Pasé ayer por la Plaza de los Reyes, como de costumbre, a la hora de finalizar el trabajo. Unas cuantas casetas de libros sin apenas actividad.
Un campamento improvisado de tiendas de campaña de sirios, que reclaman sus derechos (pocos como ellos reúnen los requisitos para obtener el carnet de refugiado político). Unos niños que jugaban corriendo detrás de las palomas. Y las correspondientes patrullas de la policía local vigilándoles. Un poco más adelante, cerca de Plaza de España, cientos de personas se agolpaban en torno a las casetas de la Feria de Día, bebiendo y comiendo con pasión. Era como una especie de Feria del Vino y del Libro, aunque cada una con vida propia y actividad separada.
Hace ya bastantes años, un grupo de jóvenes de mi pueblo decidimos hacer una feria de estas características, pero al margen del Ayuntamiento y de los poderes oficiales. La idea se nos ocurrió mientras tomábamos té en el Rinconcillo. Era una especie de bar andaluz, pero con mezclas decorativas propias de los cafetines tetuaníes, las tabernas irlandesas o las posadas andaluzas. Siempre había una música de fondo muy agradable. Allí podías tomar, desde un delicioso café irlandés, hasta un té paquistaní, una buena cerveza negra, o un vaso de vino de la localidad, con la correspondiente tapa. Pero sobre todo, era un centro social. Allí nos reuníamos todos los que nos oponíamos al sistema establecido. Los alcaldes habían recibido la consigna de urbanizarlo todo. Era la fiebre del ladrillo. A los “antisistema” de entonces nos interesaba la conservación del medio ambiente y la cultura. No éramos violentos. Sí inflexibles en ser consecuentes con nuestros principios y convicciones. Tampoco queríamos subvenciones, ni “favores” políticos. Nuestro deseo era dotar al municipio de una biblioteca, pero sin coste alguno para la localidad. También atraer gentes del exterior para mostrarles nuestras riquezas naturales.
Con estas armas, y a pesar de la prohibición expresa del Ayuntamiento, convocamos a todas las gentes de buena voluntad a que el día 2 de enero, en lugar de participar en la fiesta de la Toma de Granada, se vinieran a nuestro pueblo a beber buen vino y a comer mejores tapas. La única condición que les poníamos para invitarlos era que regalaran un libro. Este era el salvoconducto para poder beber y comer todo lo que habían donado los productores locales, hasta que se agotara. Esta fiesta estuvo autogestionada durante muchos años por la comisión popular de los “antisistema” del pueblo. El resultado fue que cada 2 de enero, unas cinco mil personas preferían divertirse con nosotros, antes que participar en una celebración cuestionada por muchos hombres y mujeres de la cultura. También la biblioteca municipal llegó a tener más de cinco mil ejemplares. Y durante mucho tiempo estuvo organizada y atendida por voluntarios de esta comisión. Incluso la calefacción estaba alimentada por placas solares, financiadas con los fondos recaudados durante estas fiestas. Los últimos euros guardados han sido empleados este año para realizar un mantenimiento (que no realizaba el Ayuntamiento) a las placas. En la actualidad, la fiesta se ha institucionalizado. La gestiona el Ayuntamiento y se la adjudica a asociaciones que dedican la recaudación a actividades distintas, que no tienen nada que ver con la biblioteca municipal.
Cuento esto, porque en esa fiesta se consiguió una perfecta simbiosis entre cultura y tradición. La puesta en valor de los productos locales, vino incluido, servía para fomentar la lectura y la cultura. También los encantos naturales del municipio. En Ceuta, no sé si la Feria de Día va a ayudar en algo a la Feria del Libro. Por lo que he leído en la prensa y lo que experimenté ayer, me temo que va a ocurrir todo lo contrario. Una pena.
Y es que a veces, lo esencial para que funcione un proyecto es la ilusión y la participación ciudadana. Por eso la reacción ciudadana a propósito de la orden de derribo del centro social de Can Vies en Barcelona, construido y mantenido por los vecinos de Sant, ha puesto tan nerviosos a los nacionalistas de CiU. Lo que más me ha gustado han sido las palabras de Pau Guerra, portavoz de los okupas: “Tenemos arquitectos, albañiles y lo que haga falta…ni queremos ni necesitamos al Ayuntamiento”. Quizás sea este el contrapoder del que está necesitada la sociedad actual.





