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Te pedí que me guardaras la escalera

Tras el artículo que se cumplían cinco años que tuve el Covid malo, en el que no había entonces vacunas y aquello fue un suplicio, llegó el momento que me dieran el alta y volviera a pensar que aquello fue un mal sueño el Covid como tantos miles de españoles y con dos lágrimas recorriendo mis mejillas fui cogiendo el teléfono dando a mi gente la noticia.

Mirándome al espejo, preguntándome si yo era aquel que se veía como envejecido, con la mirada hundida y los pelos anclados en un revuelo de pensamientos... que podía haberme perdido el porqué.


Comparto una reflexión de hace cinco años. Era el bajar a la playa y encontrarme conmigo mismo.

Ahí estaba la bahía con sus mecíos y sus olas vigilando sus mercantes al amparo de sal y gaviotas mientras el sol jugando con el poniente y el levante.


Y llegó el momento en que tenía que pararme en un rincón que tantas veces fue testigo y confidente de mis ilusiones, pensamientos y añoranzas: la explanada del Chorrillo.

Con los tenis y el chándal, yo entusiasmado me decía “Venga, Javi”, otra vez la pateada; el cuerpo no respondía intentando andar y marcar unos pasos viendo un recorrido eterno que antojaba el cansancio.

Y media vuelta mirando a la playa, la que me cubrió de sentimiento y pasión tantas horas de mi vida, la que me dejaba que me bañase con ella aunque estuviera enamorado de la otra.

Y, bajando la escalera, me agarraba a la barandilla porque el cuerpo no respondía, y así ,hasta al rumor de las olas y el viento azuzando las palmeras, pude bajar hasta el paseo que reconfortaba a tantos caballas.

Pude andar y contemplar suspirando el viento en mi cara y el silencio en mi pensamiento diciendo “es que no puedo más, no puedo continuar”.

Así que me di la vuelta, intentando pensar que otra vez lo haré pero que aquello era un esfuerzo interminable.

Reflexión de uno que había superado al Covid, reflexión que compras unas papeletas en una tómbola de feria y el resultado es que te llevan a una plaza monumental donde te soltarán un Miura de seiscientos kilos que te viene de frente y tu sin capote, pensando a ver qué me hace.

Volví cada mañana a ponerme la inyección de heparina, guardando en el cajón las medicinas e intentando recordar si era yo el del espejo y preguntándome dónde estaban los músculos, dónde estaban las carnes y que mis ojos volvieran a sentir el brillo de la ilusión...

Y fue tanta la angustia que hubo un día que llegué a pensar que no podía ni bajar a verla, pero yo fui el que le dije a la playa “guárdame la escalera”, para cuando no pueda.

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