, ó, para que resulte aún más sencillo, lo entendido por ‘Botellón’.
Volviendo al escrito, esto no marcará lo propuesto en estás líneas si no, por consiguiente, un pequeño apartado chirriante del artículo Artículo 3, que dice así:
Artículo 3. Limitaciones.Sin perjuicio del cumplimiento de las normas aplicables en materia de orden público y de seguridad ciudadana, así comolas relativas a prevención y asistencia en materia de drogas y espectáculos públicos y actividades recreativas, queda prohibido, en relación con las actividades de ocio desarrolladas en los espacios abiertos de los términos municipales de Andalucía...:
h) El consumo de bebidas alcohólicas por menores de dieciocho años en los espacios abiertos definidos en el artículo 1.3.
Probablemente, esto suscitará acaecidas interrogaciones debidas al impacto visual de una pequeña(¿Pequeña?) zona improvisada que nuestro ayuntamiento facilita a los jóvenes para practicar el famoso juego del botellón, encontrándose ella en el puerto. Respecto al apartado, no queda de tal modo claro si uno da un paseo cualquier viernes sobre las diez y media de la noche por este pequeño terreno propiciado al blasfemismo.
Como ésta y muchas leyes y muchos más apartados, nos encontramos con todo tipo de prohibiciones, recalcando en ellas la minoría de edad y el alcohol como conjunto. Pues díganme si no sucede esto. Saber cuándo la sociedad llega a un límite en que nada es lo que importa, ni nada lo que sucede. No hay mayor oprobio que ver la infancia pataleada y destruida, símbolo de debilidad y falta de respeto así mismo. Ver a estos jóvenes regozijándose entre ellos, bebiendo y bebiendo, cayendo y cayendo, una y otra vez sin un ápice cariño hacia sí mismos, viendo evocados los más trágicos sucesos.
Otro punto aparte es la reacción inmóvil de los cuerpos de seguridad ciudadana, que paseando una y otra vez ante el descaro de estos chavales, hacen caso omiso a ninguno de ellos y sus actos, siendo estos impunes a todo. Quisiera yo, un día de estos, ver un hijo y su padre patrullando la calle, pero este menor con amigos bebiendo en ella. Otro gallo cantaría.
Admitiré que mi corazón se encoge cuando estos pensamientos rondan mi cabeza,siendo golpeado duramente con el escepticismo atroz reinante a cerca del poco hacer de todo el mundo y su pasividad continua, tan descorazonadora que pensar como un obtuso se vuelve la mejor manera de lucidez.
Este llamamiento a la autoridad tanto de los cuerpos locales como de los padres que ignoran el comportamiento de sus hijos (otros simplemente lo aceptan), que piensen en su efecto y se esfuercen algo más en ello, pensando desde un punto de vista mucho más paterno y apartar a su hijo del despropósito del alcohol y sobre todo, de aquel pequeño ‘habitáculo’ repleto de infamias e inmundicias llamado botellón.
Llegará el momento en el qué, como Diógenes, habrá que salir a buscar de entre todos los seres, un hombre.
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