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Recuerdos y olvidos

Por Manuel de la Hera
04/12/2012 - 09:40
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Cualquier persona tiene memoria aunque haya quienes tienen defectos, de mayor o menor importancia y no pueden recordar nada o casi nada. El resto tenemos memoria, mejor o peor cultivada por cada cual porque no debemos olvidar que cada persona tiene sus particularidades. . Hay detalles que nos distinguen a unos de otros - hombre o mujer - tanto física como mentalmente. Esta variedad está motivada por la educación que se nos ha ofrecido a lo largo de la vida y que hemos asimilado de forma diferente por cada cual. Hay quienes se afanan en conocer sus defectos para corregirlos y otros no hacen mayores esfuerzos en ese sentido. Esto, en definitiva, nos lleva a la separación entre unos y otros: distanciamiento que a veces es corto y muy largo en otras ocasiones.
Esto se suele poner de manifiesto, en formas muy variadas, cuando se celebran aniversarios pues, quieras o no, se suelen establecer comparaciones y también exámenes de lo hecho y de lo dejado por hacer, bien sea por olvido, distracción o, tal vez, con plena conciencia de lo que hizo o de cualquier otra actitud más o menos positiva. Es necesario recordar, incluso lo que se ha hecho cada día sin esperar a acontecimientos más o menos singulares.
El ser humano tiene un compromiso con uno mismo que debe cumplir de forma continuada; es la obligación de actuar bien, sin molestar a nadie, en cada uno de los instantes de su vida. Hay normas de obligado cumplimiento que se deben acatar con todo esmero y hay, al mismo tiempo, otras cosas que cada cual se las va encontrando en el transcurso de los días de su vida.
Es muy seria esa obligación personal, que siempre se mantiene aunque se esté inmerso en actos multitudinarios. No pocas veces se asiste a un banquete, a una reunión de confraternización o a cualquier otro tipo de acto en el que se pretende ensalzar tal o cual actividad llevada a cabo, o conmemoración de determinada fecha que se estima importante y, sin embargo, le hemos negado algo que necesitaba a alguien con el que hemos hablado unos minutos antes. Le hemos negado la posibilidad de deshacerse del ahogo de una deuda - aunque sea pequeña - o de una dificultad de cualquier otro tipo, de las muchas que se nos presentan en el transcurso de la vida. Hemos deshecho una ilusión o una necesidad de esas que toda persona lleva en su alma; le hemos mentido y llevado casi a la desesperación. 
No es momento de vanaglorias ni de sentirse importante. Nadie hace todo lo que debiera hacer con espíritu de sacrificio hasta el máximo; siempre se guarda algo para sí mismo - no necesariamente material - que le produce satisfacción. En esos instantes debe deshacerse de esa vanidad y volver a pensar, con intensidad y dolor, en aquellos que sufren cualquier dificultad, que tienen necesidades de cualquier tipo y que han de cargar sobre sus hombros de su alma no sólo esa necesidad sino que, además, ha de sufrir la vejación del olvido o la tristeza de la falta de interés que está padeciendo. La adversidad enseña mucho y debe ser recogida sin espíritu de revancha ni desesperación; hace ver donde y como ha de ponerse la confianza, para que la ilusión vuelva a florecer en el alma.
Hay mucha gente padeciendo, tanto material como espiritualmente y es necesario poner la máxima atención en no hacer más daño y en curar las heridas sufridas. Todos debemos recibir otras orientaciones, acordes con lo justo y con esa otra disposición hacia el encuentro con la felicidad que proporciona la buena disposición a servir a los demás. Dejemos las celebraciones para las cosas sencillas de la vida, las que alegran y emocionan el espíritu de toda persona sin falsas pretensiones de grandeza.

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