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“No nos vamos del barco hasta que cobremos”

Por Redacción
08/12/2010 - 13:20
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Sabe bien una cerveza tras dos meses sin probarla. El maquinista Omar Peña disfruta en un almacén del puerto de Ceuta de un par de sorbos de un botellín.

Ahí está, haciendo la compra, por fin en tierra firme, sucio, tras 16 días sin poderse duchar, y tan feliz de saborear unos buenos tragos. El dueño del barco Katrine Krog ha dado noticias. Les adeuda a la tripulación las nóminas del mes de noviembre, pero al menos ha enviado algo de dinero a través de un giro postal. 1.100 dólares (poco más de 800 euros) que no sirven para llenar el tanque del carguero que lleva una semana bloqueado  a una milla de la costa ceutí con siete tripulantes a bordo. Aun así, sobran para llenar la despensa de comida, comprar algo de tabaco y festejar los primeros tragos de cerveza. Que se lo pregunten si no a Omar o al cocinero de la embarcación, Eddy.
A poca distancia de allí, los trabajadores de la lancha de socorro de la  Salvamar Gadir aguardan en el muelle el regreso de los dos marineros para llevarlos de nuevo al carguero verde. Los empleados del almacén meten prisa. “Nos esperan en el puerto”, repite uno. Omar, un hombre que lleva en el mar la mitad de su vida, de los de camiseta sin mangas y tatuaje de una virgen en el brazo derecho, se apura a cargar las provisiones. Con fuerza, tira de suministros de agua, salchichas, legumbres, algo de carne, café, cigarros... Mientras lo hace, este hombre de origen venezolano y pasaporte estadounidense cuenta su historia. Promete luchar por sus derechos. “No nos vamos del barco hasta que cobremos”, afirma el americano, de 49 años. Y reitera que ni de broma él o sus compañeros cruzarán, sin que les hayan pagado antes, el Océano Atlántico hasta Haití, donde les espera el armador. “Allí no hay ley. Si llegamos ahí, nos podemos encontrar con que el tipo nos diga que no nos va a pagar con tres o cuatro hombres detrás”. No hace falta explicar mucho las supuestas intenciones que teme el marinero de los hombres de atrás.
Según cuenta, las tensiones han aflorado entre los miembros de la tripulación, aunque mantienen la “calma”. El capitán trata de ganar tiempo. Los marineros no aguantan más. Todo se complica demasiado. Ayer, incluso, el timonel, Jorge Vidal, tuvo que recibir asistencia sanitaria. Se cayó del barco, sufre mareos y le duele el cuello. Volvió al Hospital Universitario y su intención era marcharse de vuelta a casa una vez recibida el alta. Finalmente, regresó a primera hora de la tarde junto a sus compañeros.
La historia del bloqueo del Katrine Krog empezó en Dinamarca. El armador compró allí la embarcación y le cambió la bandera. Pasó de ondear la enseña de Dinamarca a lucir la de Bolivia, país sin salida al mar. A Omar algo le olió mal, pero hizo caso omiso a su instinto. Todavía se arrepiente.
Cuando llegó a Europa junto al resto de la tripulación, nadie le esperaba en el aeropuerto. “No me pareció normal”. Tampoco se quejó en esa ocasión y tras cruzar Dinamarca llegó al puerto de Marstal, donde descansaba el carguero. Allí conoció por fin al armador. “Lo vimos. La impresión que daba no era la de un empresario”. Otra vez las dudas. Nadie dio vuelta atrás. No era cuestión de ser racista y desconfiar de un haitiano. Estados Unidos quedaba tan lejos...
Omar se encontró en Marstal con un barco “viejo”, pero en buen estado. El Katrine Krog, que fue construido en 1969, mantiene su presencia gracias a sus 65 metros de eslora y sus 11 de manga. Tras tantas batallas, los motores siguen funcionando con rigor, asegura la tripulación. Por eso los marineros descartan que el dueño les vaya a abandonar a su suerte cuando la embarcación no pudo salirle por menos de 200.000 dólares (unos 150.000 euros),  según cálculos de Omar, que conoce bien sus engranajes.
El plan consistía en zarpar de inmediato. No más de quince días para poner todo a punto. Al final la espera se prolongó un mes. Según Omar, el armador trató de llevarse el carguero sin pagar. “El empresario tenía los papeles del barco y dijo que hasta que no le entregaran el dinero no los daba”, explica. Tras varias negociaciones, el patrón tuvo que ingresar el dinero y la tripulación empezó el viaje. El encargo era sencillo: llevar el carguero a aguas del Caribe desde el norte de Europa. Tenían que cruzar el Océano Atlántico. Siete hombres para ello: seis con pasaporte de Estados Unidos y uno con el documento de Canadá.
Salieron un mes más tarde de lo previsto. A la altura de Lisboa (Portugal), empezaron los problemas. Se quedaban sin agua y aceite. Carecían de combustible. Ni locos se iban a lanzar hacia América. El capitán solicitó suministros y sólo recibieron aceite. “El armador es un irresponsable”, lamenta ahora Omar. “No conoce los estándares internacionales de navegación. No sabe de leyes ni tampoco las respeta. Trata al barco como si fuera un camión”.
Pronto, les mandaron cambiar de ruta, dice Omar. ¿Por qué Ceuta? La pregunta tiene difícil respuesta. Todo son especulaciones. El maquinista piensa que se debe tal vez a una cuestión de impuestos. El combustible sale más barato en Ceuta, dice. Duda. No lo tiene claro.
Lo que sí conoce bien son las tramas de las películas que llevan a bordo. No son muchas y las han repetido ya demasiadas veces. “Es cine continuado”, sonríe el estadounidense. No tienen mucho más que hacer. Bloqueados frente al puerto, a cerca de una milla, no quieren abandonar el barco para que el patrón no pueda alegar un motivo de despido que le pueda servir de excusa para justificar el supuesto impago. Así que tiran de películas. “Me las sé todas ya”, bromea.
Omar ya ha cargado todo el material. El coche le lleva a él y al cocinero de vuelta al muelle. Ceuta se ve bonita desde el interior del vehículo. “Quiero visitar esta ciudad algún día”, suelta. De tanto verla desde el barco le ha empezado a picar la curiosidad. Pregunta cuánto le costaría los pasajes desde los Estados Unidos. Luego, manda parar al conductor en una gasolinera. En el puerto le esperan, pero él lleva demasiado tiempo sin pisar tierra. Se lleva una chocolatina y el periódico donde sale en portada. Eddy, el encargado de la comida, pide su segunda cerveza en poco más de media hora. No habla mucho. Tan sólo enseña las fotos de sus hijos.
Omar se lo toma con más calma. “Éste es mi último viaje”, afirma en castellano. “My last trip”, añade en inglés diciendo exactamente lo mismo. Ya se ha perdido el día del segundo cumpleaños de su hija, Mariel. Dice que se acabó. Nunca más. “No quiero volver a saber nada de un barco”.

Un tortuoso viaje con un armador fantasma para las autoridades

“Rptd sold undisclosed interest” (“Vendido repetidamente a intereses desconocidos”). Esa es la información que se puede ver en Equasis, la base de datos de acceso libre más generalizada en Internet. Tampoco es posible conocer el propietario del barco para las bases de datos de acceso restringido, tal y como explica José Manuel Ortega, coordinador de ITF en España, la Federación Internacional de los trabajadores del transporte.
Los problemas con el armador comenzaron, tal y como cuenta Omar Peña, desde el principio. “Empezó mal, sabía que iba a acabar mal”. Claro, cuando uno llega en barco a Copenhage, capital de Dinamarca, país en el que jamás ha estado, y tiene que llegar hasta un pequeño pueblo llamado Marstal buscándose la vida, algo falla.  En la capital dansa, de viaje en taxi hasta “Naibon”, o algo así; lo que pude ser Nyborg. Después, “en guagua hasta Suiden”, probablemente Omar Peña se refería a Siddgurs. Luego “en taxi hasta Roskovitz”, lo que seguramente quiere decir Roskilde. Allí, según cuentan, tuvieron que pasar una noche entera en la intemperie del octubre danés. Por fin, en ‘ferry’ hasta Marstal, un pequeño pueblo de unos 2.000 habitantes, donde debían partir diez días después.
Tardaron más de lo previsto, según la versión de este tripulante, porque el nuevo dueño, haitiano, un tal Derival Prosnel, experimentó problemas en los pagos. No sólo eso, sino que le puso una bandera de conveniencia. “Ya nos ha sucedido antes, en otros puertos. El estado boliviano, que sería el responsable, no hace nada”, recuerda José Manuel Ortega, de ITF.
La tripulación partió el 13 de noviembre, y en el puerto de Lisboa comenzaron los problemas, ya que el propietario del barco, que sólo se comunica con el capitán del Katrine Krog, no les dio todo lo que necesitaban: sólo aceite (no les proporcionó fuel), y algo de agua. El barco, sin carga, fue derivando hacia el Sur en la costa portuguesa. La intención del propietario era que la siguiente parada fuera en algún puerto de Marruecos, pero finalmente les ordenó que pararan en Ceuta. Según el testimonio de Omar, “él dijo que tenía un agente en Gibraltar, que parásemos en Ceuta. ¡Pero no tiene agente!”. En la sospecha de este maquinista está que quisiera abandonarles en Marruecos, donde la ley es mucho más laxa.
Las fechas, por supuesto, no pueden estar más desfasadas. Tenían un contrato de 45 días y ahora llevan ya 63. Por tanto, según explica José Manuel Ortega, es perfectamente lógico que se nieguen a navegar. Pero tampoco pueden dejar el barco pues la posibilidad de no cobrar aumentaría aún más. “Lo único que podemos hacer es buscar al armador, presionarle y darle un ultimátum”, añade Ortega.
El problema es que Derival Prosnel no aparece como armador tampoco, ni como propietario de otro barco. “Es muy extraño”, opina el responsable de ITF, que asegura que se complicarían mucho las gestiones en el caso de que el armador consiguiera mantenerse en el anonimato.

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