Opinión

El silbo de las campesinas

Enl reportaje sobre el fotógrafo escritor Juan Antonio Muñoz me ha hecho usar la memoria, y me refiero a su amor por el ritmo de vida de los bereberes, en el sur de Marruecos.

Pronto comprendí que la edad de la juventud habría de ser tierra de descubrimientos, así, decidí compartir mis energías como estudiante de periodismo con la faceta de intrépido aventurero. A fin de cuentas, qué es el periodista sino el cronista de otras culturas, un viajero insaciable.

Resulta que en Madrid compartía piso con unos aficionados a la escalada libre. Ellos habían recorrido medio mundo culminando las paredes más imposibles, y surgió el plan de escalar las vías de la Garganta del Todra, en los palmerales que dan entrada al erg del Sáhara.

Dicen algunos mitólogos que allí se sitúan los Jardines de Hesperides, y sus árboles con frutos de oro. A cambio, conocí la humildad del pueblo beréber y su despensa interminable de jugosos dátiles.

El caso es que mientras mis amigos se dedicaban a explorar las vías de escalada, yo acepté la solicitud de amistad de un grupo de jóvenes lugareños.

Ellos me enseñaron las grandezas de la cultura beréber, y su orgullo de mantener el equilibrio entre el desarrollo de la comunidad y el entorno natural, así pasaran los años.

A la par que hervía y fructificaba el té con tomillo sobre unas brasas, tenían lugar viejas leyendas, de sabios escondidos y pueblos heroicos, símbolos del triunfo sobre la destrucción del ecosistema y sobre la pauperización de la dignidad.

En los confines de la noche mágica, bajo el cielo plagado de estrellas, acongojado por las siluetas de la roca milenaria, medité sobre los límites de la felicidad, sobre la delgada línea que separa el decoro de la necesidad.

Entonces, entre las luces que anuncian el alba, escuché el ruido dulce de unos silbidos, y estos sonidos me hicieron despertar del sueño, y más allá despertaron mi conciencia.

En la lejanía, unas campesinas bajaban por las laderas con las espaldas atestadas de ramajes. Supongo que habría que alimentar el horno del pan, y la cocción de la sémola.

Supongo que habrá quien acuda al pensamiento crítico de la mujer en estas culturas, pero quien soy yo para juzgar.

En la despedida, le regalé mi walkman al joven Mohamed, con una cinta de los Ramones.

Volvería por dos veces a aquellos paisajes, y Mohamed, en las noches, tarareaba de corrido alguna de las canciones de la cinta.

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