Tras la Segunda Guerra Mundial, lejos de corregirse el predominio del Estado sobre la comunidad nacional (a la que se supone debería servir y constituye su fundamento), ha crecido y se ha ido anteponiendo a la comunidad en la misma medida que ha ido ahogando al ciudadano con su burocracia omnipresente, de manera que el Estado no deja espacio en la vida pública y social para nada que no sea él mismo Como ya barruntaba Ernst Jünger y vaticinaba Bertrand de Juovenel, hemos asistido a un crecimiento indiscriminado del Estado que ha sobrepasado el ámbito político para invadir el ámbito cultural, social e incluso familiar (claro ejemplo de ello lo encontramos en las políticas estatales basadas en la ideológia de género). La construcción del Estado de bienestar, basado en un sistema económico altamente productivo partiendo de la idea de progreso y desarrollo, ha logrado que la población espere y confíe en una protección estatal que permite justificar todo tipo de actuaciones que invaden la esfera privada del individuo, confiscan su patrimonio y suplantan la acción social de la comunidad. Desde este consenso capitalismo-socialdemocracia se ha conseguido desarrollar, con métodos más moderados y sutiles que el estado totalitario, un control sociológico que ha ido debilitando a la comunidad y reducido a sus miembros a individuos aislados incapaces de cualquier acción política alternativa.
Con el fin de la guerra fría y el desmoronamiento del bloque soviético el desarrollo del capitalismo ha roto las fronteras de la economía gracias a que los avances tecnológicos de la era digital y la facilidad del transporte han posibilitado la creación de un mercado global. Paralelamente el Estado-nación soberano viene perdiendo su posición como único órgano de poder. Algunas de sus funciones soberanas han sido cedidas a organizaciones supranacionales como la ONU, a nivel planetario, o la Unión Europa, a nivel regional. La fragmentación social por su parte ha venido socavando la comunidad nacional, llegando a extremos de tribalización como está sucediendo en España. La inmigración masiva y las fronteras flexibles también están contribuyendo al debilitamiento de la sociedad y la cultura que se han construido sobre la base de la Nación. Además, ha irrumpido una nueva forma de soberanía, basada en el poderío económico y en el monopolio. Se trata de las grandes corporaciones, que, sin ningún tipo de respaldo popular y sin ningún tipo de vínculo con ninguna comunidad nacional, no solo condicionan las decisiones gubernamentales, tanto a nivel interno como exterior, sino que están en condiciones de decidir las políticas de los Estados-nación (De nuevo sólo debemos volver la mirada al Foro de Davos para ver ejemplificado este hecho).
Nos encontramos ante una nueva soberanía global emergente, que está constituyendo un régimen político transnacional, por un lado, a partir de organizaciones supranacionales, donde se está insertado la soberanía de los Estados-nación, y por otro, a partir del poder económico de las grandes corporaciones, que el fenómeno de la globalización ha colocado en una posición que ha desplazado a los mismos Estados-nación en capacidad de decisión. De momento el Estado-Nación no ha desaparecido, sin embargo, tiene que compartir cada vez más su poder con estos órganos, instituciones y entidades supranacionales creadoras de políticas.
Tenemos que comprender que la globalización no está desmantelando el Estado, lo que se esta desmantelando es la comunidad nacional y con ella la soberanía nacional. Las decisiones de gobierno no coinciden con los que son afectados por las mismas, las políticas son sustraídas a la formación democrática de la opinión y de la voluntad interna de los pueblos, pasando de las instancias nacionales de decisión a una mega estructura formada por las organizaciones supranacionales y las corporaciones multinacionales, que controlan los mecanismos de regulación de los mercados, los flujos monetarios, los fondos de inversión, la deuda de los Estados, las redes digitales, la gestión de las nuevas tecnologías y los canales de información y comunicación. Ya no es la comunidad nacional la que fija los términos del debate político y social, son estas corporaciones multinacionales y las organizaciones trasnacionales las que día a día avanzan en el dominio de los acontecimientos.
Pérdida la conexión estatal con la comunidad nacional, el Estado, aislado de su fundamento ontológico, no consigue defender a sus ciudadanos contra los efectos y las decisiones de otros actores fuera de sus fronteras. Una vez se logre sepultar a las naciones, el mundialismo pretende la metamorfosis del Estado para usarlo como la estructura burocrática que le va a permitir controlar casi todos los aspectos de la existencia del ser humano reducido a individuo dentro de la masa global de consumidores y productores. El ataque iniciado contra las instituciones comunitarias naturales, de triunfar, desembocará en una nueva forma de organización política, el Estado-Corporación.






