De un tiempo a esta parte Ceuta ha quedado estancada en un extraño silencio. Están ocurriendo situaciones gravísimas, pero la población parece haberse construido una concha para evitar que esto le afecte. El resultado no es otro que un pasotismo que amenaza con ser enfermizo. Es como si no nos importara nada lo que sucede, como si viéramos normal lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Son muy pocas las voces críticas que se alzan y, de hacerlo, son sometidas a todo tipo de presiones. Esto es así porque al poder le gusta un control excesivo sobre todo lo que pueda desestabilizarlo.
El silencio deja espacio al abandono. Y el abandono al tercermundismo. No sé en qué momento dejamos de pelear por tener una zona portuaria digna para ver normal cómo decenas de críos se suben a los techos y apedrean todo lo que les viene en gana, sin que esto suponga reacción alguna del sistema. Ha habido muertes, pero nada cambia.
No sé en qué momento dejamos de pelear por disponer de una Ceuta comunicada y nos perdimos en una frontera caótica. Dejamos convertir en ‘normal’ las eternas colas, las avalanchas, que hombres y mujeres sean golpeadas, vejadas y extorsionadas delante de nuestras narices. Me perdí el día en el que dejamos aparcada la dignidad para convertir el entorno fronterizo en un caos. Caos consentido por el PP, que ahora juega en sus discursos a anteponer unos conceptos sobre otros. Se burla de nosotros, se están riendo a la cara, no saben como evitar su responsabilidad sobre una frontera que el propio PP reformó para convertirla en un esqueleto odioso, con tubos inhumanos, con escaleras derribadas porque sí para terminar ocupando una playa. Ahora nos vienen con discursos que, solo pronunciarlos, deberían causarles sonrojo. Pero eso es pedir demasiado a quien está enfermo de poder.
No sé en que momento dejamos de luchar por la dignidad de un pueblo que salga a la calle a exigir lo que debe recibir, sin que ello suponga buscarse enemigos. Exigir con contundencia, sin miedos, sin que eso suponga tener que agachar la cabeza y hacer las maletas como si viviéramos en la época en la que los poderosos llamaban a la Guardia Civil para aplicar destierros.
El silencio, mirar hacia otro lado, callar la protesta aunque se sepa que nada funciona como debiera no tienen que ser marcas de un pueblo que, si mira hacia atrás, recogió protestas que ahora muchos se empecinan en negar.





