Ya están aquí. Aquellos que comenzaron su andadura en plazas y en calles, en algaradas y concentraciones denostando y criticando al “régimen de partidos” , a la “partitocracia”, han tardado sólo unos meses en constituirse en partido político clásico con sus órganos tradicionales y su secretario general mediático y omnipresente que ha llegado para salvarnos a todos: Podemos.
Este país tiene una larga historia de “salvadores”. Europa tristemente también los ha padecido. Y por eso deberíamos reflexionar en profundidad sobre el fenómeno, sobre el Populismo rampante, sobre su origen, su posible evolución y sus potenciales consecuencias.
Realmente el populismo es un fenómeno que no es ni nacional ni nuevo. En el resto de Europa también están en auge formaciones populistas que se presentan como la solución ideal contra todos los males. La crisis económica parece haber agotado a las sociedades europeas que buscan ahora soluciones rápidas a sus problemas. En España los casos de corrupción y el deterioro de las instituciones han creado el caldo de cultivo necesario para que el discurso del odio germine y crezca. Así nace y crece Podemos. Se aprovechan de la rabia, del descontento y de la desesperanza de muchos, normalmente de los más débiles y los más golpeados por la crisis, para intentar auparse al poder con pocos escrúpulos democráticos. Son “el pueblo” y quien se opone a ellos es “la casta”. Es el discurso del odio y del enfrentamiento. Se describen como los defensores de los pobres y de los que menos tienen con un relato que, en otras latitudes muy queridas por ellos (Venezuela, Cuba o Bolivia) ya hemos visto tristemente a dónde ha llevado. No lo olvidemos: a eliminar la libertad y a extender la miseria. De hecho el populismo quiere tanto a los pobres que consigue que se multipliquen, porque en realidad con la generalización de la miseria van a seguir recibiendo el apoyo esas personas que buscan soluciones fáciles a sus grandes necesidades.
Podemos utiliza herramientas características del populismo como dividir a la sociedad para que se odie a algún grupo. Así lo han hecho con su exitoso concepto de lo que ellos llaman “casta”. Y, como muchos populistas, levantan pasiones. Pero ¿conocemos realmente la concreción de sus propuestas? En absoluto. Se mueven en la calculada indefinición para esconder la radicalidad de esas propuestas a los sectores trasversales de potenciales votantes moderados. Para no asustar. Cuando no tienen más remedio que plantear propuestas concretas las adornan de esa verborrea de “ricos contra pobres”, “troika contra los españoles”, o “un mundo mejor”. De nuevo la izquierda radical: llegó la marca blanca de la caduca Izquierda Unida. El maximalismo radical de hace meses ha dado paso a un tacticismo de indefinición calculada que les ha llevado hasta el extremo de renunciar a presentarse a las elecciones municipales: no quieren “mancharse” con los problemas reales de la gente, no quieren que se demuestre que realmente no tienen soluciones para el vecino que no tiene vivienda o el joven que busca a su alcalde para pedirle un trabajo, ni que alguno de sus posibles concejales resulte ser un corrupto. No quieren construir una alternativa desde abajo sino que aspiran a ocupar el poder de golpe y aprovechando la oportunidad que supone el azote de la crisis. O ahora o nunca.
Porque, más allá de una imagen juvenil y de protesta, más allá del uso masivo de las redes sociales, más allá de la presencia desmedida en la mayoría de los programas de las cadenas privadas de televisión… más allá de todo eso, un somero estudio de lo escasamente desvelado sobre sus pretensiones basta para observar lo muy antigua que suena la música que oímos. No es más que una nueva edición del marxismo-leninismo en el siglo XXI. Uno de sus líderes reconoció que aspiraba a instaurar en España un “leninismo suave”. Muy antiguo todo. Y muy peligroso para nuestra joven democracia.
Y ante ellos no cabe esconderse. Debemos reconocer que estos movimientos populistas solo germinan donde hay descomposición, florecen en países en crisis. Debemos reconocer la mayoría de errores y fallos que ellos mismos denuncian. Debemos reconocer el cansancio y la indignación de la sociedad. Pero debemos también levantar la cabeza con orgullo ante lo que la sociedad española ha sido capaz de alcanzar al amparo del régimen democrático que nació con la constitución del 78. Debemos reaccionar con decisión y ofreciendo respuestas. Tenemos que trabajar para conseguir una sociedad más justa y erradicar la corrupción, y para ello no es necesario “destruir” el régimen del 78 como dice Pablo Iglesias, sino su reforma en profundidad. Estamos saliendo de la crisis y este Gobierno está proponiendo y el Congreso aprobando leyes anticorrupción y en pro de la trasparencia como nunca se han conocido. Y darán fruto. Los españoles no queremos revolución, queremos evolución.
Cuando las democracias parecen enfermas, surgen médicos con la promesa de una cura radical y como, en cualquier caso, la enferma podría morir, todo vale. No caigamos en tamaño error. Trabajemos para construir, reformar y cambiar. Desconfiemos de los salvadores. De salvadores destructores, en España, ya hemos tenido bastante.
*Francisco Márquez - Diputado en el Congreso por Ceuta





