Mi padre, Juan Bonilla, tenía como segundo apellido Albarsanz, o Albazans que es como constaba en su carnet de conducir, seguramente por un error de quien tomó sus datos. En la notaría, cuando falleció, aparecía con el apellido Albarzan y en su DNI, Albarzans. Sin embargo, nosotros sabemos que en realidad era Albarsanz, como consta en su lápida funeraria, puesto que era el segundo apellido de su madre, mi abuela Lucía Bonilla Albarsanz, aunque siempre quiso que la llamáramos Lola.
A su padre nunca lo conoció, puesto que falleció antes de que él naciera, y aunque llevaba vida marital con la abuela y ya habían tenido dos hijos antes, jamás fue reconocida su unión, merced a una dictadura que cancelaba divorcios y matrimonios habidos durante la república.
A raíz de su fallecimiento investigamos un poco en su partida de nacimiento para dar con el nombre de nuestro abuelo y descubrimos que, de haber nacido hoy, los apellidos de mi padre, y por añadidura los nuestros, habrían sido distintos. Mi padre se habría llamado Juan Marsal Bonilla y yo Paco Marsal Mengual.
Mi padre siempre contaba que la tradición familiar era poner el nombre del santo que se celebraba el día del alumbramiento, según el cual él debía haberse llamado Lucífero. Pero, gracias a que el funcionario del registro se apiadó de la criatura, en contra de la voluntad de la abuela, decidió cambiarlo por Juan. De hecho, hasta cambió la fecha del nacimiento, puesto que había acontecido en domingo y ese día era festivo. Si Dios, nuestro Señor, había descansado en domingo, cómo podía permitir que aquella mujer hubiera realizado el esfuerzo de dar a luz ese día. Intolerable, debió pensar.
Quizá sea momento este para reflexionar acerca de lo que el nombre y los apellidos representan. El nombre no es solo la manera de llamar a alguien, sino la primera piedra sobre la que se asienta el ser, su arquitectura. El apellido, en cambio, indica el linaje, la historia que empezó antes de estar nosotros en el mundo y que esperamos continuará después: memoria viva de los que fueron y fundamento de los que serán.
Recuerdo el principio de los Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende: “Era una mujer tan pobre que no tenía ni nombres para dar a sus hijos”. Además de significar que la gente pudiente solía tener muchos nombres, frente a los pobres que solo tenían uno, creo que es la primera vez en que se le da al nombre un valor material, muy distinto al de nombrar. Cervantes, en el Quijote, solo nombra una vez el nombre y apellido de la mujer de Sancho Panza. Todo el mundo piensa que es Teresa Panza, pero se equivocan. Su auténtico nombre era Teresa Cascajo (una manera, como otras, de invisibilizar a la mujer frente al marido).
Un nombre puede ser una herida, para quienes renuncian a él; o una bendición, repetida con solemnidad. Platón se llamaba en realidad Aristocles; el Che, Ernesto; y Don Quijote, Alonso. Porque nombrar es también crear, puesto que lo que no tiene nombre no existe del todo y la poesía es el arte de nombrar lo invisible. El nombre, con su resonancia; pero, sobre todo el apellido, con su carga de amor y de sangre, de ruina o de gloria, es el primer poema que la vida escribe sobre nosotros. Y puede que tal vez el último que recuerde.
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