Escribo estas líneas como joven ceutí, desde la preocupación, pero también desde la convicción de que todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo de las cosas. Vivimos un momento en el que ser joven no es fácil, pero sobre todo, un momento en el que no podemos permitirnos el lujo de ser indiferentes.
Durante mucho tiempo se nos ha dicho que la juventud es el futuro. Sin embargo, pocas veces se nos trata como parte del presente. Se habla de nosotros, pero no se cuenta con nosotros. Y ahí es donde está uno de los grandes problemas: la falta de participación real de la juventud en los espacios donde se toman decisiones.
La participación no puede ser un concepto vacío ni una palabra que se utilice en discursos institucionales sin contenido. Participar significa estar, implicarse, opinar, decidir y también cuestionar. Significa asumir que lo que ocurre a nuestro alrededor nos afecta directamente y que, por tanto, tenemos la responsabilidad de actuar.
Por eso es fundamental reforzar la presencia de jóvenes en el Consejo de la Juventud, en los sindicatos, en las asociaciones y en cualquier espacio colectivo donde se defiendan derechos. No se trata solo de ocupar un lugar, sino de construir una voz común, organizada y capaz de influir. Porque cuando la juventud se organiza, deja de ser invisible.
El contexto actual es especialmente preocupante. Estamos viendo cómo se toman decisiones políticas que van claramente en contra de los intereses de la juventud. Se vota en contra de medidas básicas como las prórrogas del alquiler, algo que para muchos jóvenes supone la diferencia entre poder mantener un hogar o enfrentarse a una situación de incertidumbre. Se rechazan propuestas que buscan mejorar nuestras condiciones de vida, mientras la precariedad, la dificultad de acceso a la vivienda y la inestabilidad laboral siguen marcando nuestro día a día.
Esto no es algo abstracto. Tiene consecuencias reales. Son decisiones que afectan a nuestra capacidad de emanciparnos, de planificar un proyecto de vida, de tener estabilidad. Y ante eso, no podemos quedarnos al margen ni pensar que no va con nosotros.
La desafección y la falta de participación solo refuerzan este escenario. Cuando no estamos, cuando no participamos, dejamos un vacío que otros llenan sin tener en cuenta nuestras necesidades. Por eso, la respuesta no puede ser la apatía, sino todo lo contrario: más implicación, más organización y más presencia.
Creo firmemente que la juventud ceutí tiene capacidad, ideas y fuerza suficiente para ser protagonista. Pero para ello hace falta dar un paso al frente. Hace falta perder el miedo a implicarse, entender que cada espacio cuenta y que cada persona suma.
No se trata de pensar todos igual, ni de seguir una única línea, sino de tener claro que hay derechos básicos que deben defenderse de manera colectiva. Y que, en el momento actual, esa defensa es más necesaria que nunca.
Este es un llamamiento sincero a mi generación. A que participemos más, a que estemos presentes, a que no dejemos que decidan por nosotros sin alzar la voz. A que entendamos que lo que está en juego no es algo lejano, sino nuestro presente y nuestro futuro inmediato.
Porque los derechos no son permanentes si no se defienden. Porque lo que hoy se pierde, mañana cuesta mucho más recuperarlo. Y porque, aunque a veces parezca que no sirve de nada, la historia ha demostrado que cuando la juventud se mueve, las cosas cambian.
Ahora es el momento de estar.
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