Los humanos somos sociables por naturaleza, nadie quiere pasar el resto de su vida en soledad, quizá ni la persona más huraña del mundo lo desee. ‘Losers’ reflejó anoche en el Revellín, a través de María Pujalte, Sandra y Vicente Romero, Manuel, una cuestión eterna en el ser humano: la soledad no deseada y cómo las relaciones a partir de los cuarenta son más complicadas.
Un terremoto de mujer irrumpió en el escenario, se presenta como Sandra y el público no para de desternillarse durante los cinco minutos en los que se extendió un monólogo basado en el día a día de cualquier mujer de nuestro tiempo, quien desaparece de escena ante una gran ovación de la audiencia para ser relevada por Manuel. Un hombre más relajado, inseguro, titubeante, que hace un recorrido por su rutinaria y aburrida vida mientras los asistentes inundan de risas el Revellín. Finalizas Vicente Romero la presentación de una obra que comenzaba a prometer una entretenida tarde, conseguida gracias al desparpajo y las grandes actuaciones de sus protagonistas.
Los actores completaban el reparto de una representación que durante una hora y media mantuvo al público entregado a la carcajada. Tenían ante sí el típico formato de comedia romántica a la que daban vida estos dos actores de los que se esperaba que estuviesen a la altura de su nombre y sin decepcionar, hicieron honor a ello. Mantuvieron un vibrante ritmo a lo largo de toda la representación con unos fluidos diálogos, conseguidos principalmente por la química que se desataba entre Pujalte y Romero.
Una insulsa puesta en escena que se salvó del suspenso por la ingeniosa manera de plantear, de forma ciertamente practica, los cambios de escenografía.
Sandra y Manuel están bien diseñados, son dos perdedores que se conocen en una tienda de telefonía y que conectan a través del mundo de la tecnología. Reflejan problemáticas personales con las que cualquiera se podría identificar. El Auditorio tenía ante sí a unos personajes bien perfilados y escritos, eran cercanos hasta el punto que podíamos encariñarnos y conectar con ellos. Sus diálogos estaban dotados de cierta agilidad que destacaban más por como decían las cosas que en realidad por lo que contaban. Pero el principal problema del texto fue su acción verdadera, su falta de situaciones, pues no llegó a pasar nada reseñable más allá del diálogo.
Y sin embargo, ahí estaban María Pujalte y Vicente Romero, dos actorazos que en comedia se las saben todas y que demostraron que pueden con lo que les echen encima, luchando contra viento y marea por sacar el barco adelante. El poco interés que tenía el texto lo ponían ellos, que supieron colocar alguna que otra frase en un tono de formato televisivo que consiguió llevarse al púbico ‘de calle’.
Muy poco público, apenas se llenó la mitad del aforo del Teatro en una función de domingo por la tarde que desencadenó una contínua carcajada y muchos aplausos, destinados, sobre todo, a premiar la labor de los intérpretes.






