Este año la navidad se tiñe de oscuro a pesar de las luces y las alegrías. Antaño era más sentimental y un tiempo para pasar en familia. El transcurso de los acontecimientos cambia el color que tenía esta festividad, al margen de las creencias personales: familiares que se han ido, mesas medio vacías, platos sobrantes o soledad en tu casa. Esta época despierta compasión en las amistades y melancolía en los hogares.
Las calles por el contrario se llenan de gentío y alegría como si hubiera que celebrar. Las máscaras se consolidan en los rostros y todo forma parte de una función de sonrisas, cariño y, sobretodo, silencios incómodos porque ha faltado algo que ya no está.
La navidad es para reír y también para llorar. Los conflictos se pronuncian mientras que durante el año vagan por nuestro firmamento esperando pacientes su solo más catastrófico. A pesar de ello, se intenta ver el rayo de esperanza para dar un paso más.
En un acto de confesión diré que la navidad no es para mí y creo que no lo es para otros muchos. Dejar caer los antifaces y mostrar la opinión lúgubre pero sincera puede ser el primer paso para comprender razonablemente que esta fecha no es para todo el mundo y no pasa nada, es totalmente lícito. No sientas amargura, siente que hoy al menos, dejaste tu armadura.






