El narco presume de trajes caros, viviendas de lujo y comilonas en algún lugar de la Costa del Sol, quizás en algún asador argentino pongamos. Ríe, se pavonea, bebe sus whiskys caros y cafés colombianos. Luego coge uno de los muchos coches con los que circula por su ciudad natal, con su melena gris implantada al viento y se va de putas de luxe a ‘El Coto’. O toma el sol, bebiendo en copas de cristal de Christoffle, en alguna vivienda cercana quizás al asador y bañándose con un mini bañador fosforito, exhibiendo mini paquete creyéndose que es aún un chaval, y luego se va a jugar unas partiditas al póker dónde en alguna ocasión por tramposo le dan una buena tunda.
Pero hay algo que llama mucho la atención de este personajillo y es que cuando alguien le observa, siempre piensa que le están mirando como lo que es, un narco, como si lo llevara en la frente marcada a fuego, fuego, cosa que le encanta ¿curioso verdad? y eso le enerva. Sabe perfectamente que esos trajes caros, esos coches de lujo y esos chalets, no son más que pura apariencia, todo conseguido por dedicarse a jugar con chavales. ¡Pues vaya juego tan caro para ellos y sus familias! Un ser de pocas palabras para no meter la pata cada vez que abre la boca, que por cierto, existen los dentistas y las limpiezas bucales.
Mientras que vive con tanto privilegio, ¿por qué siempre se siente infeliz?, ¿hará examen de conciencia, o no tiene conciencia? Pero algo no le deja vivir, no le deja dormir, no le deja descansar en paz, ¿o tiene miedo a que los años que le quedan por vivir, en algún momento le sea devuelto lo que él ha entregado a tanta gente? Dolor, dolor y más dolor.
Queridos lectores lo que van a leer a continuación les rogaría que lo hiciesen oyendo un preciosa melodía de Richard Clayderman titulada “carta a mi madre”:
Abrí la puerta de la habitación de mi hijo, me acerqué como de costumbre para despertarle, pero no respiraba, le sacudía pero no respiraba. Empecé a gritar, a llamarle por su nombre, pero Javier no contestaba. Por más que le llamaba, no había manera, le sacudía, pasaba los dedos por su lindo pelo negro, ¡pero su mirada estaba tan perdida! Al lado de él una jeringuilla, una maldita jeringuilla que alguien había ayudado a que estuviera a su vera.
Se lo llevaron, no soportaba verle metido en esa caja; por mucho que me dijeran, por supuesto para aliviarme, mi rabia era tan grande… buscaba quien le había puesto en sus manos esa puta droga, no sabía quién era más puta, la jeringuilla o el hijo de puta que se la había entregado, mientras sostenía, apretando fuerte mi mano, un mechón del cabello de mi hijo. Y le enterraron, ya no podía disfrutar de su vida; sentía un desgarro, me habían quitado a mi niño, él que llevé en mi vientre y que era carne de mi carne, piel de mi piel, entrañas de mis entrañas, sólo diecisiete años, diecisiete años es lo que había vivido.
De vuelta a casa fue difícil, más aún con ese vacío, sin mi niño. Entré en su habitación, agarré una prenda que olía a él, abracé su almohada, mientras miraba su primer peluche hasta quedarme dormida. Era alrededor de las doce de la noche cuando desperté, y en su mesita de noche había una carta. En ella decía: “Perdóname mamá porque no soy dueño de mis actos, no puedo controlarme, perdóname por haberte hecho sufrir tanto, pero este es un mal que cada vez me puede mas, sé que te he hecho daño, que me vas a extrañar, pero no pienses que yo te olvidaré, o dejaré de amarte, solo no estaré alrededor tuyo para decirte cuanto te quiero mamá.
Pero siempre te amaré mamá y cada día más todavía si se puede. El abuelo me reconoció tan pronto llegué aquí, va a cuidar de mi y ya estoy descansando de ese tremendo infierno. Los ángeles son extraordinarios y Jesús no se parece en nada a esas imágenes que pintan de él. El mismo me llevó a conocer a Dios, ¿y sabes qué mamá?, me habló como si yo fuera alguien importante!
Ahí fue cuando yo le dije que quería escribirte una carta, para despedirme de ti y decirte como me siento ahora. Dios me dio su pluma personal para que yo te escribiera esta carta y me dijo que hay gente a la que la conciencia no le deja vivir, no les deja dormir, no les deja descansar en paz y viven amargados porque saben lo que hacen. Pero esto que estás leyendo es sólo un papel blanco que nada más lo puedes leer tu. Voy a devolverle la pluma a Dios, porque me va a presentar a un amigo que le pasó lo mismo que a mí.
Esta noche voy a sentarme en la mesa a cenar con Dios y el angelín rubito que te llevó la carta y seguro que la comida estará tan sabrosa, como la que le sirven a la persona que me trajo aquí. Buenas noches mamá. Te amo”.
No podía contener el llanto, fui a la cocina, a tomar un simple café. Me dolía el alma, levanté la cabeza que reposaba sobre la mesa y vi pasar un coche deportivo y dentro de él a ése reconocido narcotraficante con su melena gris implantada, ése que se había cargado a mi hijo como a tantos otros chicos. No pude contener la rabia, le quería matar, que se pudriera en la cárcel, que fue su casa durante un tiempo. Pensaba que todas las lápidas de quienes han muerto como mi hijo debían llevar un Epitafio para que nadie lo olvide: “Aquí yace mi victima”, firmado: El Narco.
¿Cómo lo declara a usted el pueblo de su ciudad “Señor”.?............
CULPABLE.





