Es por la tarde, en esas casas de la calle Francisco Lería que tienen más de 75 años. Los que están encima del Bingo África y detrás de la parroquia de Santa Teresa.
La mayor parte son vecinos ‘de toda la vida’, y por eso sorprendió lo que sucede desde el viernes pasado en la calle.
Tres días después del viernes convulso, un niño y una niña juegan en la puerta de la casa. Él, con coches de juguete. Ella, más bien mira. Tienen la puerta abierta, y aparece la madre de la niña con otra mujer. “Sí, somos ocupas”, reconoce, aunque no tiene muchas ganas de hablar. Aunque niega haber forzado la puerta, y asegura que “estaba abierta” cuando entraron, el viernes pasado. Madres sin recursos que buscan un techo para su familia. “Vamos de casa en casa”, explica.
El problema, en este caso, es que la casa tenía inquilinos. Un matrimonio mayor, ella viviendo desde que tenía dos años en la misma vivienda. “Yo lo entiendo. Una mujer soltera, con un hijo, que no tiene dónde ir, y entra. La Constitución dice que todo el mundo tiene derecho a una vivienda, pero digo yo que algo tendrán que pagar, ¿no?”. Quien se queja no es ninguno de los dos inquilinos, sino Joaquín Hidalgo, uno de sus hijos, que se llevó el viernes la sorpresa.
“Me llamó una de las vecinas avisándome de que estaban, y fuimos”, relata. Lo que se encontró, cuenta, es “la puerta abierta, y una furgoneta en la que estaban sacando muebles y objetos personales”. Objetos personales. “No de gran valor material, pero sí sentimental”, continúa Hidalgo. Álbumes de fotos, o el antiguo tricornio de gala de su padre.
Según cuenta, lo que hizo fue llamar a la Policía Nacional. “Nos decían que ahora ellos eran los nuevos inquilinos, que no los podíamos echar, y que no podíamos entrar. Por supuesto, ellos decían que se habían encontrado las cosas fuera y que la puerta estaba abierta. Entiendo que lo que hacen está dentro de la ley, ¿pero entonces la ley protege al delincuente?”, reflexiona Hidalgo.
Todo esto sucedió hacia las cuatro de la tarde, cuando Hidalgo se dirigió, avisado, hacia la casa de sus padres quienes, ajenos a la realidad, volvían a la ciudad de la península, donde últimamente residían a temporadas. “La Policía no les denunció, no les tomó nota. Les pidieron a todos la documentación, pero, vaya sorpresa, sólo la tenía el de la furgoneta, porque llevaba los papeles del vehículo”, explica.
La denuncia se tuvo que hacer, por parte de ellos, en la comisaría de Colón, donde les dijeron que el lunes ya estaría hecho y sacarían a los ocupas de la casa, según cuenta. “Pero hemos ido esta mañana, y aún no habían pasado los papeles al juzgado”, cuenta desanimado Hidalgo.
Tras hacer la denuncia, el viernes, volvieron al lugar. “La mitad de las bolsas habían desaparecido. Forcejeé con uno de ellos. Volví a llamar a la Policía. Ya que no les podían denunciar por entraron en la casa, por lo menos por robo. Pero no lo hicieron, a pesar de que volví a llamarles y volvieron”, asegura. Cuenta que les pilló llevándose las bolsas y los muebles. “Al parecer, los venden en Marruecos. Puedo entender que entren en casa si no tiene, pero es que robar... Y más que después de que ellos me dijeron que había hablado con ellos, y me había portado bien, no es de recibo”, se queja. Y sobre todo se queja de que después de llamar a la Policía no sucedió nada.
Tampoco, explica, el propietario (la vivienda está en alquiler) hace nada por ayudarles. “Se lo dijimos, y nos comentó que tenía conocimiento, simplemente”.
Y, como dice el refrán, si no hay bien que por mal no venga, algo bueno saldrá. Los hasta ahora inquilinos de esa vivienda rescindirán su contrato. “Son ya mayores, llevamos mucho tiempo diciéndoles que dejen su casa, que vayan a la península, que allí hay médicos para todo, y que si tienen que venir a Ceuta ya estarán en casa de algún hijo”, asegura Joaquín Hidalgo.






