No hay descanso. Cruzar desde Marruecos a Ceuta se convierte en el objetivo constante, diario, de todos aquellos inmigrantes que buscan dejar su país eligiendo la peor ruta de todas, la emprendida a nado.
43 muertos ya. Una cifra que se ha normalizado a pesar de reflejar una auténtica tragedia nunca antes vista. Todos ellos eran jóvenes, incluso niños, procedentes en su mayoría de Marruecos o Argelia.
El último fallecido fue enterrado este pasado viernes en el cementerio de Sidi Embarek, ni siquiera se le pudo identificar. El Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil lo intenta en cada uno de los casos, pero no siempre es posible.
Dos de los últimos jóvenes fallecidos, cuyos cuerpos fueron localizados este mismo mes de noviembre, sí que han sido reseñados. No quedarán grabados como inmigrantes sin identificar.
Este domingo, en pleno aviso amarillo de lluvias, incluso tormentas y granizo, los llamados nadadores seguían emprendiendo ruta hacia Ceuta. La Guardia Civil auxilió al límite a un joven inmigrante que llegó a nado hasta la altura del Chorrillo-Juan XXIII.
Sin traje de neopreno, con el cuerpo comido por el frío, toparse con la unidad del Servicio Marítimo del Instituto Armado ha sido sin duda su salvación. Los agentes le auxiliaron y procedieron a su traslado al puerto.
El varón intentaba mantenerse a nado para llegar hasta la patrullera, que prácticamente centra sus servicios en localizar a los nadadores evitando así que las cifras de la tragedia vayan en aumento.
Las dos caras de la moneda que están enfrentadas hallan en su unión la forma de seguir con vida. Aunque los inmigrantes buscan ampliar su ruta para no ser detectados por la Benemérita, es precisamente el toparse con ellos lo que termina poniendo a salvo sus vidas.
Muchos de los inmigrantes muertos este año no lo han sido por ahogamiento, sino por cansancio y frío. Las rutas son cada vez más alejadas y no consiguen mantenerse hasta llegar a la pretendida meta.
Los intentos de cruce a nado de los inmigrantes no trascienden en las estadísticas oficiales. Son miles los que se han sucedido, la Guardia Civil sí sabe de ellos, aunque el Ministerio del Interior no los contabilice en las estadísticas que publica.
Tras esas cifras asoman los arriesgados cruces que solo ven los agentes. Personas a las que sacan al límite del mar o aquellos que ya no se ven, que se pierden en la ruta y ya no aparecen.
De algunas de esas historias se sabe por las denuncias de sus familiares. Alertan que estaban en el agua y que no llegaron ni a Ceuta ni a Marruecos. La pista se pierde en ese tramo que se ha convertido en el más peligroso de todos.
El cruce por mar es el más seguido por los inmigrantes, pero los saltos de la valla se producen a diario. En algunos casos con más riesgo, como sucedió el pasado viernes cuando los Bomberos tuvieron que auxiliar a un sudanés que se había fracturado el tobillo al sortear la doble barrera.
Las llegadas de subsaharianos al CETI son diarias, sus compatriotas que habitan el centro de estancia temporal de inmigrantes las recogen en vídeos.
Muchos de los que llegan ni siquiera han sido vistos y cuando se conoce su pase es en el momento de presentarse en el centro del Jaral, que tiene su capacidad de acogida de inmigrantes sobrepasada.
Para frenar el auténtico colapso del centro, siguen organizándose salidas a la Península contando con los huecos posibles que haya en los puntos de acogida al otro lado del Estrecho que también están al límite.
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