No siendo ni mucho menos la pretensión desgranar una visión global de lo que ciertamente aconteció en el territorio norteño en el primer tercio del siglo XX, así como ahondar en el desarrollo de los hechos militares, como desentrañar los decisivos cruces políticos en el colonialismo, comienzo sacando a la palestra que a cambio de conservar la circulación sin restricciones del Estrecho de Gibraltar y el Mediterráneo Occidental, Francia y Gran Bretaña brindaron a España la ocasión de poseer un Protectorado al Norte de Marruecos, que en definitiva se le otorgó en 1912. Pero la aparición española en un Estado fallido, políticamente partido sobre la base de diferentes cabilas o tribus, acarreó la disensión del nacionalismo marroquí, dando origen a un rosario de guerras.
En tanto, la Guerra de Melilla (9-VII/27-XI/1909) y el alistamiento inmediato de reservistas, dio paso a la negativa de las clases populares hasta desencadenar la Semana Trágica de Barcelona (26-VII/2-VIII/1909). Precedente por el que progresivamente se generaron las Fuerzas Militares en Marruecos con características diversificadas y bajo el mando de oficiales españoles. Me refiero a las Fuerzas Regulares Indígenas implantadas en 1911 y nueve años más tarde, el Tercio de Extranjeros.
Aquellos componentes de la milicia que llevaban el peso de las operaciones se toparon ante la ausencia de fuerzas militares o policiales, donde el monopolio del uso de la fuerza era ostentado por cabilas insumisas a la autoridad central. Son los denominados militares africanistas: un colectivo que iría moldeando una identidad exclusiva, producto de desarrollar la carrera de las armas en tierras africanas ante un contendiente que empleaba con refinamiento la guerra de guerrillas.
Aunque años después y a juicio de estudiosos de las campañas hispano-marroquíes, estos africanistas fraguaron un ideal imperialista contrapuesto a los derechos humanos y con descrédito al estamento civil, que colisionó con las reformas de la Segunda República (1931-1939). Es más, en el Protectorado se conformó una oficialidad que no se satisfizo con el control de Marruecos, sino que ambicionó y logró adjudicarse el dominio de España tras los flagelos de la Guerra Civil (17-VII-1936/1-IV-1939) en la que como es sabido el Ejército de África sería determinante para la victoria.
Quizás, esta oficialidad experimentara un fenómeno de asimilación de nuevos elementos discursivos de la africanidad, fruto de su trato extendido con los nativos de la zona y de su visual alicaída con respecto al entorno nacional. Y más aún, cuando esta guerra ante los rebeldes rifeños comenzó a acuñar una generación de hombres que más adelante promoverían la detonación de la Guerra Civil.
Luego, cabría interpelarse: ¿cómo se imprimió esta concepción y el modus operandi de un grupo bien definido de africanistas, en una ratonera dispuesta en el extremo noroeste de África: el Rif? Como quiera que sea, el colonialismo español no fue una anomalía dentro del universo occidental, sino uno de otros tantos patrones más. Porque desde cualquier óptica que se divisase y dadas las variables intervinientes, lo que se produjo es un colonialismo de segundo y tercer grado a la suerte de las grandes potencias, pero rondando en lo fundamental de las reglas de juego.
En base a lo planteado preliminarmente, la razón de ser del Ejército de Operaciones de África no puede descifrarse sin el ingrediente del africanismo. Pues las atracciones económicas, estratégicas y de otra inclinación en el Norte de África, predispusieron una atracción por la colonización de Marruecos con la puesta en escena de ambos Protectorados. A decir verdad, en el caso de España su espacio geográfico se convertiría en poco más o menos, una posesión de los militares en el que desempeñaban a sus anchas su influencia sin apenas importunación de los políticos.
Y en el que si cabe, con el transcurrir del tiempo se procesaría el caldo de cultivo apto para que se propagasen máximas peculiares de los militares que allí servían. Así, si la expresión ‘africanismo’ que rigurosamente clarifica el especialista de cualquier disciplina articulada con África, se utilizó para personalizar a los sujetos que acreditaban los intereses españoles al otro lado del Estrecho, ésta pasó a adoptarse para lo atañido con esa mentalidad entramada a fuego y sangre en las Campañas de Marruecos. Tampoco es baladí que se haya nutrido el ‘africanismo’ para encajarlo en dos líneas visiblemente inapelables.
Primero, quienes mantenían el respeto por la urbe autóctona, además de poseer una extensa percepción de la evidencia social y cultural del Protectorado y optar por abanderar los recursos pacíficos.
Y segundo, aquellos descritos por una tendencia ultraconservadora y prejuicios políticos antidemocráticos, compartidos por oficiales que perseguían realizar una carrera militar vertiginosa cimentada en los méritos de guerra y que a fin de cuentas, elogiaban praxis y alegatos vehementes asidos en el hábito guerrero. De entre estas dos dicotomías, la aportación de la segunda sería el caballo de batalla y la punta de lanza para incidir ampliamente en el bando sublevado durante el desarrollo de la Guerra Civil.
Dicho esto y sin perder el rastro de las connotaciones precedentes, aunque el rasgo fonético africanismo se encuentra por lo general aceptado, no deja de ser una patente altisonante para identificar el talante de una oficialidad sacudida por una sucesión de coyunturas principalmente desfavorables, desde una variante de combate para el que no estaba presto y en un marco escabroso y decadente que con asiduidad descorchaba la embocadura del abismo rifeño. Si bien, el africanismo no se ilustra sin el Desastre del 98 con el revés sufrido en la guerra hispano-estadounidense (25-IV/13-VIII/1898), ensoñado a grosso modo como cataclismo, deshonra, aislamiento, etc., el Imperio Jerifiano surgía como el remedio para curar el orgullo fracturado.
"El africanismo valorizó la figura del bereber insurrecto, integrando visuales de asombro por su temida furia guerrera con ideas o creencias simplificadas y generalizadas de desprecio"
Y es que para el estamento militar en un guarismo superlativo, el estropicio del 98 reivindica a duras penas reparar el agravio digerido. Pero únicamente unos pocos y destacados, respaldarán rescatar el esplendor y la gloria de la patria en otro nuevo designio nacional. Se trata de ensalzar el vigor de los españoles, incorporarlo en torno al menester de rehabilitar el honor extraviado, corresponder con los deberes internacionales y ejecutar una labor civilizadora como potencia colonial. En esta ocasión, en tierras africanas y siempre avistando Marruecos.
Sea como fuere y a su manera, a ojos vistas ansiosos y vivaces, algunos defienden superar de forma drástica y sanar los quistes que envilecen al país. De esta forma, se vislumbra un fervor patriótico como imaginario supremo, donde la consigna de los valores castrenses sobresalen como única tabla de salvación. Esta dinámica se fusiona de modo directo y escala peldaños hasta confluir en un magma explosivo: la guerra junto a la muerte y abnegación, como los métodos terapéuticos de la madre patria, por su potencial de neutralizar los rastros del materialismo por medio de la purificación en el campo de batalla. Ahora, liberación y catarsis o reparación y heroísmo, cualquier pieza de este puzle implícito, sin la menor angustia a ofrecer la vida, porque la muerte es el prólogo de la resurrección.
En este contexto, no ha de minusvalorarse la circunstancia de que España bregaba en una realidad paradójica, pues fantaseaba de su superposición sobre los africanos. Esto es, los moros, como se indica por entonces con notable descrédito. Pero, conjuntamente, debían protegerse en la esfera occidental que le asignaban ciertas élites de los estados más adelantados. Sin dejar en el tintero, que la depravación regeneracionista desgarró la autoestima de la patria. Posiblemente, por ello se manifiesta una acusada vacilación en alegar la conquista, insinuando el rigor de nuestra civilización privilegiada y complementariamente se reduce al moro casi al valor de un animal. A todo lo anterior, es preciso hacer alusión a la hechura ideológica que temporiza el ejército en el entresijo marroquí.
Es por ello que haya que señalar aunque sea de manera abreviada, los factores bélicos y los signos en la gestación de una espiral de violencia. Entre los primeros, los más incontestables recayeron en la adaptabilidad a la dureza orográfica y su climatología, flanqueados por la confrontación habida con Francia.
En el quid de la cuestión, estos multiplicadores guardan una estrecha conexión, porque a nadie se le escapa que en la repartición colonial de la superficie marroquí, a España le tocó la extensión más embarazosa y comprometida desde todos los términos habidos y por haber. O séase, los desechos. Ni que decir tiene, que la localización más compleja de someter y manejarse por la acometividad rifeña y la que menos compensación o rentabilidad le iba a generar como administradora colonial.
Más tarde, el hervor de fogosidad y descomedimiento derivó de la propia naturaleza de una guerra irregular, en un escenario donde el descalabro táctico del insurrecto poco fuste estratégico atesoraba, si por el contrario conservaba indemne su capacidad para continuar luchando y así sacudirse el yugo colonial.
De todos es conocido, que las Tropas Coloniales eran víctimas de incesantes emboscadas y conspiraciones, nulos para rayar entre afectos y rivales. La región se empeñaba al protagonismo de francotiradores recónditos. Hasta el punto, de proyectarse una imagen de quimeras acerca de la fiereza de las harcas rifeñas y emprenderse una respuesta implacable de las fuerzas de ocupación.
Puede decirse que el sumario in crescendo en las acotaciones de severidad de la milicia española, tuvo un cambio irreversible de tendencia embadurnado con la guerra terrestre, aérea y química, para disponer el vaivén desproporcionado entre una hegemonía militar occidental y una resistencia armada tribal inagotable. Los medios eran desiguales y el resentimiento trascendió por doquier, llevándose la peor parte quien caía cautivo en manos del adversario. Y vagamente a los decálogos de guerra civilizada, la crueldad deshumanizada tomó la delantera en la receta de conducta.
Paulatinamente y como si se tratase de una ideología lo bastante permisible, en una vasta parcela de los combatientes españoles se inocularía lo que los expertos en historiografía militar han preferido llamar ‘cultura mortuoria del africanismo’. O lo que es igual: el enardecimiento a la guerra y de cuantas facultades estoicas y valerosas del guerrero africanista condujeron al surtimiento de un misticismo hacia la muerte entre sus componentes.
De este modo, es entendible el paradigma expreso de la virilidad y una estética acomodada a ella, como la entronización a las cicatrices y a cualquier indicio irrefutable de las heridas de guerra, que irremediablemente concibieron una envergadura simbólica ante la lucha. No es necesario hacer hincapié sobre el retrato diferenciado de quien lidia y queda consagrado a dejar una estela en el imaginario conexo con el irracionalismo vitalista, en el que prevalece la vida, los instintos osados y la intuición sobre la razón lógica.
Así, aflora la muerte como el acceso a la inmortalidad incontestable asociada a una parafernalia identificable fácilmente. Llámense ademanes intratables, aires desafiantes, himnos impulsivos, discursos efusivos o bramidos de guerra. Obviamente, los bautizados como africanistas figuraron en el seno del ejército como un colectivo con una representación algo inferior al cincuenta por ciento y eran acérrimos seguidores de la conquista militar sin pretextos. Es decir, sin parangón, se contraponían a acuerdos y negociaciones de calado político o militar.
Además, su mordacidad entusiasta siempre encumbrada, los transportaba a alinear la honra de la patria en el triunfo y el asalto sin mancha alguna de ruptura consigo mismo. Y de cara a la facción burocratizada de la Península, el africanista alardeaba de personificar el temple épico. En otras palabras: se creía ser el autor de excederse y aventajarse del imperecedero conquistador y, por ende, infatigable cumplidor que proseguía la tarea patriótica de España.
De ahí, la grandilocuencia de la maquinación predestinada, o el requerimiento a la aventura imperial y el vínculo con aquellos tiempos en los que las dominaciones de España eran tan extensas territorialmente, que parecía que siempre era de día en al menos una parte de sus enclaves.
En esta empresa titánica, los militares africanistas se consideraban por momentos marginados y acorralados por diversos contrincantes. Primero, el combinado extranjero visto cómo el margen exterior, y segundo, la franja interna, con sus campañas traicioneras e ideologías discordantes que socavaban la moral del soldado.
Por distinguir y dejar constancia de algún u otro modo de lo que me atrevería en calificar las pesadillas férreas, o digamos que las bestias negras del africanismo, habría que empezar refiriendo a las aborrecidas Juntas de Defensa. Concepto dominante de la plaga sindical y hasta del tóxico soviético entre los activos militares.
A lo anterior hay que añadir las zarpas del comunismo, tanto por la inclinación doctrinal como su empaque de infiltración sediciosa, por la intromisión ingeniosa de operadores bolcheviques. Dado el matiz obsesivo de la ideología africanista persuadida de la cooperación bolchevique a los incitadores marroquíes en el trazado de la confabulación mundial de los soviets, este frente disfrazado era más significativo de lo que podía entreverse.
Y cómo colofón, el movimiento panislámico, por la cooperación bajo cuerda de los nacionalistas turcos a las huestes rifeñas, pretendiendo anular las amenazas y proyectos de dominación del imperialismo europeo.
Llegados a este punto, según se desatan los acontecimientos con el establecimiento del Protectorado, España comienza a disponer de una estampa militar más compacta fuera de los límites fronterizos de las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, los contingentes desplegados aumentaron y el ejército llevó la voz cantante como principal administrador del territorio.
Indiscutiblemente, cada uno de estos carices crearon una situación propicia para que en el interior de las Fuerzas Armadas se compusiese una cultura africanista y prosperase la fisura entre la sociedad civil, que en su amplia mayoría desentonaba con las contiendas en Marruecos y una milicia que deploraba verse a penas arropada, e incluso rechazada y difícilmente requerida en sus logros, en una intervención colonial que contemplaba primordial para la nación.
Luego, poco a poco, comienza a labrarse una concepción amenizada dentro de las Fuerzas Coloniales de España. Un sistema operativo limitante en el conjunto de creencias, actitudes, valores y pensamientos con rasgos tópicos en los que sobre todo, coinciden, aunque también dispares. Por lo que se destapan múltiples corrientes, juicios cruzados de cómo encarrilar el Protectorado o modos heterogéneos en advertir la guerra y el contrincante en una tierra baldía.
De igual forma, una peculiaridad repetida de los africanistas transitaba por su apego intencional en África con relación al tiempo de estancia. Aspecto bastante llamativo, cuando la oficialidad y más aún, la tropa, trataba de evitar este destino. Aunque los alicientes recaían en la demanda de beneficios como haberes superiores y condecoraciones.
Argumentos que avalan el alcance de las Campañas de Marruecos abordadas, más por la aspiración de los propios militares, que por causas estratégicas.
No obstante, no todos los congregados lo hacían de manera voluntaria. Como también podía darse el caso de hacerse constar un interés representativo por el lugar territorial coligado con el ardor patriótico. Otro exclusivismo que discrimina a los africanistas de los militares peninsulares, se ensambla con los conocimientos e instrucciones sobre tácticas. Fundamentalmente, aquellas aplicadas a la movilidad, sobriedad y dominio intuitivo que le otorgaba valerse del menor desliz o descuido, como el rifeño, en un espacio geofísico y climatológicamente peliagudo como el septentrión marroquí.
"Así, es entendible el paradigma expreso de la virilidad y una estética acomodada a ella, como la entronización a las cicatrices y a cualquier indicio irrefutable de las heridas de guerra, que concibieron una envergadura simbólica ante la lucha"
Claro está, que el curso reinante contribuyó a suscitar un plano subjetivo asentado en un estilo de vida y sentido del accionar incomparable, que como no podía ser de otra manera, sobreexcitaba los sentimientos de superioridad. De la misma manera, miraban a Marruecos como una especie de recinto funcional, donde era operable madurar y familiarizarse con el combate real. Comparativa que en reiterados momentos les hacía ver con desazón a quienes no habían desfilado por este laboratorio ilusorio.
Asimismo, se reprodujeron fuertes nexos de camaradería y acatamiento, intensificados por transmitir con todo tipo de pinceladas la experiencia particular de guerra. Con lo cual, el motor interno que amolda los hábitos y emociones del africanista, no se intuye sin un llamamiento vocacional.
Esto último es una esencia elemental en el marco del africanismo, porque referirse a secas al apartado de pagas y ascensos por méritos de guerra, resulta una simplificación equívoca. A estos tintes se engloba el convencimiento de una misión inexcusable para la patria, ya fuera por asuntos geopolíticos u otros más volátiles encadenados con el prestigio nacional, el renacer del Imperio o las supuestas fortalezas intrépidas de la raza hispana que conectaban con una fornida conciencia patriótica.
Y en el plano ideológico prevalece el razonamiento conservador, quedando crónica la disposición de extrema derecha. Esto se remata con un enfoque crítico del sistema parlamentario y hacia la política en general, asestando el golpe de aborrecimiento a fuerzas como el socialismo o el anarquismo.
Tanto la Guerra de Cuba (1895-1898) como las Campañas de Marruecos (1909-1927), hicieron ostensibles el antimilitarismo de estos grupos, creciendo los dilemas y rémoras en un ejército que desde las duras represiones de la Semana Trágica, comenzó a compararlo con los enemigos externos. Amén, que la secuencia de la guerra no hizo sino acrecentar estas disonancias y con la Revolución Rusa (1917-1923) se amplificó el rescoldo al bolchevismo.
La vertiente más militarista del africanismo comulgaba con estas peculiaridades genéricas, pero asociaban otras que dan luz verde para sacar a colación un subgrupo catalogado que primeramente enfatiza la defensa de la guerra firmemente; segundo, el control del Protectorado únicamente podía obtenerse doblegando a las cabilas insurgentes y, tercero, alegaban sed imperialista que hacía imperativa la conquista, aunque expusiesen un probable deseo civilizador.
Por otra parte, de esta combatividad impetuosa los africanistas apenas contenían reparos a la hora de explotar técnicas implacables. A pesar del respeto por la horda de turbantes que conocían perfectamente y por tanto, sin muchas de las congojas que arrastraba la sociedad española, el endurecimiento de las campañas hizo que cada vez se pusiesen menos trabas para tratar al contendiente con extremada rudeza.
Finalmente, no quisiera dejar en el tintero una de las mayores tragedias militares de una potencia europea en terreno africano de la historia contemporánea, entre cuerpos humanos insepultos y la merma de casi la totalidad del territorio oriental del Protectorado, que tanto supuso ocuparlo. Evidentemente, aquel momento oscuro (Desastre de Annual) marcado por la desorganización de un ejército superado por las sucesivas oleadas rifeñas, tuvo su declive subjetivo en el colectivo africanista.
Pues pese a que pueda parecer paradójico, esta hecatombe fortificó a un africanismo cada vez más afianzado como modos y formas dentro del ejército. Aunque es incuestionable que éstos incurrieron en buena parte de la responsabilidad, su aportación abnegada en la complicada recuperación de la zona perdida, hizo que escalaran en simpatía y respaldo entre la clase política.
La introspección de que el Ejército de África podía ser el teórico benefactor de una patria en declive y horas bajas, se desenvolvía con más fuerza. Sobre todo y a pesar de las muchas reticencias, entre los grupos conservadores.
Aun así, numerosos oficiales africanistas cargaban con el lastre de sentirse relegados por algunos políticos inactivos y una sociedad que ignoraba la importancia de su sacrificio ante los contingentes nativos. Y en ese letargo de parálisis de insensibilidad, se producía un desagrado agraviado en la oficialidad.
Desde esta perspectiva, tras la sombra del Desastre de Annual se ocasionó un punto de inflexión en las mentes y corazones de los africanistas. La voracidad insatisfecha de venganza conjeturó un acicate en la abstracción más militarista, cuyas sensaciones continuaban siendo las mismas antes y después del infierno de Annual. Aunque iban a ser admitidas por más oficiales y personal de tropa que ayudaría a agrandar ese automatismo desmedido de la violencia extrema con torturas, decapitaciones, mutilaciones, etc.
De esta manera, el africanismo valorizó la figura del bereber insurrecto, integrando visuales de asombro por su temida furia guerrera con ideas o creencias simplificadas y generalizadas de desprecio. Al igual, que el africanismo modulado desde la Guerra del Rif, cotizó al alza la doctrina del nuevo régimen con un raciocinio oficialista.
En consecuencia, la resonancia africanista fue acentuada y multifacética, conformando tanto la política colonial como el desenvolvimiento intrínseco de la milicia y la sociedad del momento. Pues no solo definió la instantánea convenida a los ojos del africanismo, sino que transformó el Protectorado en una élite castrense que contrajo una fuerza de gravedad política dominante.
Tal es así, que hilvanó un reflejo de España como estado viril y civilizador, explorando asegurar la identidad nacional tras el Desastre del 98. Y por si no quedase aquí la cuestión, la tesis africanista salpicó la arenga de la derecha española y auspició el levantamiento de la dictadura franquista, para a posteriori encumbrarse en la fuerza de choque de las tropas sublevadas. A la postre, las utopías imperiales africanistas terminarían dándose de bruces con la realidad.
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