Tras la aventura por tierras guatemaltecas volví a mi mágico San Cristóbal a pasar las fiestas navideñas y a conocer algunos pueblos del estado de Chiapas. Después de las inevitables comilonas de Pascua me fui a conocer San Juan Chamula, un pueblo maya pequeño con unas pocas calles que data del siglo XVI. Mi compañero era un potro criollo muy noble que se llamaba ‘Panchito’. Con él salí de San Cristóbal y entre campos y caminos de tierra llegamos a la entrada de San Juan Chamula, dejé pastando a ‘Panchito’ a las afueras del pueblo y llegué caminando hasta las ruinas de la iglesia de San Sebastián, data de la época de Hernán Cortez.
Sin techo por la huella del tiempo, la hierba cubre todo el piso, se nota que alguien se encarga de cuidar de la zona y que los restos de historia permanezcan.
Justo afuera las cruces del cementerio cubiertas de una especie de hierbas secas que se utilizan en la costumbre tzotzil. Tras el derrumbe de la iglesia de San Sebastián construyeron otra iglesia, mas grande, que aún perdura y está bien conservada, la iglesia de San Juan Bautista, con una gran fachada blanca y detalles azules, une las tradiciones prehispánicas con el catolicismo. Solo pude sacar una foto de la fachada, en el interior estaba totalmente prohibido sacar fotos, con multa de trescientos euros en pesos mexicanos. El interior de la iglesia es realmente hermoso, no hay nada de lujo, tan solo un Cristo al final y algunas estatuillas de santos y personas que tenían importancia en su cultura. No había bancos, en su lugar hierba seca y otras fresca que cubrían el piso como si fuera un pesebre, infinidad de velas, rituales de humo sagrado y gente orando en voz queda oraciones de la cultura tzotzil.
No pude hacer fotos pero el tiempo que pasé en esa iglesia es algo que difícilmente podré olvidar, no solo por el misticismo que lo envolvía todo, fui consciente del significado de la palabra Fe en tercera persona, pude sentir esa fuerza que salía de sus oraciones aunque no creía en esas palabras podía percibir la energía que trasmitía. A medida que te acercabas al altar daba la impresión de entrar en un viejo trastero lleno de recuerdos, extrañamente me sentí como en casa. Al salir me fui a pasear al mercado que había justo afuera de la iglesia, puestos de verdura y frutas aquí y allá sin ningún tipo de orden que hacían del mercado callejero un pequeño laberinto por donde costaba moverse a pesar de la ausencia de gente comprando. Me empapé de los olores que envolvían el mercado, algunos conocidos y otros que me eran ajenos. Anduve despacio, esquivando cestas y cajas, dándole la oportunidad a mi olfato de disfrutar de ese festival de aromas y antes de irme compré plátanos y manzanas en uno de los puestos.
Encontré a ‘Panchito’ pastando plácidamente donde lo dejé, le di una manzana y un plátano, devoró hasta la cascara. Las nubes en el horizonte auguraban lluvia pero aun así nos fuimos despacio como al final de una película del Oeste desandando el camino que nos llevó a San Juan Chamula.
Antes de fin de año, me fui más al norte de Tuxtla, a unas tres horas de San Cristóbal está Chicoasén, desde allí salen unas lanchas rápidas que te llevan por el rio Grijalva a través del Cañón del Sumidero. Desde lo alto del Cañón, a mil metros de altitud pude ver la majestuosidad de esa obra de arte de la Naturaleza.
El viento que arreciaba en lo alto daba más impresión de grandeza a lo que estaba contemplando y en lo alto, a no muchos metros, los halcones sobrevolaban antes de dejarse caer a lo largo del Cañón en busca de presa.
Una sinuosa carretera baja por tramos hasta el embarcadero de Chicoasén donde, con la ayuda de una lancha, iba a atravesar el Cañón del Sumidero. Desde el rio Grijalva las vistas de los farallones sobrecogen por su tamaño, en algunos tramos la selva cerrada hace presencia dejando ver cocodrilos de rio en la orilla y algunos monos aulladores entre las ramas en lo profundo de la espesura. En la parte más ancha del rio hay una pequeña isla donde anidan los zopilotes, las garzas llaman la atención por su blanco plumaje entre tantas aves negras y como si de un aeropuerto se tratara las aves van saliendo y llegando a la isla buscando comida. Antes de llegar al final del trayecto en Chiapa de Corzo algunos monos araña hicieron acto de presencia en la orilla izquierda dejándose caer entre las ramas como si fueran el mismo Tarzán. Cayendo el Sol llegué a Chiapa de Corzo, el rio emitía infinidad de destellos, una última mirada del Sol al rio Grijalva antes de esconderse en la espesura de arboles que había en la orilla oeste, el jaleo de los loros y los aullidos del mono despedían el intenso dia vivido.
¿Alguna vez te has preguntado qué intenta decirte tu perro o tu gato? Pues parece…
La Dirección General de Recursos Humanos de la Ciudad Autónoma de Ceuta ha hecho públicos…
El 24 de abril de 1976 se crea el Servicio del Parque Móvil del Ayuntamiento…
Las obras de reforma en la frontera marroquí atraviesan una fase importante en el tránsito…
Los vecinos de Sidi Embarek, Los Rosales, La Pantera, La Reina y Poblado Regulares también…
El soldado de Caballería que resultó herido este pasado martes tras un accidente con un…