La agenda globalista se vale de una gran farsa igualitaria para implantar el socialismo entre la población mientras refuerza al gran capital. Por ejemplo, el Plan de Inversiones del Pacto Verde Europeo y el Mecanismo para una Transición Justa, supondrá la movilización de un mínimo de 100 000 millones de euros durante el período 2021-2027, dinero que saldrá del contribuyente europeo, pero que los políticos podrán en manos de las corporaciones que dirigirán económicamente la transición verde. Otro tanto sucede con la transición digital, para cuyo éxito se dedicará el 20 % del fondo previsto para la recuperación de los efectos del COVID-19, pero que, en vez de acabar en las manos de las PYMES, de nuevo tendrá como principales beneficiarios a las grandes corporaciones. La política monetaria del Banco Central Europeo y la FED, seguirá castigando al ahorrador y generando una descomunal deuda que acabará desembocando en la deuda perpetua que preconizan Soros y los suyos. De esta manera los Estados deberán dedicar la mayor parte de sus presupuestos a pagar, año tras año, los intereses de esa deuda perpetua. Paralelamente las subidas de impuestos empobrecerán paulatinamente a las clases medias, para satisfacer el pago de estos intereses y costear, a través de la redistribución de la riqueza, el Estado de bienestar y la inclusión en la rueda del consumo de quienes reciben prestaciones sin aportar valor añadido a la comunidad, como inmigrantes ilegales, okupas o profesionales de la subvención. Con una clase media depauperada, la sociedad estará lista para hacer posible el objetivo que anuncia el Foro de Davos, eliminar la propiedad privada (la nuestra) para que seamos felices alquilando (a ellos) lo que necesitemos. La trampa se habrá cerrado, los seres humanos seremos reducidos a consumidores, productores y contribuyentes. El globalismo, persigue la destrucción del concepto tradicional de propiedad privada, pues no tiene sitio en la sociedad universal abierta regida por los valores del consenso capitalismo-socialdemocracia, donde sólo habrá dos categorías, la élite dirigente y el hombre común masificado por el igualitarismo global, tal y como sucedía en la Unión Soviética, pero con un modelo económico y cultural de consumismo individualista, que, en cierto modo, no sería muy diferente del que impera actualmente en China.
En el polo opuesto se sitúan quienes defienden la subsistencia de las comunidades naturales. En Europa, el Grupo de Visegrado y diversos partidos en la Europa del Oeste reivindican la defensa de la comunidad nacional y la familia tradicional. En el “Manifiesto de París: Una Europa en la que podemos creer” (2017), se recogen las aspiraciones de muchos intelectuales europeos que se niegan a la disolución de las naciones y al desmantelamiento de Europa como modelo civilizacional.
Pese a que los partidarios de la Agenda 2030 cuentan con un importante respaldo político y recursos económicos aplastantes, que les permite manipular el lenguaje y ocupar todos los espacios culturales a través de los que se desarrolla la sociedad, la alienación que las sociedades occidentales actuales están padeciendo debido a la globalización ha provocado entre sus habitantes descontento. Entre estos, por supuesto, están todos aquellos que valoran el hogar, la estabilidad, la tradición, la continuidad generacional y la comunidad cultural a la que pertenecen. Se les suman las clases medias y los trabajadores cuando comprueban que sus hijos no van a vivir mejor que ellos y la respuesta que reciben desde el poder son discursos sobre el empoderamiento de la mujer, alarmas sobre el cambio climático y medidas prestacionales de las que se benefician minorías que, en muchas ocasiones, como sucede con los inmigrantes, no han aportado nada o casi nada al sistema de cobertura social. La desconfianza ante el Mundo Feliz que nos anuncian crece en la misma medida que suben los apoyos a lo que han llamado partidos populistas de la nueva derecha o líderes como Orban, Bolsonaro o Trump.
El colapso sanitario y económico que ha provocado la epidemia del coronavirus nos acerca al momento histórico en que los derroteros de los pueblos se ha de decidir. Aún es tiempo para plantar cara y no rendirse ante lo inevitable, luchando contra el clima intelectual y moral que nos lleva a homologar políticas que son una clara amenaza contra las comunidades nacionales, la familia y la libertad.
Es evidente que se avecinan cambios, pero hay que tener muy presente que el escenario político e ideológico en el que se va a dilucidar nuestro futuro ya no está marcado por las líneas que separaban izquierda y derecha o capitalismo y socialismo, aunque la sobreinformación y la manipulación, cuando no nuestra inercia intelectual, tiendan a mantener aquellos paradigmas. Nos encontramos frente a un nuevo escenario en el que existe un nuevo conflicto que debe plantearse y entenderse en cuestión de comunidad frente a mundialismo. No creemos exagerar que estamos ante una crisis de cambio equiparable a la que se produjo con la caída del Imperio Romano, la Revolución Industrial o las Guerras Mundiales.






