Opinión

Que la pasión nos acompañe

Quedan escasas horas para que la maquinaria escolar comience a operar. En realidad, no se ha detenido de manera definitiva. Reposa, se estaciona, descansa durante el estío, cada vez más calinoso y asfixiante. Son muchos los que vigilan que los engranajes no queden oxidados: altos cargos, equipos directivos, sindicatos, personal de la administración la mantienen ágil y afanosa. Los demás, no menos importantes, durante estas horas que quedan tomaremos aire, desperezaremos mentes y cuerpos y echaremos a caminar. Desde el sosegado primer día al tenso nerviosismo del último. A todos aquellos que formamos la escuela nos quedará por delante un nuevo curso: el ilusionante primer curso para algunos, el celebrado último para otros; docentes y alumnado por igual.

Con un suspiro, consciente de cuánto extrañaré la calma de un café, hojeo la prensa. Me topo con un artículo en el Mundo: La educación que no funciona. Capta mi atención. “Hay alumnos que con 12 años no saben escribir su nombre”. Un señora que se define como “jipi, progresista y atea” revela su terrible experiencia en un centro educativo. “Los peores resultados desde que hay mediciones internacionales”. Un segundo café —que para algo me quedan dos días de descanso— y sigo leyendo. El relato me ha enganchado. La señora jipi y progresista parece frustrada, desalentada. La innovación educadora le ha destrozado la vida a su hijo. Me ruboriza pensar que su lamento me recuerda a Juanita Narboni y su vida perra—como la acabo de leer la tengo muy presente—. Me sacudo la desconsideración y me centro un poco más. Ya lo han conseguido, maldita sea. Al final, ya estoy reflexionando sobre la Educación y eso que aún quedan dos días. Entiendo el trasfondo del artículo. Hay que regresar a la línea más conservadora y tradicional de la educación. El artículo no es más que eso. No va más allá. Es cortoplacista, estrecho de miras y, si me apuran, hay algo de perversidad en él. Como la historia ha logrado atraparme por completo comienzo a bucear en los comentarios. Esos peligrosísimos foros que suelen destilar más odio que argumentación. Los comentarios son la prueba palpable de que efectivamente, como pretende señalar el medio en cuestión, estamos ante una “crisis educativa”: Los burdos tópicos de siempre penosamente hilvanados, inundados de faltas gramaticales, llegando incluso al insulto. A ver si la crisis va a ser social.

La aparición de este artículo da respuesta a nuestro calendario vital. El regreso a la escuela es un fenómeno social de enormes implicaciones. Marca el final de las vacaciones y el regreso a la rutina: horarios, organización familiar, conciliación laboral. Restablece hábitos de sueño, alimentación y organización diaria en los hogares. A nivel cultural, esta “vuelta al cole” se ha convertido en un símbolo del cambio de ciclo anual, casi tan marcado como el comienzo del año nuevo en enero. No, no es una hipérbole.

Sin embargo, ese cotidiano acontecimiento es mucho más que eso. Los colegios e institutos reactivarán su papel como espacios de socialización, de reencuentro con amistades, de construcción de vínculos y de integración cultural. Los centros educativos reforzarán, un curso más, la vida comunitaria, renovaremos el ciclo de aprendizaje y de crecimiento personal y, por ende, social. La educación es la base sobre la que se sustentan las sociedades. No comprender eso es abandonar la idea de aspirar a ser mejores. Los docentes y todos los que formamos parte de esta maltrecha pero todavía valiosísima educación pública atendemos todo tipo de obstáculos—sí, incluidos los malos resultados—, pero también cuidamos de las personas, sean cuales sean sus condiciones, procedencias, circunstancias de vida o situaciones adversas. Hacemos de la sociedad un espacio más solidario, más compasivo, más hospitalario. Cada día, cada curso moldeamos, guiamos, conducimos a nuestro alumnado con el afanoso propósito de que sean capaces de ofrecer a la sociedad la mejor versión de ellos mismos, de que descubran sus talentos y habilidades, de que superen las injustas diferencias que el mundo de hoy impone con la mayor virulencia. El desaliento, señores de El Mundo, no lo podemos ni debemos contemplar. ¿Qué mundo quedaría después de la rendición de los educadores? ¿Nos lo imaginamos?

La palabra escuela viene del griego scholé que, curiosamente, significaba ocio. Los antiguos griegos entendían que la scholé era fundamental para la búsqueda de la sabiduría y la filosofía, un estado de paz y creatividad del espíritu, lejos de un simple "no hacer nada". Sobre los hombros de los docentes, como Atlas contemporáneos, descansa la responsabilidad de convertir las escuelas en espacios de sosiego y calma, de diálogo y reflexión, frente al enfurecimiento y la aversión que nos viene imponiendo la sociedad. El conocimiento es la médula de la convivencia; la ignorancia, de la violencia. No. No cabe el desaliento. No podemos permitirnos la flojera, la debilidad, la indolencia. Apártense los apáticos, los descreídos, los apagados. Nos hacen falta luces. Buscamos destellos, ideas, inspiración.

Durante el discurso que Irene Vallejo pronunció con motivo de su nombramiento como doctora honoris causa por la UNED tildó la educación como una de las más nobles profesiones: “Felices quienes topan con buenos maestros, aunque sea una sola vez en la vida: ya no habrá vuelta atrás. Sin maestros así, la vida sería un erial de silencio y arrogancia”.

Ceuta, en su calidad de ciudad educadora, debería incidir más en esta reflexión. Todos, absolutamente todos, debemos sentirnos orgullosos de la labor realizada por los docentes en nuestra ciudad día tras día, curso tras curso. Con aciertos y con errores, con entusiasmo a veces y fatigas otras, con fortalezas y debilidades, logros y carencias. La ciudad nos necesita pues no hay transformación que no sea a través de la educación. Las instituciones competentes deberán seguir invirtiendo en la mejora pero es responsabilidad de toda la ciudadanía comprender que la inversión no se mide solo en dinero y recursos, sino también en el tiempo dedicado a los hijos, en la constancia de acompañarlos y en el empeño por ayudarlos a crecer. Por nuestra parte, los docentes seguiremos abriendo surcos para que la tierra sea fértil. Plutarco, en su obra “Sobre la educación de los hijos” dejó escrita esta reflexión: “Un día un hombre le preguntó a Aristipo de Cirene, discípulo del célebre filósofo Sócrates, cuánto le cobraría por educar a su hijo. Al escuchar la suma que le pedía Aristipo, el padre, indignado por la respuesta, contestó que por ese precio se compraba un esclavo. Entonces, dijo el filósofo, tendrás dos esclavos: tu hijo y el que compres”.

Compromiso y mucha suerte a todos los docentes de nuestra ciudad que comienzan su particular “vuelta al cole”. Que la pasión nos acompañe.

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